Ministerio penitenciario en Perú: Un camino de fe y compasión
En las cárceles de Ayacucho, Perú, la hermana Julia Huiman Ipanaqúe, miembro de las Hermanas de la Caridad de Leavenworth, ha dedicado décadas de su vida a servir a quienes están tras las rejas, llevando luz a lugares que a menudo son olvidados por la sociedad.
Llamada por el Evangelio
El camino de la hermana Julia en el ministerio penitenciario comenzó hace casi treinta años, enraizado en su fe y en el llamado bíblico al servicio.
«Creo que lo que me llevó a trabajar en las cárceles es vivir el Evangelio: ‘Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’», explica, citando Mateo 25,35-36.
Su labor comenzó alrededor de 1992, cuando aún se encontraba en las primeras etapas de su incorporación a las Hermanas de la Caridad de Leavenworth. Empezó acompañando a las hermanas en talleres bíblicos y en las chocolatadas que organizaban desde la parroquia de Santa Rosa hasta la cárcel de Piura. Las “chocolatadas” son reuniones festivas con chocolate caliente, una tradición navideña peruana.
Hoy, su ministerio abarca una cárcel de hombres en Huamanga y una de mujeres en Huanta.
Un ministerio de presencia
¿Cómo es un día típico para sor Julia? Su jornada comienza temprano, entrando a la prisión a las 9:00 a.m. junto al sacerdote, el padre David, y dos agentes de pastoral. Tras pasar los controles de seguridad, llegan a la capilla entre las 9:30 y las 9:45.
«Empezamos limpiando la capilla y preparando todo para la celebración de la misa, mientras los internos van saliendo de sus pabellones para asistir», comparte. Durante la mañana, se celebran servicios de reconciliación dirigidos por el padre David, el capellán, mientras la hermana Julia y los demás preparan la eucaristía.
La misa se convierte en una celebración comunitaria, con procesión de entrada y participación activa: lectores, coro y procesión de ofrendas. Tras la misa, los internos regresan a sus pabellones sobre el mediodía, mientras el equipo pastoral se queda para el almuerzo y luego continúa con los servicios por la tarde, esta vez con las internas, finalizando su jornada hacia las 17:00.
Recientemente, han tenido que adaptarse a cambios importantes. «A finales de noviembre, trasladaron a las mujeres de Huamanga a la prisión de Huanta, que está a una hora de distancia —explica la hermana Julia—. Así que actualmente las visitamos y celebramos la misa con ellas los sábados por la tarde en Huanta, y con los hombres los domingos por la mañana en Huamanga».
Desafíos y esperanzas
Cuando se le pregunta por los retos que enfrentan los internos, sor Julia no duda en nombrarlos: «Corrupción, hacinamiento, falta de atención médica y de medicinas necesarias». Pero tal vez lo más devastador es «el abandono por parte de algunos familiares cercanos».
Para enfrentar esta realidad, ella y sus compañeros están trabajando en «la creación del Albergue San Vicente de Paúl, que, gracias a Dios y a la generosidad de muchas personas, pronto estará en funcionamiento». Este espacio ofrecerá «talleres con apoyo psicológico para fortalecer el vínculo con la familia, asesoría legal y atención pediátrica para los hijos de los internos, entre otros servicios».
Transformaciones tras las rejas
Los cambios que presencia son, para la hermana Julia, de los aspectos más conmovedores de su misión. Comparte el caso de un interno que había sufrido desde su infancia, que había pasado por un centro de rehabilitación y varias cárceles antes de llegar a Yanamilla-Huamanga.
«Cuando llegó a la prisión, no quería saber nada de la fe —recuerda—. Poco a poco empezó a participar los domingos y en las actividades pastorales, y aunque ha tenido muchas dificultades en la cárcel, hoy es el coordinador de su pabellón para animar a otros a participar». Ahora muestra «tranquilidad y esperanza en salir libre», y afirma con convicción: «De ninguna manera volveré a prisión».
Otro testimonio es el de «una interna extranjera» que llegó a comienzos de 2022 en un estado emocional terrible, sin poder dejar de llorar. Gracias al acompañamiento personal, esta mujer encontró la paz. «En octubre de 2024 recibió el sacramento de la Confirmación y actualmente participa con mucha fidelidad en la misa y en las actividades pastorales, agradecida por nuestro trabajo».
La Fe como fundamento
El enfoque de sor Julia incluye «talleres de formación espiritual, preparación adecuada para los sacramentos, acompañamiento espiritual personal —cuando lo solicitan a mí o al sacerdote—, escuelas del perdón y la reconciliación, y talleres emocionales con profesionales en psicología».
Considera que su labor está profundamente conectada con su carisma religioso: «El ministerio penitenciario es un ministerio muy vicenciano, porque va al encuentro de los más pobres y olvidados por nuestra sociedad y nuestras autoridades, reconociendo la presencia de Dios en ellos, sin importar el delito cometido».
Para ella, la fe es el motor de la transformación: «Creo que si participan voluntariamente en nuestras actividades y celebraciones, es porque los mueve la fe en nuestro Señor Jesús, que les impulsa a esperar algo distinto y mejor en su proceso de conversión».
Crecimiento Personal a Través del Servicio
Este ministerio también ha transformado a sor Julia. Ha aprendido «a escuchar y comprender con compasión y empatía, desde el corazón, la situación, la experiencia y la historia de cada uno y cada una, sin juzgar, para poder acompañar con una mirada limpia, sin prejuicios, que es lo que el Señor me invita a hacer: reconocerlo en cada hermano y hermana».
Apoyo a la reinserción
La hermana Julia concluye resaltando la importancia del ministerio penitenciario: «Es importante y muy valioso, no solo para las personas privadas de libertad, sino para toda nuestra comunidad, porque si ayudamos en este proceso de cambio y reinserción en la sociedad, tendremos menos personas en las cárceles, menos violencia en nuestras calles y contribuiremos a tener más ciudadanos que aporten al desarrollo de nuestro país».
Desde su mirada de fe, nos recuerda que los internos «son nuestros hermanos y hermanas, con una falta menor o mayor, pero siguen siendo hijos e hijas de Dios, creados a su imagen y semejanza».
Fuente: Página web de las Hermanas de la Caridad de Leavenworth.
















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