La Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl nos exhorta en dos ocasiones a la alegría. En primer lugar, se nos pide que recemos antes de nuestras visitas para que el Espíritu Santo nos guíe y nos convierta en «canales de la paz y la alegría de Cristo» [Regla, Parte I, 1.7]. En segundo lugar, se nos recuerda que nuestras reuniones de Conferencia deben celebrarse «en un espíritu de fraternidad, sencillez y alegría cristiana» [Regla, Parte I, 3.4]. La alegría, entonces, está en el centro mismo de nuestra vocación: una alegría que compartimos con el prójimo y que, a la vez, recibimos en nuestra unidad.
Pero, ¿qué es la alegría? ¿Es lo mismo que la felicidad? Si lo único que buscáramos fuera felicidad, bastaría con ir a un encuentro deportivo, disfrutar de un día libre, dormir hasta tarde o saborear un trozo de tarta. Hay incontables maneras de regalarnos ese instante de satisfacción o ese momento fugaz de risa. ¿Cómo podríamos, entonces, “llevar felicidad” al prójimo? ¿Acaso contando chistes o invitándolo a una fiesta?
La felicidad es buena, y sin duda Dios quiere que seamos felices. Sin embargo, la felicidad es algo que podemos procurarnos por nosotros mismos y, en ocasiones, ofrecer también a otros. La alegría, en cambio, es mucho más profunda: no nace de nosotros, ni la fabricamos; es fruto del Espíritu Santo (Cf. Gal 5,22), un verdadero don de Dios. Por eso no rezamos para tener el poder de crear alegría, sino para que el Espíritu Santo la derrame sobre nosotros y, a través de nosotros, llegue al prójimo.
Rezamos por la alegría del espíritu, esa alegría que Cristo promete será plena (cf. Jn 15,11) si permanecemos en su amor y guardamos sus mandamientos, en particular el más grande de todos (cf. Mt 22,37).
Y aunque no siempre nos sintamos “felices” cuando suena el teléfono y se nos llama a visitar al prójimo —quizás porque nos perdemos un partido de fútbol, sacrificamos un descanso o madrugamos más de lo previsto—, recordemos que la obra de Dios es labor, no diversión. Sin embargo, al amarle sirviendo a los pobres, nos unimos más íntimamente a Él, y esa unión es la verdadera fuente de alegría, capaz de habitar incluso en medio de la tristeza.
Al servir a nuestro prójimo —imagen viva de Dios que nos creó— con un amor gratuito, confiamos en que, mediante nuestro cuidado, «los pobres puedan vislumbrar el gran amor de Dios por ellos» [Regla, Parte I, 2.1]. Ese amor divino es un don, y como tal está destinado a seguir siéndolo: un regalo que se ofrece en cuanto se recibe. «El amor —enseñó el beato Federico— se da sin empobrecerse, se comunica sin dividirse, se multiplica» [Carta a Léonce Curnier, de 29 de octubre de 1835]. Al igual que los siervos fieles de la parábola de los talentos, no guardamos el amor de Dios solo para nosotros, sino que lo multiplicamos entregándolo, para así compartir también la alegría del Señor (cf. Mt 25,21).
La verdadera alegría es la unión con Cristo, que está presente como lo prometió siempre que nos reunimos en su nombre en la casa del prójimo, unidos como hermanos y hermanas bajo un mismo Dios. Esa alegría que recibimos y compartimos no es pasajera, sino eterna, porque nadie puede arrebatárnosla (Cf. Jn 16,22).
Contemplar
¿Me da mi servicio tanta alegría que quiero compartirla?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.













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