Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Isabel Ana Seton, la neoyorquina (video)

por .famvin | Sep 14, 2025 | Formación, Medios audiovisuales | 0 comentarios

En 1975, Año Internacional de la Mujer de la ONU, el papa Pablo VI canonizó a Isabel Ana Bayley Seton, la primera santa de la Iglesia católica nacida en Estados Unidos. Para conmemorar el 50 aniversario de este acontecimiento extraordinario, las Hermanas de la Caridad de Nueva York se complacen en compartir con vosotros un nuevo vídeo: «Elizabeth, the New Yorker».

Isabel nació en Nueva York en 1774, en vísperas de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Allí se casó, tuvo cinco hijos, practicó su fe como episcopaliana, visitó a mujeres y niños pobres, y vio a su padre, médico de profesión, atender a familias inmigrantes desesperadas. Tras la muerte de su esposo en Italia, Isabel regresó a Nueva York y, en una ciudad poco acogedora para los católicos, decidió hacerse una de ellos. Pasó casi 34 de sus 46 años y medio en Nueva York, antes de trasladarse a Maryland.

En 1809, Isabel Seton fundó en Emmitsburg (Maryland) las Hermanas de la Caridad de San José, la primera comunidad religiosa femenina nacida en Estados Unidos. Ocho años más tarde envió a tres Hermanas de regreso a su «ciudad natal», Nueva York.

Desde entonces, las Hermanas de la Caridad han permanecido aquí. Junto a nuestros colaboradores laicos y compañeros de misión, enseñamos, cuidamos los cuerpos, las mentes y los espíritus, ofrecemos servicios sociales, servimos a quienes viven en la pobreza, trabajamos por una sociedad más justa y cuidamos de la creación de Dios.

El siguiente video está en inglés, pero hay una transcripción al español después del mismo:

Transcripción:

Me llamo Isabel.

Al pasar las páginas de mi vida y estar ya cerca de los brazos del Señor, aprovecho este momento para reflexionar sobre todo lo que me ha traído hasta aquí.

Nací en 1774 en Nueva York. Mi padre, Richard Bayley, era médico. Le quería muchísimo, pero a menudo estaba lejos, estudiando en el extranjero o sirviendo en el ejército británico durante la Revolución Americana.

De mi madre no guardo recuerdo alguno, salvo por las historias que mi padre me contaba sobre ella. Murió cuando yo tenía apenas tres años. Siempre eché de menos a mi madre. Mi madrastra no alivió ese vacío, pues mostraba poco afecto o ternura hacia mi hermana Mary y hacia mí.

Vivimos en varios lugares de Manhattan. Mi padre estaba muy ocupado con su consulta médica, sus investigaciones sobre la fiebre amarilla y sus clases en el King’s College. Mary y yo pasábamos largas temporadas en casa de mi tío, en New Rochelle. Echaba mucho de menos a mi padre, pero a veces me consolaba pensando en Dios como en mi verdadero Padre.

Tenía diecinueve años cuando conocí y me casé con el amor de mi vida, William Magee Seton. Tuvimos cinco hijos preciosos: Anna Maria, William, Richard, Catherine y Rebecca. Me mantenían ocupadísima, pero me encantaba ser madre.

En 1797, con dos niños pequeños, me uní a una sociedad benéfica de mujeres que ayudaba a viudas y huérfanos pobres. Mi cuñada Rebecca y yo los visitábamos, intentábamos atender sus necesidades y compartíamos el peso de su pobreza.

Vivíamos en la elegante Wall Street, pero cuando murió el padre de William, nos trasladamos a su casa en Stone Street para cuidar de sus hijos pequeños además de los míos. El negocio mercantil de Will empezó a decaer, al igual que su salud. Tuvimos que declararnos en quiebra y mudarnos a una casa más modesta en State Street, nuestro último hogar juntos, donde nació nuestra quinta hija, Rebecca. A pesar de tantas penas, siempre guardaré con cariño los recuerdos de aquellos años.

Cuando la tuberculosis de Will se agravó, tomamos la desesperada decisión de embarcarnos hacia Italia, buscando un clima más benigno y el apoyo de sus socios comerciales. Pero al llegar nos impusieron una cuarentena de un mes. La salud de Will empeoraba sin remedio. Nada podía hacer salvo consolarle y rezar con él.

Murió con treinta y seis años, y el Señor me dejó viuda a los veintinueve, con cinco hijos. Pensaba que perder a mi madre, a una edad en la que ni siquiera puedo recordarla, había sido trágico. Pero perder a mi esposo a los veintinueve me sumió en un dolor indescriptible.

El Señor no me abandonó. Puso en mi camino a los amigos de Will, Antonio y Filippo Filicchi, y a sus familias, que me ayudaron en aquel tiempo de angustia y me devolvieron a América. Su cariño, sus cuidados y su bondad me recordaron la providencia de Dios. Me recordaron que no estaba sola, que no había sido olvidada.

Ellos vivían de verdad su fe católica y la compartieron conmigo. Me impresionó especialmente su convicción de que Jesús estaba realmente presente en la Eucaristía. ¡Oh, si yo pudiera creerlo de verdad!

Regresé a casa con preguntas sobre qué debía creer. No esperaba que la lucha fuese tan dura. Como viuda, necesitaba la ayuda de mi familia para mantenerme a mí y a mis hijos. Pero muchos de ellos despreciaban a los católicos, en su mayoría inmigrantes de clases sociales humildes.

Sabía que, si elegía este camino, muchos de los míos me rechazarían por mi conversión. Me sentía abandonada, aislada e incomprendida. Así comenzó un viaje que jamás hubiera imaginado.

¿Qué debía hacer? ¿Adónde me llevaba Dios? Durante casi un año luché, busqué, sufrí. Y en esos momentos no podía evitar pensar en los sentimientos de Jesucristo, que también conoció esa soledad.

Finalmente, después de casi un año de lucha, en la Cuaresma de 1805 profesé mi fe como católica romana y recibí la Comunión. Pensé para mí: «Por fin, Dios es mío y yo soy suya». Un año después fui confirmada por el obispo John Carroll en la iglesia de San Pedro, en la calle Barclay.

Mirando atrás, veo cómo mis luchas me acercaron más a Dios, cuya providencia abría puertas cuando menos lo esperaba. Mientras buscaba la manera de vivir mi fe y sostener a mis hijos, Dios me envió al padre Louis Dubourg, que me invitó a Baltimore para abrir una pequeña escuela. Fue en Baltimore donde mi fe floreció de verdad.

Pronto llegaron otras mujeres a unirse a mí, y me pidieron que considerase fundar una comunidad religiosa. Sentí una gran alegría ante la posibilidad de amar a Dios sirviendo a los necesitados. Me encantaba enseñar y ayudar a los niños. No podía evitar verme reflejada en ellos, recordando el cariño que yo misma eché de menos en mi infancia. Quería que esos niños se sintieran queridos y cuidados, y eso fue lo que hicimos. Sabía que la ternura era el lenguaje que mejor entendían.

En 1809 nos trasladamos a Emmitsburg, en el campo de Maryland. El 31 de julio dimos inicio a las Hermanas de la Caridad de San José, la primera comunidad religiosa femenina fundada en Estados Unidos. Seguimos la regla de san Vicente de Paúl, prestando todos los servicios que estuvieran en nuestras manos a los necesitados.

Comenzamos con una escuela gratuita para los niños del vecindario, y más tarde abrimos un internado para niñas. En agosto de 1817 envié a tres hermanas de regreso a mi ciudad natal, Nueva York, para cuidar de huérfanos, educar a los niños y atender a los enfermos, prestando todo servicio que estuviera en nuestras manos.

La misma ciudad donde crecí, conocí al amor de mi vida, tuve a mis hijos y encontré la fe, se convirtió en el lugar donde continuaría mi legado.

Al prepararme para partir pronto hacia Dios, guardo un lugar muy especial en mi corazón para Nueva York, la ciudad donde pasé treinta y cuatro de mis cuarenta y siete años en la tierra. Rezo para que lo que Dios ha comenzado aquí con las Hermanas de la Caridad —su servicio a todos los necesitados, jóvenes y ancianos, los que viven en la pobreza y quienes tienen recursos para ayudar— siga creciendo durante muchas generaciones.

Pero por ahora, eso es todo. Hasta que el Señor disponga mi último aliento, seguiré recibiendo su gracia y caminando hacia adelante.

Más de doscientos años después, el legado de Isabel sigue vivo en nosotras y en nuestros compañeros de misión.


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