San Vicente de Paúl y la liturgia

por | Ago 3, 2025 | Formación, Jubileo 400 aniversario | 0 Comentarios

Para san Vicente de Paúl, la Eucaristía es el centro de toda la acción litúrgica y compendia, por así decirlo, todos los misterios de nuestra salvación. Después de proponer los «inefables misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación» como centro de toda nuestra devoción, añade: “para venerar perfectamente estos misterios, no puede darse medio más excelente que el debido culto y el buen uso de la Sagrada Eucaristía, ya la consideremos como sacramento, ya como sacrificio, teniendo en cuenta que contiene en sí como un compendio de los demás misterios de la fe, y que por sí misma santifica y finalmente glorifica las almas de los que celebran como es debido y de los que comulgan dignamente, y de esta manera se da mucha gloria a Dios trino y uno y al Verbo encarnado» (SVP ES X, 507-508).

Para intentar comprender esta preocupación de Vicente de Paúl, es necesario recordar la situación caótica en que se encontraba la liturgia en Francia en los primeros años de su vida sacerdotal. Por razones políticas, los decretos del Concilio de Trento, cincuenta años después de su conclusión, aún no habían sido publicados en Francia con fuerza de ley. Esto solo ocurrió en 1615, con la publicación de la “Pragmática Sanción” de Luis XIII. En una conferencia a sus cohermanos sobre la necesidad de cierta uniformidad en la manera de predicar y ejercer el ministerio, para no crear confusión ni desorientación en los fieles, recuerda los disparates en la celebración de la Eucaristía: «Si hubierais visto, no digo ya la fealdad, sino la diversidad de las ceremonias de la misa hace cuarenta años, os hubiera dado vergüenza; creo que no había en el mundo nada tan feo como las diversas formas con que se celebraba; unos empezaban la misa por el Pater noster, otros tomaban en el brazo la casulla y decían el Introito, para ponérsela luego. Estaba una vez en Saint-Germain-en-Laye y me fijé en siete u ocho sacerdotes, que decían cada uno la misa a su manera; uno hacía unas ceremonias, y otros otras; era una variedad digna de lástima. Bien, ¡bendito sea Dios! que ha querido poner remedio poco a poco a este gran desorden! Es cierto que todavía no se ha quitado del todo y que todavía se advierte mucha diferencia en la celebración de los sagrados misterios. ¡Cuántos sacerdotes quedan todavía que no se instruyen o no quieren seguir esa uniformidad que señalan las rúbricas!» (SVP ES XI-4, 550).

La gran preocupación del padre Vicente era evitar la confusión en las personas. Se vivían tiempos de ruptura, a veces muy agresiva. Era necesario crear cierta uniformidad para que la comunidad católica se diferenciase claramente de otras confesiones cristianas. Es interesante notar que él, implícitamente, alude a los debates del Concilio de Trento cuando dice: «Aunque al comienzo algunos criticaron que se celebrase en un lenguaje ininteligible, sin embargo, para conservarse en el mismo espíritu, después de haberlo pesado todo y medido esta dificultad con los inconvenientes que se seguirían si cada país tuviese en su propia lengua la santa misa, quiso que todos fuesen unánimes y uniformes en todas esas cosas. Quiso que todas las naciones se acomodasen a los usos que había establecido, a pesar de las quejas que se levantaron. ¿Y por qué? Porque, aparte del hecho de que Dios se ve honrado por esta práctica universal, con esta uniformidad se evitan notables abusos» (SVP ES XI-4, 550).

Es interesante destacar que el principio que estuvo en el origen de la revisión del Misal Romano, aprobado por san Pío V, es el mismo principio que presidió la revisión del Misal Romano tras el Concilio Vaticano II, publicado por san Pablo VI, y que se expresa claramente en la constitución apostólica Missale Romanum: «No se debe pensar, sin embargo, que esta revisión del Misal Romano sea algo improvisado, ya que los progresos realizados por la ciencia litúrgica en los últimos cuatro siglos le han preparado el camino. Después del Concilio de Trento, el estudio de los ‘antiguos códices de la Biblioteca Vaticana y de otros, reunidos de distintas procedencias’ —como asegura la Constitución Apostólica Quo primum, de Nuestro Predecesor san Pío V— sirvió no poco para la revisión del Misal Romano. Pero, desde entonces, han sido descubiertas y publicadas antiquísimas fuentes litúrgicas» (Pablo VI, Constitución Apostólica “Missale Romanum”, 3 de abril de 1969).

Los instrumentos de investigación histórica y arqueológica actuales ofrecen a nuestro conocimiento elementos que no estaban al alcance de los investigadores del siglo XVI.

Pero esto no era lo que preocupaba al padre Vicente; él no adopta una postura de principio, sino una postura pastoral. Reconoce que hubo debate; que ese debate era razonable, pero que, dadas las circunstancias del momento, parecía pastoralmente más aconsejable optar por la uniformidad, sin poner en cuestión tradiciones diferentes legítimamente constituidas, como son los ritos ambrosiano, bracarense, mozárabe o dominico.

Para san Vicente de Paúl, es importante no crear confusión en la mente de las personas ni en las comunidades católicas, ya de por sí enfrentadas a muchas fuerzas divisorias. Las comunidades luteranas y calvinistas habían creado sus liturgias en lengua vernácula. Era importante que, en los diversos países de Europa y en las nuevas tierras donde se desarrollaba la actividad misionera, hubiera uniformidad, y que no se confundiesen con las nuevas comunidades cristianas en ruptura con la Iglesia católica.

Con vistas al crecimiento espiritual del pueblo cristiano, san Vicente de Paúl sentía urgencia en el corazón, rapidez en la acción y claridad en las palabras.

P. José Alves, CM

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