“Que alaben al Señor todos sus siervos“
Am 8, 4-7; Sal 112, 1 Tim 2, 1-8; Lc 16, 1-13.
Hoy el Maestro nos deja desconcertados; parece que aprueba la «cultura de la corrupción»: favores y más favores entre mafiosos insolidarios que sólo piensan en un propio beneficio, sin importarles que muchos sufran las consecuencias. Claro que no, ¡no es eso! No se trata de hacernos “amigos del dinero”, sino de poner el prestigio profesional al servicio de los demás. El cristiano no tiene vocación de «tonto mediocre». En el trabajo, en lo social, en el deporte, en la familia, etc., Dios nos exige aspirar a la excelencia. Ser astutos y sagaces en el amor. Si no, ¿cómo removeríamos los corazones?
San Pablo hizo valer el prestigio y los derechos de su “ciudadanía romana”.
Entonces, se requieren cristianos valientes y decididos. ¿Acaso vamos a ir por la vida como avaros ambiciosos y ciegos? Caeremos en la corrupción. ¡Ojo, que en el cielo no hay lugar para mediocres, tontos, ni avaros! Sé generoso, San Pablo nos dice: “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).
San Vicente de Paúl nos dice: “Renunciar externamente a los bienes… es preciso que esa renuncia sea interior, que parta del corazón para quedarse con lo mejor: Dios”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Arturo García Fonseca, C.M.








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