“Confío para siempre en el amor de Dios”
Col 1, 1-8; Sal 51; Lc 4, 38-44.
Contemplamos en este Evangelio a Jesucristo curando a todos los enfermos que se le presentaban, o que le llevaban. ¡Las dos cosas!
Vayamos a Él y llevemos a Él. Dios escucha especialmente las oraciones y favores que le pedimos por los demás.
¡Tantas veces también nosotros pensamos que encontrarnos con Jesús es un estorbo! Nos estorba tener que ir a misa el domingo; nos inquieta pensar que hace mucho que no dedicamos un tiempo a la oración; nos avergonzamos de nuestros errores en lugar de ir al Señor de la Misericordia a pedirle sencillamente perdón…
¡Es el Señor quien tiene que venir a encontrarnos, a curarnos, a liberarnos, pues nosotros nos hacemos del rogar para dejar nuestra pequeña “cueva de confort” y salir al encuentro de quien es el pastor de nuestras vidas! Sencillamente no seamos tibios en nuestra fe. Dejar de mirarnos a nosotros mismo y poner manos a la obra en el amor. Hacer el pequeño compromiso cada día por el bien de los otros, a eso se le llama amar.
San Vicente de Paúl nos dice: “Ser Cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él, ni sentirse enfermo con él, eso es no tener caridad”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Arturo García Fonseca, C.M.









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