Jesús señala el camino estrecho y la puerta angosta por donde deben transitar quienes deciden seguirle.
«Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos son los que lo encuentran» (Mt 7,13-14).
Seguir a Jesús implica dejar de lado otras posibilidades, como ocurre en cualquier viaje. Sí, algunos caminos y buenas opciones se cierran, pero otros se abren. Los discípulos siguen a Jesús con una visión clara, con unidad de mente y de propósito. Nos limitamos en ciertos aspectos para poder abrirnos a lo que verdaderamente importa. Buscamos el camino definido y la puerta segura.
Varios valores resaltan la importancia de este sendero más estrecho. La atención requiere concentración: enfocarse y no deambular sin rumbo. La decisión es selectiva: elegir significa optar por algo concreto y singular. La fidelidad es exigente: nos vincula a una dirección precisa —una persona, una misión, un trabajo—. Jesús comprendía la libertad: no se dejó aprisionar por tradiciones o normas que oscurecían lo esencial, pero al mismo tiempo vivió con una claridad y unidad de propósito admirables. Toda persona determinada anhela la libertad, pero también reconoce que alcanzar algo valioso exige aceptar límites.
En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel no veía la ley como una carga, sino como un don de Dios que les mostraba el modo de vivir. Decían: «¿Qué nación hay tan afortunada como la nuestra? El Señor, nuestro Dios, nos ha hablado y nos ha dado la ley que nos ayuda a permanecer cerca de Él». Reconocían la ley como un regalo divino que les guiaba para seguirle y llegar a ser el mejor pueblo posible. Era su parte en la Alianza: «Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo». El Señor les había mostrado con claridad cómo vivir para pertenecerle plenamente.
Jesús, en el Sermón de la Montaña, aclara que no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. Su enseñanza nos ayuda a comprender tanto su aplicación como su finalidad.
Las bienaventuranzas no son cadenas que nos aprisionan. Son apoyos que nos mantienen en el camino estrecho y nos guían hacia la puerta angosta. No nos privan de la vida ni de las experiencias, sino que orientan nuestra mente y nuestro corazón hacia el Señor, ayudándonos a crecer en santidad personal, fortalecer a la familia y servir a nuestras comunidades.
La imagen del camino es sumamente adecuada para describir esta forma de vida, porque un camino está hecho para ser recorrido. Sabemos que el sendero que elegimos determina, en última instancia, el destino al que llegamos. Nuestro objetivo es establecer el Reino de Dios en la tierra; y el camino que recorremos está iluminado por las enseñanzas de Jesús.
Ese camino estrecho y esa puerta angosta nos ofrecen orientación a través de la Palabra de Dios —«El cielo y la tierra pasarán, pero mi Palabra no pasará»—. En ella encontramos dirección, principios y un modo de vivir que nos sostienen cuando nos sentimos confundidos o inseguros.
Busquemos, pues, el camino estrecho y entremos por la puerta angosta. Allí nos esperan la recompensa eterna y la compañía del Señor. El Evangelio nos muestra la mejor manera de avanzar hacia esa meta.













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