San Vicente de Paúl y la Catequesis
La palabra “catequesis” o “catecismo” significa informar, instruir y enseñar de viva voz, para distinguirla de la enseñanza realizada a través de la escritura, es decir, mediante los libros. Mientras que la enseñanza de los libros se hace individualmente y en silencio, la catequesis (o catecismo) se realiza con la presencia de un instructor (catequista), que enseña de viva voz, dando testimonio de lo que transmite (1).
El padre Vicente de Paúl no escribió nada expresamente sobre la catequesis. Pero fue un catequista extraordinario: vivió, enseñó y dio testimonio. Es en las Conferencias a las Hijas de la Caridad y a los cohermanos de la Misión donde captamos su pensamiento sobre el tema. Empieza por presentar el objetivo: inculcar en los niños y en los adultos el conocimiento y el amor de Dios, enseñar los misterios de la fe, llevarlos a una vida mejor:
«Tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual, esto es, decirles para su instrucción alguna buena palabra de vuestra oración, como serían cinco o seis palabras, para inducirles a que cumplan con sus deberes de cristianos y a practicar la paciencia. […] Vuestra Compañía mis queridas hermanas, tiene también la finalidad de instruir a los niños en las escuelas en el temor y amor de Dios» (SVP ES XI-1, 535).
A dos Hermanas enviadas a Ussel, para la fundación de una “Caridad”, les recuerda que la catequesis de aquella gente (instrucción religiosa) será su principal misión:
«La gente de aquel país es muy buena, dócil y muy inclinada al bien, pero que se encuentra en la mayor ignorancia que puede concebirse; y en eso habrá de consistir vuestra ocupación, ya que se trata de hacer todo lo posible para que conozcan y amen a Dios. ¿Hay algo mayor que eso? ¡Dar a conocer la grandeza de Dios, su bondad, el amor que tiene a las criaturas, y eso enseñándoles los misterios de la fe y partir de ese conocimiento para llevarlos a su amor!» (SVP ES XI-2, 1028-1029).
Se descubre, en sus palabras, una inclinación especial por un método activo que despierte la atención y el interés de los participantes. Él mismo, en un lenguaje coloquial, lo aplicaba en la instrucción de las Hermanas y les recomendaba que ellas mismas lo aplicaran en la catequesis. A partir de preguntas y respuestas, corregir lo que estaba equivocado, perfeccionar lo imperfecto y añadir una palabra de elogio a lo que estaba bien. Y como los adultos en general, y en particular los abuelos, se deleitan con las respuestas de los niños, que se organice una especie de “representación” delante de ellos para que admiren el modo en que los pequeños se expresan tan bien sobre los contenidos de la fe. Experimenta y recomienda el uso de imágenes, sobre todo con niños, a través de cuadros alusivos al tema de la catequesis.
No pasa desapercibida para el padre Vicente la necesidad de preparación para la enseñanza de la catequesis. Antes de partir hacia las parroquias, donde deben enseñar la catequesis a los niños y a los enfermos, las Hermanas deben tratar ese tema entre ellas.
«La que preside escucha las respuestas y les explica lo que no sea bastante inteligible y lo que no se comprenda. […] Mis queridas hermanas, éste es el mejor medio para instruiros vosotras mismas, y si os servís bien de él, […] para hacerse capaces de instruir a los pobres y a los niños en las cosas necesarias para la salvación». (SVP ES XI-2, 1147-1148).
En favor de esta práctica, el padre Vicente de Paúl señala que se procede así en los Seminarios y en otras reuniones en las que aquellos a quienes se va a confiar un ministerio pasan por ejercicios de preparación (celebrar, confesar, predicar, bautizar, …), que los capacitan para sus funciones. Así debe ser con la enseñanza de la catequesis. Para una preparación más técnica y perfeccionada, piensa en enviar a algunas Hermanas a las Ursulinas y a las Hijas de la Cruz, consideradas las más competentes.
En las Misiones Populares había momentos dedicados exclusivamente a la catequesis en sentido estricto: catequesis para niños por la mañana; catequesis para adultos al atardecer, sin subir al púlpito para no confundirse con la predicación, y cuya duración no debía superar la media hora (cfr. SVP ES X, 407).
Testimoniando esta preocupación tradicional por la enseñanza de la catequesis, como herencia de familia, se encuentra en el archivo de los Padres de la Congregación de la Misión, en Lisboa, un informe manuscrito del siglo XVIII (1744-1834), en el que la catequesis (doctrina) aparece como actividad diaria durante la misión, junto a otras (predicación, confesiones, iniciación a la oración mental, pacificación y reconciliación social, …), y para la cual se designaba exclusivamente a un misionero, dada su importancia.
No hay comunidad cristiana sin catequesis, es decir, sin instrucción, sin formación, sin anuncio, sin el testimonio de vida de quien anuncia (catequista). Puede faltar el catecismo (libro), pero que nunca falte el catequista. Lo que celebramos en los Sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, es aquello que nos fue anunciado y que recibimos por la instrucción (catequesis). ¡De ahí su primordial importancia!
Durante décadas hemos apostado mucho por los catecismos (libros); hemos apostado mucho por la formación técnica de los catequistas. Muy bien. Era necesario. El resultado no ha sido entusiasmante. Entonces, ¿qué falta? ¡La dimensión espiritual del catequista! Hombres y mujeres de fe. Afortunadamente, hay muchos a quienes la Iglesia debe mucho. Pero es necesario que lo sean todos: hombres y mujeres de fe, de vida espiritual profunda, que sean capaces de comunicar de viva voz, y de decir como el autor de la Primera Carta de San Juan: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos contemplado… eso os anunciamos” (cf. 1Jn 1, 1.3).
P. José Alves, CM
—-
(1) Catequesis (del latín tardío catechesis, a su vez del griego κατήχησις, también derivado del verbo κατηχέω, que significa “instruir de viva voz”) es la instrucción.















0 comentarios