Desde un punto de vista vicenciano: Ser un transeúnte

por Pat Griffin, CM | Ago 2, 2025 | Patrick J. Griffin, Reflexiones | 0 comentarios

Cuando leemos una de las parábolas más poderosas del Evangelio de Lucas, la del Buen Samaritano, podemos identificar cinco personajes en la historia: los bandidos, la víctima, los que pasaban por allí, el samaritano y el posadero. Evidentemente, solemos centrar nuestra atención en el samaritano, pero en distintos momentos me he preguntado qué nos enseñan el escenario y los otros personajes. Me pregunto, por ejemplo: ¿a qué grupo religioso pertenecía la víctima, samaritano o judío? ¿En qué dirección se dirigían los transeúntes —el sacerdote y el levita—, hacia Jerusalén o desde Jerusalén? ¿Por qué hay dos transeúntes que actúan del mismo modo? ¿Tiene algún significado su rango religioso? También me intriga el itinerario del samaritano: ¿hacia dónde iba? ¿Con cuánta disposición atendió el posadero a la víctima? ¿Hasta qué punto confió en el samaritano? ¿Cuál era la religión del posadero? La verdad es que creo que considerar estos elementos puede abrir nuevas vías de reflexión. Sin embargo, hasta donde puedo ver, la historia no proporciona más información. Tal vez Jesús pretendía que esa falta de detalles diera mayor profundidad y aplicación a la parábola.

Permítanme centrarme en un solo aspecto y preguntarme qué aporta a la enseñanza de la parábola: los transeúntes. Me pregunto si su actuación está relacionada con la respuesta que el “doctor de la Ley” da a Jesús sobre el mandamiento principal:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27).

Ahí están los dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. ¿Dónde encajan estas instrucciones dentro de la parábola? Podríamos preguntarnos si la víctima era samaritano o judío, lo cual podría haber influido en la decisión de los transeúntes (del mismo modo que podría haber influido en la forma en que el samaritano analiza la situación). En cualquier caso, la víctima está sangrando. Supongamos que los transeúntes se dirigían a Jerusalén para el culto. Tocar a un samaritano, un cadáver o entrar en contacto con sangre los habría hecho ritualmente impuros, lo cual les impediría participar en los servicios litúrgicos durante un tiempo. Tal vez, el temor a la impureza y a la consiguiente exclusión del culto en la Ciudad Santa les hizo plantearse: ¿debo actuar por amor a Dios o por amor al prójimo en esta situación? Quizá, al no poder cumplir ambos mandamientos a la vez, concluyeron que “el amor a Dios” era prioritario, y por eso pasaron de largo ante la víctima.

No pretendo frivolizar con esta historia central del Evangelio. Simplemente creo que, si nos permitimos reflexionar desde distintas perspectivas, podemos encontrar aún más motivos para pensar. Podemos descubrir con más profundidad cómo los dos grandes mandamientos que enmarcan el relato se integran en su interpretación. Podemos también plantear otras preguntas. Eso puede ampliar las lecciones que nos ofrece esta parábola.

Como vicencianos, en esta reflexión actual, quizá podamos escuchar en la parábola del Buen Samaritano una aplicación de una enseñanza esencial: “dejar a Dios por Dios”.

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