“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido”
Tes 4, 9-11; Sal 97; Mt 13, 44-46.
¿Qué tesoro es tan valioso para vender todo lo que se tiene? ¿Qué merece desprenderse de cuanto se posee para conseguir otro bien? ¿Qué hallazgo puede producir inmensa alegría? No cabe la menor duda que lo que encontró el hombre del evangelio tiene un valor inestimable; lo más grande en valor es el Reino de Dios, y por él se puede renunciar a todo, y ésta sería la mejor decisión tomada.
Quien encuentra un tesoro como éste, el Reino de los Cielos, debe dejarlo todo por él y renunciar con alegría a lo que tiene, pues es indudable que no podemos comparar los bienes de aquí en la tierra con la posesión de Dios. “Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero” (Mt 6-24).
Pero para poseer a Dios debemos despojarnos de todo lo que aprisiona nuestro corazón. Es decir, de nuestros afectos, o inclinaciones, pasiones e instintos, de todo cuanto nos impida la posesión de Dios. Si vaciamos el corazón de nosotros mismos, éste podrá ser ocupado por Dios.
Danos Señor la sabiduría para conocer el verdadero tesoro y la valentía para desprendernos de todo para poder poseerlo.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Laura Ríos, Comedor Vicentino








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