‘‘El Señor es mi luz y mi salvación’’
1 Tes 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lc 4, 31-37.
Hoy Jesús acude a la sinagoga. Él –que es el Señor, que es Dios– cada sábado iba a la sinagoga a escuchar la Sagrada Escritura y a rezar. ¡Cada sábado! Dios mismo, en la persona de Jesús, actúa como hombre ante Dios.
¡Necesitábamos éste ejemplo! Ya no podemos decir que no sabemos qué hay que hacer para encontrar a Dios. Él entró y Él se quedó: en la Eucaristía.
Los judíos decían: ¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen. Precisamente, aquella autoridad de su hablar era lo que le daba fuerza. Utilizaba imágenes vivas y concretas demostrándonos que Jesús es cercano a nuestras situaciones humanas, que Dios está con nosotros. No hubo en sus labios ni la alabanza personal, ni presumía, ni aparentaba, ni daba de gritos. Mansedumbre, dulzura, comprensión, paz, serenidad, misericordia… fueron el aroma que rodeaba su presencia. ¡Cuántos problemas superamos yendo a la casa de Dios!
San Vicente de Paúl nos dice: “El arma más poderosa para vencer al demonio es la humildad, porque como él no sabe en absoluto como emplearla, tampoco sabe cómo defenderse de ella”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Arturo García Fonseca, C.M.








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