“Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?“
Is 66, 18-21; Sal 117; Heb 12, 5-7. 11-13; Lc 13, 22-30.
Con frecuencia los seres humanos tendemos a evadir todo aquello que implique esfuerzo, que sea difícil o que requiera de mucho trabajo. Jesús nos dice que evitemos las preguntas curiosas y nos dediquemos a caminar por esta vida por la puerta angosta. ¿A qué se refiere Jesús al hablarnos de estas puertas, la ancha y la estrecha?
La puerta ancha bien podría ser la de la vida cómoda, sin complicaciones, sin mirar la necesidad de los demás e incluso evadiendo a todos aquellos cuya apariencia sea desagradable por no “estar a la altura” de nuestras aspiraciones y gustos.
La puerta angosta es la de la renuncia al mal, a todo aquello que nos aleja de Dios y de los demás. Es dejar la indiferencia, la apatía, los miedos y estar al lado de quien nos necesita. Es estar cerca de un enfermo o del anciano que requiere de nuestra paciencia y acompañamiento, es donar nuestro tiempo y recursos para colaborar en el mantenimiento de una casa para ancianos o enfermos abandonados.
Señor Jesús, quita de nosotros toda indiferencia y apatía ante las necesidades de los pobres. Que seamos creativos e inventivos para ayudar a quien nos necesite.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Laura Ríos, Comedor Vicentino








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