El pasado viernes, 8 de agosto, el P. Pablo R. Romero, de la Congregación de la Misión, ofreció en el Auditorio del Centro de Animación Vicentina (CAVI), en Surquillo (Perú), una profunda y conmovedora charla titulada «San Vicente de Paúl y los enfermos».
A lo largo de su intervención, el padre Pablo nos invitó a contemplar a san Vicente en una de las dimensiones menos conocidas pero más entrañables de su misión: su cercanía a los enfermos, especialmente a aquellos que vivían en condiciones de extrema pobreza y abandono. Con un recorrido histórico que nos situó en el contexto sanitario del siglo XVII, explicó cómo la precariedad, el hambre, las epidemias y la falta de recursos marcaban la vida de miles de personas, y cómo san Vicente, con visión evangélica y corazón compasivo, supo responder a esa realidad con creatividad y ternura.
El padre Pablo destacó que, para el santo, el cuidado del cuerpo y del alma eran inseparables: la atención médica y material abría siempre la puerta a la reconciliación, la paz interior y el encuentro con Dios. San Vicente veía en cada enfermo el rostro mismo de Cristo sufriente y enseñaba a servirles con humildad, competencia y cariño, tanto en hospitales como en sus propios hogares.
Esta visión integral de la caridad, que une salud física y salvación espiritual, sigue siendo hoy una llamada urgente para la Familia Vicenciana: ver, acoger y servir a Cristo en los que sufren.
A continuación ofrecemos el texto de la charla y, al final del mismo, un enlace donde ver la exposición en video.
San Vicente de Paúl y los enfermos
Buenas noches. Bienvenidos y bienvenidas a esta jornada de espiritualidad. Siguiendo la línea de reflexionar sobre los distintos tipos de misión que ejerció san Vicente de Paúl, en esta oportunidad vamos a centrarnos en su trabajo con los enfermos. Conocemos a san Vicente como el evangelizador de los pobres, pero dentro de la categoría de “pobres” de su época podemos incluir a muchos tipos de personas. Una gran parte de los pobres que san Vicente atendió eran enfermos.
Entre los que vivían en condiciones más precarias, además de quienes no tenían para comer —los literalmente pobres, tema que ya hemos tratado anteriormente—, había también una gran cantidad de enfermos. Además, estaban los niños, los llamados “aleotes”… En definitiva, los enfermos eran muchos. Vamos a reflexionar sobre este tema.
Primero, recemos para comenzar: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, por este mismo Espíritu, saboreemos lo que es recto y gocemos siempre de tus divinos consuelos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Comencemos con el tema: San Vicente y los enfermos. Siempre que reflexionamos sobre una acción realizada por san Vicente, debemos situarla en su contexto. Lo mismo sucede con el tema de los enfermos. Por eso, dedicaré unos minutos a explicar cómo era el ambiente sanitario en la época de san Vicente: con qué tipo de enfermos trató y cuáles eran las causas de sus enfermedades. No hablamos de una persona de nuestro tiempo, y las condiciones sanitarias de entonces eran muy diferentes a las nuestras.
Hoy puede resultarnos difícil imaginar lo precario que era el ambiente sanitario de su tiempo. Han pasado cuatro siglos, y aunque es lógico que haya muchas diferencias, cuesta hacerse una idea. Sin embargo, mencionaremos algunos aspectos. Las condiciones higiénicas de la época provocaban numerosas muertes. Si hoy todavía las condiciones sanitarias deficientes pueden causar fallecimientos, imaginemos hace cuatrocientos años.
Era tan precario que incluso nos resulta extraño pensar que así se vivía. Empecemos por algo tan básico como la forma en que las personas habitaban y compartían el espacio. En cómo se distribuían las habitaciones podemos deducir el modo de vida de las familias, sobre todo de las más pobres.
El invierno francés es famoso por ser uno de los más crudos de Europa. No llega a las temperaturas de los países nórdicos, pero Francia está lo suficientemente alejada del Mediterráneo para que el invierno sea riguroso. En aquella época no había calefacción, o era muy rudimentaria: los ambientes se calentaban con fuego, de forma muy limitada.
La falta de calefacción no era el único problema. Las casas de los pobres jamás podían tener una habitación caliente en invierno. De ahí nació la costumbre de aislar las camas en habitaciones separadas de la cocina o el comedor, para retener un poco el calor. Todos dormían en la misma habitación y trataban de calentarse con el calor de los cuerpos.
Además, en las casas más humildes las habitaciones estaban “ventiladas” por necesidad: no había vidrio en las ventanas y el aire frío entraba libremente. Esto, al menos, evitaba el olor de una habitación cerrada y hacinada.
En cuanto a la salud, debemos hablar también de la alimentación, un factor clave. Una de las causas de muchas enfermedades era la dieta deficiente. No se comía mucha carne; los nobles y reyes la incluían en banquetes, pero para los pobres era algo excepcional.
En general, la alimentación era suficiente si el año era bueno, sin grandes problemas. Lo que se cosechaba y producía solía bastar para la población. Sin embargo, la época de san Vicente estuvo marcada por desastres climáticos. Historiadores y biógrafos señalan que se vivieron los inviernos más fríos del siglo en Francia justo en su tiempo. A esto se sumaban las guerras, con las consecuencias que siempre dejan. Todo ello provocaba escasez de alimentos.
En situaciones extremas, como relata una carta de un misionero a san Vicente, el hambre llevaba a comer tierra, hierba, corteza de árboles, e incluso partes del propio cuerpo o de otras personas. Las precarias condiciones de conservación de los alimentos y la falta de limpieza hacían que la calidad fuera muy deficiente. Los pobres apenas podían salar los alimentos para conservarlos; fuera de eso, se echaban a perder rápidamente y, aun así, había que comerlos.
Antes no se conocían las precauciones alimentarias que tenemos hoy. Los platos individuales se popularizaron recién a finales del siglo XVII. En las casas sencillas todos comían de la misma fuente; no era habitual que cada uno tuviese su plato. Los cubiertos existían, pero eran un lujo; la gente de los sectores humildes comía con la mano. Es fácil imaginar lo que esto podía provocar en caso de epidemia.
En cuanto a las bebidas, el vino o la cerveza —según la región— eran para los ricos o para días de fiesta. Los pobres bebían agua de río o de pozo, con frecuencia contaminada. Los pozos se excavaban en cualquier lugar, a veces cerca de aguas residuales o de cementerios, por lo que el agua estaba contaminada desde su origen. El Renacimiento había abandonado los acueductos romanos, y no había forma de llevar agua limpia a la ciudad. Existían baños públicos, pero fueron abandonados y, en algunos casos, se convirtieron en lugares de prácticas inmorales.
En el siglo XVII la higiene personal era escasa; no se consideraba importante. La miseria favorecía la proliferación de pulgas, piojos y sarna, y no había medios efectivos para erradicar estas plagas.
En cuanto a las enfermedades, la descripción y el diagnóstico eran imprecisos. No había criterios médicos rigurosos. Se desconocían elementos básicos como el tejido celular o la existencia de bacterias, y no se disponía de microscopios ni termómetros. El diagnóstico se basaba en métodos heredados de Hipócrates: observar el color de la piel, el pulso, la lengua, la orina o las deposiciones, algo muy subjetivo.
Las enfermedades de carencia —por falta de vitaminas o proteínas— debilitaban profundamente a las personas, incluso sin infecciones asociadas. Un sacerdote de la misión en Lorena escribió a san Vicente describiendo a más de cien personas que parecían esqueletos cubiertos de piel, con las mejillas hundidas, los dientes descubiertos y los ojos encajados.
La clasificación de enfermedades agrupaba bajo el término “fiebre” todas las infecciones, y bajo “peste” todas las epidemias. En medicina, “peste” alude a la peste bubónica, pero en la época de san Vicente podía designar cualquier epidemia, incluso una similar al COVID actual. No había medios para combatirlas, y las epidemias regresaban año tras año.
Las enfermedades mentales existían, aunque no estaban tipificadas como hoy: se hablaba de locos, lunáticos, hipocondríacos, melancólicos o epilépticos. Algunos casos se atribuían a posesiones demoníacas. También había heridos por accidentes o violencia, mutilaciones y quemaduras, a veces provocadas por guerras o castigos públicos como la “estrapada” o el descuartizamiento.
En la época de las carretas, los accidentes eran frecuentes. El propio san Vicente sufrió uno que lo dejó varios meses inmovilizado por un gran hematoma.
En la medicina de entonces no se tomaban las precauciones adecuadas, y las medidas aplicadas solían ser ineficaces. Se desconocía la transmisión de enfermedades por microbios, y se pensaba que se contagiaban por el aire. Algunos médicos creían en la influencia de las constelaciones: se atribuía la causa de una enfermedad a la posición de la luna o de ciertos planetas.
Un avance importante fue sospechar que el contagio se producía por contacto. Así comenzaron las medidas de aislamiento. La teoría médica más extendida era la de los humores: se pensaba que las secreciones del cuerpo dependían de la combinación de elementos como agua, aire, tierra y fuego. Los tratamientos buscaban “equilibrar los humores” mediante lavativas, purgantes o sangrías, a veces con sanguijuelas.
También se recomendaba “cambiar de aire” para curarse, pensando que el problema estaba en la atmósfera de cierta zona. Se practicaba la cauterización y se usaban remedios a base de minerales o polvos metálicos.
Normalmente, el enfermo permanecía en casa y era atendido por su familia, salvo que todos estuvieran enfermos. Algunas instituciones religiosas tenían permiso para salir del convento a cuidar enfermos en sus hogares; san Vicente adoptó esta práctica para las Hijas de la Caridad. En París existía el Hospital General, con unos 2.800 enfermos, pero en condiciones de hacinamiento.
San Vicente reveló a sus misioneros uno de sus secretos de caridad: “Cuando uno ha sentido en sí mismo las debilidades y las tribulaciones, es más sensible a las de los demás.” Lo decía con conocimiento de causa, pues había sufrido enfermedades y accidentes. Tenía gran resistencia física y podía recorrer largas distancias a pie o a caballo, pero desde joven padeció problemas de salud. A los 24 años fue herido con una flecha en Túnez; más tarde, una fuerte fiebre le provocó hinchazón de piernas y úlceras supurantes. Sufría accesos de fiebre de tres a quince días, agravados por sus problemas en las piernas. Hoy se sabe que padecía paludismo.
También tuvo inflamación de vejiga o próstata. A pesar de la fiebre y del insomnio, se levantaba a las cuatro de la mañana. La persona con quien más compartía sobre su salud era santa Luisa de Marillac; intercambiaban cartas hablando de sus dolencias, casi como un diario clínico.
En el último año de su vida tuvo graves dificultades para orinar, con mucho dolor, y necesitaba ayudarse de una cuerda atada a la cabecera para levantarse. No se le escuchaban quejas; sólo elevaba breves oraciones a Dios, manteniendo un estilo de vida austero y durmiendo en un simple jergón sobre una superficie dura.
En muchas cartas, san Vicente demuestra un conocimiento básico de medicina, acorde con lo que se sabía entonces. Por ejemplo, escribe a santa Luisa sobre su hijo Miguel, que había llegado con dolor de cabeza: “Le hicimos sangrar al día siguiente y guardar cama. El médico nos dijo que no había que purgarlo hasta que se le pasase el dolor, lo cual ocurrió tres días más tarde. Luego le dimos su medicina y, si se siente bien, podrá volver al colegio.”
A pesar de su implicación, mantenía una mirada crítica hacia los médicos: “Después de todo, se cree que los médicos hacen morir más enfermos de los que sanan.”
El año 1631 estuvo marcado por la peste —entonces cualquier epidemia contagiosa—. San Vicente no tenía miedo. Cuando santa Luisa temió haberse contagiado por atender a un enfermo, él le escribió que la bondad de Dios hacia quienes se entregan a la caridad era motivo para confiar en que no sufriría el mal. Sin embargo, sí hubo hermanas que murieron por contagio, como la que acogió en su cama a un enfermo de peste.
San Vicente insistía en la formación integral de las hermanas: doctrinal, relacional y médica. Consideraba que parte de la evangelización era atender a los enfermos, y para ello debían formarse también en pediatría, gerontología o en función de las necesidades del servicio. Una vez con la formación inicial, debían seguir aprendiendo junto a médicos.
Advertía, sin embargo, que esa competencia no debía llevar a sentirse superiores a otras hermanas con tareas distintas. Las Damas de la Caridad también daban de comer y curaban gratuitamente a los enfermos pobres, pero san Vicente no olvidaba a aquellos que, sin ser pobres, igualmente necesitaban atención. En sus cartas muestra ya una intuición de lo que hoy llamaríamos “protección social”: recomendaba pagar salarios y gastos médicos a criados enfermos, o visitar y consolar a las familias si el enfermo fallecía.
Para san Vicente, la misión con los enfermos no se limitaba al bienestar físico. La primera Cofradía de la Caridad, fundada en 1617, tenía como objetivo asistir corporal y espiritualmente: proporcionar alimentos y medicinas, y procurar que los enfermos murieran en paz espiritual o que, si sanaban, vivieran bien en adelante.
El gran motivo de esta misión era la reconciliación con las personas y con Dios para la salvación eterna. “El designio de Dios en vuestra fundación ha sido… contribuir con todas nuestras fuerzas al servicio de las almas para hacerlas amigas de Dios.”
San Vicente tenía claro que cualquiera podía cuidar el cuerpo —un turco o un idólatra, decía—, pero no cualquiera podía cuidar el alma. Por eso Dios había querido la fundación de la Compañía: para instruir al enfermo en lo necesario para su salvación.
En aquella época, la mayoría de los enfermos permanecía en casa y eran atendidos por su familia o vecinos, como en la historia de Châtillon. San Vicente ponía especial énfasis en este servicio a domicilio. A las Hijas de la Caridad les decía:
“No conozco ninguna compañía religiosa más útil a la Iglesia que las Hijas de la Caridad… salvo las hermanas del Hospital Mayor y las de la Plaza Real, que sirven a los enfermos en sus casas. Pero ustedes van a buscar al enfermo en su casa, asisten a los que morirían sin su ayuda porque no se atreven a pedirla. En esto obran como nuestro Señor: Él no tenía casa para acogerlos, iba de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, y curaba a todos los que encontraba.”
En los hospitales, en cambio, eran los enfermos quienes acudían. San Vicente promovía la humanización hospitalaria: si las normas lo permitían, recomendaba que las hermanas y Damas de la Caridad “mimasen” a los enfermos con buen trato y pequeños obsequios que no perjudicaran su salud, como dulces o golosinas. En muchas cartas pedía que se llevasen dulces a los hospitales; curiosamente, no lo hacía respecto a los enfermos atendidos en casa, quizá porque allí se sentían más seguros y arropados.
Las Damas de la Caridad visitaban a diario y atendían a cientos de enfermos, sirviéndoles caldos, frituras, dulces, además de alimentos y medicinas.
San Vicente se inspiraba en dos textos evangélicos: Lucas 4 y Mateo 25, donde Jesús se identifica con los pobres y enfermos: “Estuve enfermo y me visitaste.” De ahí desarrolló su visión de la sacramentalidad del pobre y del enfermo como presencia real de Cristo: “Los pobres son nuestros amos y señores; hay que obedecerles… ya que nuestro Señor está en los pobres.”
En conferencias, evocaba la pasión de Jesús, y una hermana comentó que sería bueno entrar a la habitación del enfermo viéndolo como a Cristo en la cruz, y considerar su cama como la cruz donde sufre con Él. En algunos hospitales actuales se han recogido frases similares, junto a imágenes de Cristo acompañando al médico en su trabajo.
Para san Vicente, el enfermo imitaba a Cristo sufriente, el “varón de dolores” de Isaías. Decía a los misioneros: “Nuestro Señor quiso experimentar en sí mismo todas las miserias… Tenemos un pontífice que sabe compadecer nuestras debilidades porque las ha experimentado Él mismo.”
Veía en el sufrimiento de los enfermos una imagen viva de Jesucristo, no sólo en lo físico, sino también en lo espiritual. El servicio al enfermo debía ir siempre acompañado de una preocupación por su salvación eterna. No bastaba con aliviar el dolor o curar el cuerpo; era necesario reconciliarlo con Dios, devolverle la paz del alma y la esperanza.
En su pensamiento, la atención corporal y la espiritual eran inseparables. El cuidado del cuerpo —medicinas, alimentos, asistencia— era puerta para llegar al alma con consuelo, reconciliación y fe. Quien atendía a un enfermo debía recordar que estaba en presencia del mismo Cristo y tratarlo con esa conciencia.
Esta visión trascendía cualquier condición social o económica: no importaba si el enfermo era pobre o acomodado; lo esencial era que era un hijo de Dios que sufría. Por eso insistía en que debía atenderse con la misma caridad y dignidad a todos, con el objetivo último de que, sanando o muriendo, encontraran la paz con Dios.
Así, la misión vicenciana con los enfermos se convertía en un acto profundamente evangelizador, prolongación de la misma misión de Jesús, que curaba no sólo para devolver salud física, sino como signo de la irrupción del Reino de Dios en la vida de las personas. La curación exterior era signo visible de una sanación interior: el mal y el pecado quedaban vencidos, y el amor de Dios tomaba posesión del corazón.
En resumen, para san Vicente el cuidado del enfermo era una tarea santa, una obra de misericordia integral que unía cuerpo y alma, una misión que debía ejercerse con humildad, ternura y competencia, siempre con la certeza de que, en el rostro del que sufre, se mira el rostro mismo de Cristo.









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