Se ha hecho emblemática la imagen de san Vicente de Paúl acunando bebés en su regazo, arropados en su capa, lo que sugiere la idea de un santo que recorre las calles recogiendo niños abandonados. No sabemos si eso ocurrió alguna vez. Pero esta imagen casi legendaria nació de una dedicación incondicional a la causa de los niños abandonados (expósitos) en las calles de París, a las puertas de las iglesias o de los conventos. “La historia de esta obra de los niños abandonados es un milagro continuo… El padre Vicente se desvivía en buscar soluciones. También aquí la leyenda, interpretando sentimientos reales, bordó interpretaciones en torno a sus gestos. Se le presenta, en una noche nevada, recogiendo en las calles a pobres abandonados, a quienes envolvía en su capa y llevaba al refugio donde las Hijas de la Caridad le esperaban. Este cuadro posee, sin duda, la exactitud de un símbolo. Pero no es más que un símbolo” (Calvet, Cara Caridade: Vicente de Paulo, p. 142).
Una noticia de 1600 habla de unas 400 criaturas recién nacidas abandonadas, recogidas por personas caritativas o por la policía. En 1630 aparece la referencia a una obra llamada “La Couche”, la Cuna, supuestamente bajo la responsabilidad del cabildo de la catedral, pero sin organización alguna y carente de todo. Los niños que no morían eran entregados a cualquiera que los quisiera llevar, sin preocuparse del destino que les esperaba. Había casos de mendigos que los compraban para desfigurarlos y utilizarlos de manera que provocaran compasión en su actividad de pedir limosna (Cfr. J. Calvet, Sainte Louise de Marillac, par elle-même: Portait, p. 128).
Era necesario poner fin a esta situación inhumana para la sociedad y escandalosa para la conciencia cristiana. Pero se requerían recursos humanos y económicos considerables. El padre Vicente y Luisa de Marillac elaboraron un proyecto. Por entonces, en 1640, se celebró la asamblea general de las Cofradías de la Caridad de París. El proyecto presentado por el padre Vicente fue aprobado. Parecía una gran obra. Las damas de las Cofradías asumieron la responsabilidad de la administración. Las Hijas de la Caridad, dirigidas por Luisa, que además era secretaria de la Asamblea de Cofradías, serían las ejecutoras del proyecto. Y así, el plan empezó a salir del papel y a tomar cuerpo.
Se organizaron centros de acogida en las parroquias. Pero la mayor novedad surgió con la organización de “familias de acogida”. A partir de las Cofradías de la Caridad, ya presentes en las parroquias, y con la colaboración de los párrocos, se elaboraron listas de familias a las que, con conciencia tranquila, se podían confiar estos niños. Cada criatura iba acompañada de una ficha donde constaban su identidad y su situación sanitaria. Esa ficha debía actualizarse por la familia de acogida, bajo la atenta supervisión de las damas de la Cofradía, que realizaban visitas periódicas y redactaban un informe. Se contrataron “nodrizas”, a quienes se pagaba una mensualidad, para los recién nacidos y para los que no se adaptaban al biberón.
A partir de los cinco años, los niños aprendían a leer y escribir; a los once, eran trasladados a una casa donde los chicos aprendían un oficio y las chicas eran iniciadas en las tareas domésticas. La obra creció mucho. Las dificultades económicas también, agravadas por la llamada guerra civil de la Fronda, que dividió familias y arruinó a parte de la nobleza, que vivía en la ciudad sin poder cobrar las rentas de sus tierras.. Las damas, inicialmente entusiasmadas con el proyecto, empezaron a desentenderse: dejaron de asistir a las reuniones y de contribuir al sostenimiento de la obra. Ya se oía decir incluso que lo mejor era acabar con ella. Luisa se sentía angustiada, pues sobre ella recaía la responsabilidad de la gestión y el drama moral de qué hacer con tantas criaturas, y con las muchas otras que cada día llegaban.
El padre Vicente, muy ocupado en restablecer la paz entre los contendientes y en apoyar a las víctimas de la guerra, no olvidaba la obra que tanto estimaba. En cuanto llegó a París, hizo lo que acostumbraba en situaciones semejantes: convocó una asamblea general de todas las Damas de la Caridad de París. Las palabras que les dirigió fueron de una elocuencia que no procedía de técnicas de oratoria, sino de la fuerza de la argumentación nacida del corazón:
“Señoras mías: Por compasión y, más aún, por caridad, habéis adoptado como hijos a estas criaturas. Habéis sido sus madres según la gracia, puesto que sus madres según la naturaleza las abandonaron. Pues bien, considerad y ved si también vosotras queréis abandonarlas; si deseáis dejar de ser sus madres, para convertiros ahora en sus jueces. Su vida y su muerte están en vuestras manos. Voy a preguntaros vuestra opinión. Ha llegado la hora de decidir y de saber si ya no queréis mostrar misericordia con ellas. Si continuáis cuidándolas con caridad, vivirán. Pero si las abandonáis, perecerán sin remedio. La experiencia no deja lugar a dudas” (Idem, p. 141).
El discurso dio fruto. Se hizo clásico el cuadro de las señoras entregando allí mismo sus joyas, incluida la reina, para que la obra de asistencia a los niños abandonados pudiera seguir adelante. Con el dinero volvió también un nuevo entusiasmo.
Por otro lado, era necesario recuperar la entrega y el entusiasmo inicial de las Hijas de la Caridad, acosadas por dificultades tanto internas como externas: internamente, las exigencias de la propia obra; externamente, la desconfianza. En una larga carta al padre Vicente, Luisa le abre su corazón:
«Siento muchísimo el ser tan importuna, pero nos vemos apremiadas por la imposibilidad de seguir recibiendo niños; de momento tenemos siete que rechazan el biberón, para las dos nodrizas, y no tenemos ni una dobla para pensar en una nodriza, ni repuesto de sábanas ni pañales, ni esperanza de poder comprar más al fiado. […] Las señoras no hacen ningún caso de proporcionarnos ayuda, y hasta estoy convencida de que creen que estamos haciendo negocio a expensas suyas, lo que es completamente contrario a la verdad. […] No veo más que un medio para alivio de todos los que estamos sufriendo en esta obra, y es que nosotros, en nombre de nuestra Compañía, presentemos una instancia al señor Primer Presidente, pidiendo se nos descargue de recibir a los niños y encargue de ello a quien sea de su agrado» (SL, Correspondencia, 298-299).
La carta continúa mencionando los niños que había recibido el día anterior. Gracias a ella podemos calibrar el estado de ánimo en que se encontraba Luisa de Marillac y sus colaboradoras más directas, las Hijas de la Caridad. Por eso, el padre Vicente procuraba sostenerlas, como había hecho con las Damas: “Es cierto, hermanas mías, es verdad que esto cuesta. Pero, ¿dónde no cuesta la vida? Sabedlo: en ninguna parte. Ya os costaba cuando estabais en el mundo. La vida cuesta en cualquier condición. Pero en la de quienes cuidan de estas criaturas, como en cualquier servicio de la caridad, tras la fatiga llega una gran recompensa. Por eso, hasta la fatiga debe ser amada… Hermanas mías, debéis dar gran importancia al designio de Dios sobre vosotras. Él os ha escogido; a vosotras, que seguramente ni pensabais en ello. Dejó pasar muchos años, murieron muchos niños. En lugar de dirigirse a tantos otros que su bondad podía haber elegido para trabajar en esta santa obra, esperó a que estuvierais preparadas para entregaros a ella. Cuando os eligió, había en el mundo muchas otras personas. Pero os eligió a vosotras: a Ana, a María, a Margarita y a todas las demás…” ( J. Calvet, Cara Caridade: Vicente de Paulo, p. 143).
Con este lenguaje emotivo, que apelaba al corazón pero sobre todo al insondable designio de Dios, san Vicente de Paúl logró reanimar el entusiasmo decaído y devolver la alegría a aquellas que tan generosamente se habían entregado a una obra que se convertiría en una de sus señas de identidad: el cuidado de los niños expósitos.
¿Sigue teniendo sentido hablar del padre Vicente como el gran impulsor de la acogida de los niños abandonados, aun cuando quizá nunca recorriera las calles recogiéndolos y arropándolos en su capa? El liderazgo no se define tanto por el “hacer”, sino por el “hacer hacer”: por la capacidad de movilizar, por el arte de unir esfuerzos, de hacer converger voluntades. Él hizo coincidir las necesidades sociales, la generosidad de los ricos, la capacidad de entrega de aquellas jóvenes animadas por su responsable, Luisa de Marillac, y sus Hijas de la Caridad.
P. José Alves, CM













0 comentarios