La Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl nos recuerda que debemos servir “sólo por amor”. [Regla, Parte I, 2.2] Sin embargo, en nuestra vida conocemos distintos tipos de amor; el amor que sentimos por los cónyuges, los hijos, el prójimo o los amigos no es el mismo. El lenguaje de las Escrituras, el griego, incluso contiene diferentes palabras para los distintos tipos de amor, y nuestra cultura popular ofrece aún más variaciones y matices, como el llamado «amor duro», o «mano dura». Entonces, ¿con qué clase de amor estamos llamados a servir?
San Vicente de Paúl enseñaba que existían dos tipos de amor: el afectivo y el efectivo. El amor afectivo, explicaba, es “una complacencia y cariño que se tiene por la cosa que se ama, como el padre a su hijo … el amor efectivo consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea” [SVP ES XI-4, 736]. Su concepción se basaba en su amigo y mentor San Francisco de Sales, quien explicaba en su Tratado del Amor de Dios que “el uno nos hace complacernos en Dios, el otro nos hace agradar a Dios: por uno concebimos, por el otro damos a luz” [Tratado, Libro 6, Capítulo 1].
Ambos santos, sin embargo, describían en realidad un solo amor: el amor de Dios, que, a juicio de nuestro patrón, puede expresarse en sentimientos, pero se manifiesta en acciones; hemos de “demostrar a Dios con obras que lo amamos. Totum opus nostrum in operatione consistit [Todo nuestro trabajo consiste en la acción]” [SVP ES XI-4, 734]. Nuestro servicio al prójimo, así, es una expresión, una señal, de nuestro amor a Dios; es el efecto de ese amor, el amor que el Salvador nos da, y el amor por el cual sabrán que somos cristianos. No se necesita ningún calificativo para el amor de Dios, ni se puede poner condición alguna a las obras mediante las cuales expresamos Su amor. Nuestra virtud vicentina es la dulzura, no la dureza.
Todos nos encontramos con prójimos que, en ocasiones, parecen ser los causantes de sus propios problemas; sin embargo, como nos recuerda nuestro Manual, “los miembros no deben adoptar nunca la actitud de que el dinero es suyo, o de que los beneficiarios tienen que demostrar que lo merecen … Los miembros deben recordar que, en general, tratan con personas y familias que pueden estar desesperadas, que a menudo tienen historias disfuncionales, y … una multitud de problemas les agobian. Estas son precisamente las personas a las que la Sociedad está llamada a servir, llevándoles apoyo y esperanza” [Manual, 23]. En su ensayo Los Pobres No Merecedores, el obispo Untener explicaba que “Son aquellos a los que ya se ha ayudado antes, y no sirvió de nada… Son los que parecen aprovecharse del sistema o de otras personas. Ayúdalos de todas formas” [SiH, Mod IV].
Por supuesto, siempre procuramos animar al prójimo a encontrar un camino hacia la autosuficiencia, procurando siempre “asegurarnos de no hacer que nuestra ayuda dependa de que sigan realmente nuestros consejos” [Conf Pres, 35]. Ni nuestra ayuda ni nuestro amor pueden ser nunca condicionales, y con frecuencia nuestros consejos serán erróneos. Después de todo, la gracia de Dios es “el auxilio gratuito que Dios nos da” [Catecismo de la Iglesia Católica, 1996]. ¿Quiénes somos nosotros para reservarnos Su gracia inmerecida y Su amor incondicional?
Contemplar
¿Impongo a veces condiciones a la asistencia que le brindo al prójimo?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.













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