Servimos en esperanza, como proclama en latín el lema de la Sociedad de San Vicente de Paúl: serviens in spe. No por la esperanza, sino en la esperanza. No buscamos volvernos esperanzados para nosotros mismos, sino compartir y dar esperanza a quienes están en la desesperación, a “los necesitados y olvidados, a las víctimas de la exclusión o de la adversidad”. [Regla, Parte I, 1.5] Sin embargo, no podemos compartir esperanza si no la tenemos ya en nosotros.
El beato Federico aconsejaba a menudo a sus amigos sobre la importancia de la esperanza. “Permanece sólido y firme ante las tormentas que no tardarán en caer sobre ti —escribió—; y, sobre todo, evita el desaliento, que es la muerte del alma” [Carta a Ernest Falconnet, de 18 de diciembre de 1831]. La desesperación es lo contrario de la esperanza. De hecho, la raíz de la palabra es ese mismo término latino que aparece en nuestro lema: spe, esperanza. Estar en la desesperación es estar sin esperanza.
Las personas a las que atendemos suelen encontrarse en la desesperación, o al borde de ella. Sufriendo la pobreza, temerosas de lo que será de ellas sin comida, sin techo o sin los servicios básicos que les aportan un mínimo de bienestar, empiezan a encerrarse en sí mismas y a ver únicamente esas necesidades materiales tan abrumadoras. No es de extrañar que tantas pierdan la esperanza. Nosotros somos enormemente bendecidos por los bienhechores que nos dan los medios para aliviar tantos de estos temores, y sentimos el mismo alivio que nuestros hermanos cuando podemos ofrecerles un pequeño respiro.
Sin embargo, aliviar esas necesidades, por sí solo, no es verdadera esperanza, porque “si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza” [Spe salvi, 35]. Un pedazo de pan quita el hambre, pero el hambre es falta de alimento, no falta de esperanza. Si el único alivio que llevamos es el alivio material, entonces la única esperanza que ofrecemos es la esperanza en nosotros mismos, y seríamos siervos indignos; siervos que, con toda seguridad, fallaremos en el futuro. La esperanza en la que estamos llamados a servir es mucho mayor, porque no depende de nosotros.
Es fácil caer en la desesperación cuando esta vida terrenal parece tan miserable. La esperanza, en cambio, nos recuerda mirar la vida “como la obra más perfecta del Creador, como la vestidura sagrada con la cual el Salvador ha querido cubrirse; en ese caso, la vida es digna de respeto y de amor” [carta a François Lallier, de 5 de noviembre de 1836].
Es el propio ejemplo de Cristo, que vivió como hombre, sufrió y murió como el más humilde entre nosotros, para después resucitar a una vida nueva, lo que revela la única y verdadera esperanza. Así, es únicamente a través de nuestra imitación de Cristo, en el servicio desinteresado, compartiendo el sufrimiento de nuestros hermanos y caminando con ellos como amigos, como podemos esperar compartir un destello del gran amor de Dios, que trae consigo no solo la esperanza de que su sufrimiento termine, sino la de que sus vidas puedan comenzar de nuevo.
La esperanza no es un sentimiento, sino una bendición y una virtud que se comparte.
Contemplar
¿Tengo yo suficiente esperanza como para compartirla con mi hermano necesitado?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.













0 comentarios