Mi visita a la Familia Vicentina de Etiopía fue una experiencia profundamente enriquecedora, tanto en lo humano-cultural como en lo espiritual. Allí, en el corazón de este país de raíces cristianas y vicentinas centenarias, encontré una Familia Vicentina viva, alegre, acogedora y profundamente anclada en el Evangelio. Lo más conmovedor fue descubrir cómo las distintas ramas de la Familia Vicentina —diez en total— intentan construir su camino juntas, en espíritu de colaboración, cercanía y testimonio común, para enfrentar las dimensiones más desafiantes de la pobreza, como la trata de personas para la explotación laboral, la explotación sexual y el tráfico de órganos.
Al llegar a Etiopía, es imposible no notar el contraste abrumador entre el esplendor visible de ciertas zonas de la capital y la precariedad silenciosa en la que vive la mayoría de su pueblo. El gobierno, profundamente enfocado en el embellecimiento de la ciudad y en la construcción de palacios presidenciales, invierte generosamente en grandes avenidas, edificios monumentales y una iluminación pública que deslumbra en los espacios turísticos. Sin embargo, al margen de esa imagen de modernidad y poder, muchos siguen privados de servicios básicos como el acceso universal a la electricidad o al agua potable. Este contraste, tan doloroso como evidente, interpela a la conciencia cristiana: ¿para quién es el progreso y el desarrollo si no alcanza a dignificar la vida de todos, especialmente de los más empobrecidos?
En medio de este contexto desafiante, mi visita a la Familia Vicentina de Etiopía me dio signos reales de esperanza evangélica, ya que las ramas presentes, en medio de sus muchos desafíos, están intentando construir un camino común, desde la colaboración, la cercanía y el testimonio compartido: los Hermanos de la Caridad, las Hijas de la Caridad, las Juventudes Marianas Vicentinas (JMV), la Asociación Internacional de Caridades (AIC), la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP), la Asociación de la Medalla Milagrosa, la Congregación de la Misión (CM), las Hermanas de Santa Juana Antida Thouret, las Religiosas Hijas de Santa Ana y las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Todas estas ramas están intentando caminar unidas, en sinodalidad vicentina, discerniendo juntas los pasos a seguir como expresión concreta de su fe y misión, con la mirada y el corazón puestos en los heraldos que abrieron los caminos del carisma en estas tierras.
Durante esta visita fraterna compartimos momentos de formación, un encuentro con los liderazgos de cada rama, visitas a diversos servicios destinados a los pobres, así como celebraciones comunitarias llenas de vida, música, oración y espíritu fraterno. Todo se desarrolló en un clima de hospitalidad generosa, apertura, alegría y profunda acogida del mensaje común que nos une como familia espiritual.
Un aspecto que me marcó especialmente fue el arte religioso etíope. Las imágenes, tan características y profundamente simbólicas, muestran figuras con ojos grandes y abiertos, mientras que la boca es pequeña y permanece cerrada. Este estilo refleja de manera hermosa un rasgo de la cultura etíope: su capacidad de observación, de escucha atenta, de percepción profunda y discreción. Es una espiritualidad que “ve todo” y, al mismo tiempo, “guarda en el corazón”, como se dice del corazón contemplativo de María en el Evangelio. Esta sensibilidad cultural se armoniza maravillosamente con el espíritu del carisma vicentino, con la mirada siempre abierta y puesta en aquellos que sembraron aquí las mejores dimensiones de nuestro carisma: san Justino de Jacobis y el beato Ghebre Michael, dos compañeros siempre en camino, sembrando la herencia espiritual, misionera, profética y martirial del carisma.

Beato Ghebre Michael, san Vicente y san Justino de Jacobis. Pintura de la capilla de la casa provincial de la CM
Quizá uno de los aspectos más centrales que he percibido en la vivencia de la fe católica en Etiopía es lo que podríamos llamar la minoridad religiosa como camino discipular. Esta expresión recoge una forma de ser Iglesia desde la humildad, el servicio, la sencillez, la pequeñez… No desde el poder ni desde el protagonismo, sino desde el seguimiento humilde del Cristo servidor, pobre entre los pobres. Esta minoridad se encarna aquí en clave vicentina: una espiritualidad misionera, cercana al pueblo, encarnada, concreta, compasiva y en comunión con la Iglesia católica, cuyo cardenal es un miembro de la Congregación de la Misión, Berhaneyesus Demerew Souraphiel, CM.
Desde el carisma de san Vicente de Paúl, este modo de ser discípulos hoy, en lugares donde no somos la mayoría, nos llama a ser “signos” visibles del Reino: signos de esperanza, de fraternidad, de solidaridad, de Dios presente entre los pobres. El valor de ser signo es esencial hoy: nuestro testimonio debe hablar más fuerte que nuestras palabras y debe manifestarse en gestos sencillos, cotidianos, coherentes.
Aquí cobra especial fuerza un valor central en el Evangelio: el valor de lo pequeño y el valor de los medios pobres. Frente a la tentación de lo espectacular, de lo grandioso o de lo artificial, la experiencia vicentina etíope apuesta por la centralidad de los pobres, por el poder silencioso de lo escondido, lo sencillo, lo humilde. Este es uno de los mayores aportes que puede ofrecer África al resto del mundo vicentino: un modo de ser Iglesia más cercano al corazón de Jesús.
Una señal concreta de madurez en este camino fue la constitución del Consejo Nacional de la Familia Vicentina de Etiopía, que se mostró dispuesto y abierto a integrarse en una posible organización continental de la FamVin en África y Madagascar. Esta iniciativa, nacida precisamente durante esta gira, abre caminos nuevos de comunión, organización y colaboración entre las ramas vicentinas presentes en más de veinte países de este continente tan fecundo, vibrante y lleno de vida. África nos ofrece una espiritualidad profundamente enraizada en Dios, en la tierra, en la comunidad, en la historia compartida.
Agradezco de corazón a la FamVin de Etiopía, y en particular a los responsables de cada rama, por haber organizado tan cuidadosamente la agenda de la visita, por su testimonio generoso y por la acogida fraterna. Llevo conmigo los frutos de esta experiencia vivida con alegría y fe, en comunión con el espíritu de la II Convocatoria de Roma 2024, que nos anima a seguir profundizando en nuestra identidad común y nuestra misión compartida. Gracias por hacer visible el Evangelio en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo pobre. Gracias por ser signo del Reino.
P. Memo Campuzano, CM

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