“Te he amado” (Ap 3,9). Con esta cita del Apocalipsis abre León XIV su exhortación Dilexi te, recogiendo la inspiración última de su predecesor, el Papa Francisco, y de su encíclica Dilexit nos (2024). Desde las primeras líneas, el texto respira continuidad: el amor de Cristo, manifestado en su Corazón herido, se prolonga ahora en la Iglesia llamada a amar a los pobres con ternura, respeto y compromiso. Esta es la melodía que atraviesa toda la exhortación: Dios ama primero, y su amor se revela con preferencia en la carne herida de los pobres.
León XIV presenta este texto como un acto de fidelidad y herencia espiritual. Recoge el proyecto que el Papa Francisco había comenzado sobre el “cuidado de la Iglesia por los pobres y con los pobres”, y lo hace suyo al inicio de su pontificado. No es, pues, una exhortación doctrinal ni social en sentido estricto, sino una carta de amor: de Cristo a los pobres, y de la Iglesia a su Señor presente en ellos.
El título —Dilexi te, “Te he amado”— no es solo una declaración divina, sino una llamada eclesial. Cada cristiano está invitado a escuchar esa palabra dirigida a él: “Yo te he amado”, y, al mismo tiempo, a hacerla resonar en la vida de los pobres, para que nadie quede fuera del alcance del amor de Cristo.
El primer capítulo, titulado Algunas palabras indispensables, ofrece los fundamentos evangélicos de toda la exhortación. Se trata de una meditación contemplativa sobre el Evangelio. León XIV parte del gesto de la mujer que derrama un perfume costoso sobre la cabeza de Jesús (Mt 26,6-13), símbolo del amor gratuito, inútil a los ojos del mundo, pero inmensamente fecundo ante Dios. Ese gesto, que muchos califican de “derroche”, se convierte para el Papa en la clave de lectura del amor cristiano hacia los pobres: todo gesto de ternura, por pequeño que sea, tiene valor eterno.
El capítulo avanza después hacia una afirmación central: el vínculo inseparable entre el amor a Cristo y el amor a los pobres. Cuando Jesús dice: “A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mt 26,11), y cuando promete: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), está, en realidad, revelando un mismo misterio: su presencia perdurable en los pobres. Así, el encuentro con ellos no es filantropía ni mera justicia social, sino encuentro con el mismo Señor de la historia.
León XIV contempla esta verdad desde la experiencia de san Francisco de Asís. Recuerda cómo el joven Francisco, al besar al leproso, se encontró con Cristo y cambió para siempre. En su gesto se condensa el Evangelio entero: la santidad pasa por tocar las llagas del Señor en los pobres. El Papa retoma así la intuición de su predecesor Francisco, quien al elegir su nombre escuchó de un cardenal: “¡No te olvides de los pobres!”. Esa frase —como una semilla— germina ahora en esta exhortación.
A partir de ahí, el Papa traza una lectura teológica y profética del “grito de los pobres”. Evoca la zarza ardiente del Éxodo, cuando Dios dice a Moisés: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído su clamor y he bajado para liberarlo” (Ex 3,7-8). Este pasaje revela el corazón mismo de Dios: un Dios que ve, escucha y desciende. La fe cristiana no se funda en una idea abstracta de compasión, sino en la encarnación de un Dios que actúa en favor de los que sufren.
El texto denuncia con fuerza la indiferencia social y eclesial ante las múltiples pobrezas de nuestro tiempo: la material, la moral, la cultural, la de los derechos y la de la dignidad. León XIV muestra gran lucidez al señalar que las viejas pobrezas se multiplican con otras nuevas, más sutiles y peligrosas, propias de una sociedad que exalta el bienestar, el éxito y la riqueza. Lamenta el contraste entre el lujo de unos pocos y la miseria de multitudes que “mueren de hambre o sobreviven en condiciones indignas”. En su lectura del mundo, el Papa muestra la fidelidad al magisterio social reciente, especialmente a Fratelli tutti y Evangelii gaudium, pero lo hace desde un tono más contemplativo y compasivo.
El capítulo concluye con una advertencia contra los prejuicios ideológicos y la falsa meritocracia que atribuye la pobreza a falta de esfuerzo. León XIV rechaza con energía esa ceguera moral: “Los pobres no están por casualidad ni por un destino amargo; menos aún, la pobreza es una elección”. Y añade que muchos pobres trabajan sin descanso, sin que su esfuerzo los saque de la marginación. En esta denuncia se percibe una profunda empatía pastoral, nacida de la escucha y de la oración.
Finalmente, el Papa recuerda que incluso los cristianos pueden caer en esa mentalidad mundana, cuando desprecian la caridad o la reducen a una opción secundaria. Entonces advierte con firmeza: “No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio”.
En suma, el primer capítulo de Dilexi te es una llamada a redescubrir el Evangelio de los pobres: un Evangelio que no se predica con discursos, sino con cercanía, ternura y compromiso. Es también una invitación a dejarnos evangelizar por ellos, porque los pobres son “los maestros del Evangelio” (cf. Evangelii gaudium, 198).
Desde la espiritualidad vicenciana, este capítulo resuena con extraordinaria fuerza. San Vicente de Paúl, al mirar el rostro de los campesinos hambrientos, decía: “Los pobres son nuestros amos y señores”. Y santa Luisa de Marillac añadía: “Servid a los pobres con respeto y dulzura, porque en ellos servís a Cristo mismo”. León XIV se inscribe en esa misma corriente de amor concreto, donde la teología se hace carne y la caridad se convierte en misión.
Algunas citas del Capítulo I para la reflexión
CITA 1
“Los discípulos de Jesús criticaron a la mujer que le había derramado un perfume muy valioso sobre su cabeza: «¿Para qué este derroche? —decían— Se hubiera podido vender el perfume a buen precio para repartir el dinero entre los pobres». Pero el Señor les dijo: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre» (Mt 26,8-9.11). Aquella mujer había comprendido que Jesús era el Mesías humilde y sufriente sobre el que debía derramar su amor. ¡Qué consuelo ese ungüento sobre aquella cabeza que algunos días después sería atormentada por las espinas! Era un gesto insignificante, ciertamente, pero quien sufre sabe cuán importante es un pequeño gesto de afecto y cuánto alivio puede causar. Jesús lo comprende y sanciona su perennidad: «Allí donde se proclame esta Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo» (Mt 26,13). La sencillez de este gesto revela algo grande. Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será olvidado, especialmente si está dirigido a quien vive en el dolor, en la soledad o en la necesidad, como se encontraba el Señor en aquel momento.”
(Dilexi te, 4)
León XIV comienza con una escena profundamente humana: el gesto de una mujer que derrama perfume sobre la cabeza de Jesús. Los discípulos critican aquel acto como derroche, pero el Señor lo declara eterno. El Papa nos enseña que ningún gesto de amor sincero se pierde, sobre todo cuando se dirige al que sufre.
En la espiritualidad vicenciana, esto se traduce en una verdad esencial: la caridad no se mide por su eficacia, sino por su amor. Aquella mujer improvisa un gesto gratuito, sin cálculo ni estrategia; del mismo modo, el cristiano está llamado a servir con ternura, sin esperar recompensa.
En un mundo que valora los resultados, el Evangelio recuerda que la verdadera fecundidad está en la gratuidad. Las obras de caridad más silenciosas —una visita, un abrazo, una oración compartida— son el perfume que consuela al Cristo herido en los pobres.
El gesto de la mujer anticipa la pasión: unge una cabeza que pronto será coronada de espinas. Así también, cada vez que cuidamos a un enfermo, acompañamos a un anciano o damos esperanza a un migrante, aliviamos el sufrimiento de Cristo. En la economía del Reino, nada se pierde.
Preguntas para la reflexión
- ¿Qué gestos pequeños de ternura pueden ser mi perfume derramado sobre Cristo en los pobres?
- ¿Valoro el amor gratuito más que los resultados visibles de mis acciones?
- ¿Qué “derroches de amor” me invita hoy el Señor a realizar?
CITA 2
“Aquel Jesús que dice: ‘A los pobres los tendrán siempre con ustedes’ (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: ‘Yo estaré siempre con ustedes’ (Mt 28,20). […] No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos.”
(Dilexi te, 5)
León XIV une dos promesas de Jesús que solemos separar: su permanencia entre nosotros y la presencia constante de los pobres. Cristo está con nosotros, especialmente en ellos. No se trata, pues, de ayudar “a los pobres” desde fuera, sino de encontrar a Cristo en su carne doliente. Esta es la esencia del carisma vicenciano: servir a los pobres no como objeto de compasión, sino como lugar teológico de encuentro con Dios. San Vicente de Paúl lo expresó con vigor: “Id a los pobres, y allí encontraréis a Dios”.
El Papa nos advierte además contra la tentación de reducir la caridad a beneficencia o filantropía. Amar a los pobres es acto de fe, no mera solidaridad. Tocamos el misterio de la Encarnación, donde Dios mismo se hizo pobre para habitar entre nosotros.
Preguntas para la reflexión
- ¿Creo realmente que Cristo me está hablando hoy a través de los pobres que encuentro?
- ¿Vivo mi servicio como una obra social o como una experiencia de fe y comunión?
- ¿Qué me dice Jesús cuando contemplo el rostro concreto de un pobre?
CITA 3
“Fue él [Francisco de Asís], hace ocho siglos, quien provocó un renacimiento evangélico entre los cristianos y en la sociedad de su tiempo. […] Estoy convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito.”
(Dilexi te, 7)
El Papa evoca aquí la figura de san Francisco de Asís, pero sus palabras resuenan en todo discípulo que ha descubierto en los pobres el camino hacia Cristo. León XIV ve en la opción por los pobres no una estrategia pastoral, sino una fuente de renovación espiritual.
También san Vicente de Paúl experimentó que, al salir de sí mismo para escuchar el clamor de los pobres, el Espíritu transformó su vida y la de toda la Iglesia. Quien sirve desde la humildad y no desde la autoafirmación personal, renace interiormente.
El Papa denuncia la “autorreferencialidad”, ese cerrarse sobre uno mismo que asfixia la vida espiritual y comunitaria. Escuchar el grito de los pobres rompe los muros del ego y reaviva la fe. En la espiritualidad vicenciana, esta escucha no es sentimentalismo, sino obediencia al Evangelio. Cuando una comunidad se deja tocar por el dolor ajeno, el Espíritu la fecunda con nueva vida: la caridad se convierte en mística.
Preguntas para la reflexión
- ¿Cómo podría liberar mi corazón y mis comunidades de la autorreferencialidad?
- ¿De qué maneras me evangeliza el grito de los pobres?
- ¿Qué signos de renovación experimento cuando sirvo sin buscar reconocimiento?
CITA 4
“Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. […] Por eso he bajado a librarlo […]. Ahora ve, yo te envío” (Ex 3,7-8.10). […] Permaneciendo, por el contrario, indiferentes a este grito, el pobre apelaría al Señor contra nosotros y seríamos culpables de un pecado (cf. Dt 15,9).
(Dilexi te, 8)
Aquí encontramos el corazón de la exhortación. León XIV recuerda que Dios no es indiferente: ve, escucha y desciende. La historia de Moisés se repite en cada vocación cristiana: el Señor nos dice también a nosotros “yo te envío”. El Papa nos enseña que el clamor de los pobres es la voz de Dios mismo. Quien la ignora, se aleja del corazón divino. La indiferencia, advierte, se convierte en pecado.
Para los vicencianos, esta conciencia es la raíz de la misión. San Vicente sentía que cada pobre era un mensaje de Dios que pedía respuesta concreta. No basta compadecerse: hay que dejarse enviar, actuar, liberar. El texto bíblico resuena con fuerza: “He bajado a librarlo”. Dios actúa a través de manos humanas; cada gesto de justicia y de ternura prolonga su descenso redentor. Servir a los pobres es continuar la Encarnación, ser manos de un Dios que se abaja por amor.
Preguntas para la reflexión
- ¿Escucho realmente el grito de los pobres como una llamada de Dios a mi vida?
- ¿Qué significa para mí “bajar” al sufrimiento del otro?
- ¿Cómo puedo ser hoy instrumento de liberación en mi entorno?
CITA 5
“La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. […] Deberíamos hablar quizás más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, porque se trata de un fenómeno variado.”
(Dilexi te, 9)
León XIV amplía aquí nuestra mirada: los pobres no son una categoría homogénea, sino una multitud de rostros y heridas. La pobreza tiene mil formas —material, espiritual, cultural, afectiva— y cada una reclama una respuesta distinta del amor cristiano. El Papa invita a la Iglesia a una conversión de mirada: pasar del análisis estadístico a la contemplación compasiva. Solo quien mira con amor puede descubrir la dignidad escondida en los descartados.
San Vicente aprendió a reconocer esos rostros con nombre propio: el campesino hambriento, el niño abandonado, el anciano solo, la madre sin recursos. Cada rostro revelaba un aspecto del Cristo sufriente.
El Evangelio nos enseña que no hay pobreza inútil: cada herida puede ser lugar de encuentro con el Crucificado. En los “rostros de los pobres” contemplamos el rostro plural de Cristo.
Preguntas para la reflexión
- ¿Qué rostros concretos de pobreza me interpelan hoy?
- ¿Soy capaz de mirar más allá de la pobreza material y descubrir otras formas de indigencia?
- ¿Qué me impide reconocer la dignidad de los pobres como imagen viva de Cristo?
CITA 6
“Al compromiso concreto por los pobres también es necesario asociar un cambio de mentalidad que pueda incidir en la transformación cultural. […] En un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común.”
(Dilexi te, 11)
León XIV nos invita aquí a ir más allá de la ayuda inmediata y a entrar en el terreno de la conversión interior y cultural. No basta con dar: hay que pensar y vivir de otro modo. El Papa denuncia el escándalo de la desigualdad y la indiferencia, esa fractura invisible que separa a los privilegiados de la gente común. Los ricos, dice, viven “en otro mundo”, encerrados en sus burbujas de bienestar. Esta imagen evoca las palabras de Jesús: “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!” (Lc 6,24).
La transformación cultural de la que habla el Papa no se impone por decretos, sino que nace del Evangelio vivido con coherencia: compartir, escuchar, valorar la sencillez, romper prejuicios. Cuando los discípulos de Jesús eligen conscientemente la sobriedad, la solidaridad deja de ser un discurso y se convierte en una forma de vida.
San Vicente de Paúl también vio esta distancia social y espiritual. Servir a los pobres exige una revolución de mirada, una ruptura interior con la cultura del descarte. La pobreza estructural no se vence solo con recursos, sino con una espiritualidad de comunión, donde todos somos hermanos y corresponsables.
Preguntas para la reflexión
- ¿Qué cambios de mentalidad necesito hacer para vivir de modo más solidario?
- ¿Estoy dispuesto a romper mis “burbujas” de comodidad para acercarme a los pobres?
- ¿Cómo puedo contribuir, desde mi entorno, a una cultura de la sobriedad y del compartir?
CITA 7
“No debemos bajar la guardia respecto a la pobreza. […] Esta ya no se configura como una única condición homogénea, más bien se traduce en múltiples formas de empobrecimiento económico y social, reflejando el fenómeno de las crecientes desigualdades también en contextos generalmente acomodados.”
(Dilexi te, 12)
El Papa nos alerta contra la fatiga de la compasión, ese cansancio del alma que lleva a acostumbrarse al dolor ajeno. “No debemos bajar la guardia”, dice con tono pastoral, recordando que la pobreza adopta nuevas formas incluso en sociedades desarrolladas.
León XIV observa que en las naciones ricas también hay pobreza: familias que no llegan a fin de mes, soledades silenciosas, jóvenes sin esperanza. El Papa amplía el horizonte: la pobreza no es solo cuestión de pan, sino también de sentido y de dignidad.
Desde el carisma vicenciano, esta llamada implica atender todas las pobrezas: la material, la espiritual, la emocional. Quien vive con corazón atento descubre que cada persona herida es “un sacramento de encuentro con Cristo”. No hay periferia donde el Evangelio no pueda entrar.
Y cuando el Papa menciona la doble pobreza de tantas mujeres —por la exclusión y la violencia—, resuena la sensibilidad profunda de las Hijas de la Caridad: mujeres que han hecho del servicio una respuesta concreta a la desigualdad. Ellas nos enseñan que la ternura también es fuerza transformadora.
Preguntas para la reflexión
- ¿He bajado la guardia ante la pobreza que me rodea?
- ¿Qué nuevas formas de pobreza descubro en mi entorno?
- ¿Cómo puedo acompañar con ternura y justicia a los más vulnerables, especialmente a las mujeres y los niños?
CITA 8
“Más allá de los datos —que a veces son ‘interpretados’ en modo tal de convencernos que la situación de los pobres no es tan grave—, la realidad general es bastante clara: ‘Hay reglas económicas que resultaron eficaces para el crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral. […] Aumentó la riqueza, pero con inequidad, y así nacen nuevas pobrezas’.”
(Dilexi te, 13; Fratelli tutti, 21)
León XIV no teme hablar con claridad: la economía sin justicia no es progreso, sino idolatría. Cita las palabras de Fratelli tutti para recordar que el crecimiento económico no equivale a desarrollo humano integral. Las riquezas aumentan, pero las heridas también. El Papa insiste en que la pobreza no puede relativizarse con estadísticas ni discursos optimistas. “Los pobres no son números”, repite, “tienen rostro y nombre.” La verdadera economía cristiana es la del compartir, no la del descarte.
San Vicente ya denunciaba su versión del mismo mal: los poderosos acumulaban bienes mientras los campesinos morían de hambre. Su respuesta no fue ideológica, sino evangélica: organizar la caridad, unir corazones y recursos, crear redes de justicia. La espiritualidad vicenciana invita a mirar los sistemas económicos desde la mirada del pobre, no desde el éxito del poderoso. En la medida en que el amor transforme las estructuras, la sociedad se parecerá más al Reino de Dios.
Esta conversión social nace en lo personal: elegir la sobriedad, compartir, valorar el trabajo justo, sostener causas solidarias. No se trata de condenar a nadie, sino de recuperar el sentido del bien común que el Evangelio propone.
Preguntas para la reflexión
- ¿Cómo influye mi modo de consumir y vivir en la justicia o injusticia del mundo?
- ¿Soy consciente de las estructuras que generan desigualdad?
- ¿Qué puedo hacer, desde mi realidad concreta, para promover una economía del compartir?
CITA 9
“Los pobres no están por casualidad o por un ciego y amargo destino. […] No podemos decir que la mayor parte de los pobres lo son porque no hayan obtenido ‘méritos’, según esa falsa visión de la meritocracia en la que parecería que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida.”
(Dilexi te, 14)
Esta cita es una denuncia profética de León XIV contra el mito de la meritocracia. En un mundo que glorifica el éxito personal, el Papa recuerda que la pobreza no es falta de mérito, sino consecuencia de estructuras injustas. Jesús mismo fue pobre, sin títulos ni poder, pero lleno de amor. La lógica del Evangelio invierte la del mundo: “Los últimos serán los primeros” (Mt 20,16).
Esta enseñanza tiene una dimensión profundamente espiritual: sólo quien renuncia a sentirse superior puede servir con corazón limpio. La humildad abre los ojos a la verdad: todos somos necesitados de misericordia.
León XIV nos pide mirar a los pobres con respeto, no con paternalismo. No son culpables, sino víctimas de un sistema que olvida a los débiles. Desde el espíritu vicenciano, la caridad es reconocer la dignidad escondida y devolverla con gestos concretos de inclusión y ternura.
Preguntas para la reflexión
- ¿He caído alguna vez en el juicio hacia los pobres, pensando que son responsables de su situación?
- ¿Qué me enseña la pobreza de Cristo sobre el verdadero valor humano?
- ¿Cómo puedo vivir una caridad que dignifique y no humille?
CITA 10
“También los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas […] No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico.”
(Dilexi te, 15)
El Papa cierra el capítulo con una advertencia: olvidar a los pobres es salirse del Evangelio. La fe no puede mantenerse viva si no se traduce en amor concreto. Nos recuerda que incluso dentro de la Iglesia hay riesgo de mundanidad: cuando la caridad se desprecia o se considera una actividad menor, la fe pierde su fuerza.
La “corriente viva del Evangelio” es el flujo del amor que brota del Corazón de Cristo hacia el mundo. Cuando los cristianos se alejan de esa corriente —por ideología, comodidad o indiferencia—, su fe se marchita.
La espiritualidad vicenciana nos llama a permanecer sumergidos en esa corriente, haciendo de la caridad no solo una acción, sino una identidad: ser Iglesia pobre y para los pobres, en comunión con Aquel que se hizo servidor de todos (cf. Mc 10,45).
Preguntas para la reflexión
- ¿Qué ideologías o hábitos me impiden vivir el Evangelio de la caridad en plenitud?
- ¿Mi fe me lleva a los pobres, o me mantiene en la comodidad espiritual?
- ¿Cómo puedo ayudar a que mi comunidad permanezca en la “corriente viva del Evangelio”?
Plegaria comunitaria
“He visto la opresión de mi pueblo…”
(Ex 3,7)
Señor Jesús,
Tú que has visto las lágrimas de los pobres,
que has escuchado el grito de los sin voz
y que has bajado a liberarlos,
mira hoy a tu Iglesia que busca servirte en ellos.
Enséñanos a verte en el rostro de cada hermano,
a descubrir en cada herida la huella de tu amor crucificado,
a no pasar de largo ante el sufrimiento que clama.
Haznos sensibles, como Tú,
a la voz de los humildes, de los niños, de los olvidados.
Líbranos de la indiferencia y del miedo,
de la falsa seguridad que nos encierra,
del juicio que condena y de la caridad tibia.
Haznos audaces para amar,
inventivos para servir,
constantes para escuchar.
Infunde en nosotros tu Espíritu,
para que nuestras manos sean bálsamo,
nuestros ojos misericordia,
nuestros corazones hogar para los pobres.
Que cada gesto sencillo —una palabra, una visita, un pan compartido—
sea perfume derramado sobre tu cabeza herida.
Y cuando el cansancio o la incomprensión nos pesen,
recuérdanos que Tú estás allí,
en el silencio del pobre,
esperando ser amado.
Haz de nosotros una Iglesia viva,
que no hable de los pobres sino que viva con ellos,
que no los contemple desde lejos,
sino que los abrace como amigos y maestros.
Que nuestra caridad sea fiel, tierna y concreta,
y que tu Evangelio siga fluyendo en la historia
como un río de compasión que nunca se seca.
Amén.














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