“Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor”
Esd 1, 1-6; Sal 125; Lc 8, 16-18.
Rápidamente entendemos el primer mensaje de Jesús en la parábola: la fe y los talentos que hemos recibido de Dios no son sólo para nuestro propio beneficio. ¡Ojalá que en mi estilo de vida y en mi alegría otros descubran a Cristo y se enamoren de Él!
Las últimas palabras son un aviso: Quien no vive esforzándose para rendir, se rinde ante la vida. En síntesis: tengas mucho o poco, o rindes o te oxidas. Al final del día, nuestro examen de conciencia puede compararse al señor de la tienda que revisa la caja del dinero para ver las ganancias de su trabajo. No empieza preguntando: ¿Cuánto he perdido? Sino más bien se pregunta: ¿Qué he ganado? Y acto seguido se cuestiona para prever:
¿Cómo podré ganar más mañana? ¿Qué puedo hacer para mejorar? El repaso de nuestra jornada (ante Dios) acaba con una acción de gracias y, por contraste, con un acto de dolor amoroso: “Me duele no haber amado más y espero mañana el nuevo día para agradar más a nuestro Señor y servir a mi prójimo; quiero proporcionar más luz al mundo y disminuir el humo del fuego de mi amor”.
San Vicente de Paúl nos dice: “La perfección no consiste en la multitud de cosas hechas, sino en el hecho de estar bien hechas”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Arturo García Fonseca, C.M.








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