“Bendito sea el Señor ahora y para siempre”
1 Tim 1, 15-17; Sal 112; Lc 6, 43-49.
Hoy leemos un “clásico” de la predicación de Jesús: “Cada árbol se conoce por sus frutos”. ¡Así es la vida! Con el paso del tiempo aparecen los resultados de lo que cada uno ha ido sembrando. Sí sembramos amor aparecerán frutos de amor.
Y ahora ¿dónde pongo los fundamentos de mi existencia? ¿Los pongo en Dios? Mientras hace buen tiempo (nos va bien) todos ríen; pero, ¿y si arrecian los vientos y las lluvias, si nos va mal? Unos permanecen firmes; otros se derrumban. No puedo pretender que siempre me vaya bien, también hay tiempos difíciles. Lo que sí puedo hacer es poner a Dios como fundamento de mi vida.
No basta acercarse a Jesús, es necesario escuchar sus enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica; porque muchos se acercan a Jesús: el curioso y también el hereje, el estudioso de historia y el filósofo, pero será solamente acercándonos, escuchando y practicando el Evangelio de Jesús, que construiremos nuestra santidad cristiana.
San Vicente de Paúl nos dice: “La formación de buenos sacerdotes es la obra más difícil, la más elevada, la más importante para la salvación de las almas y el progreso del cristianismo”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Arturo García Fonseca, C.M.








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