El 2 de agosto celebramos la fiesta del beato Ceferino Giménez Malla

por .famvin | Ago 1, 2025 | Formación, Santoral de la Familia Vicenciana | 0 comentarios

Ceferino Giménez Malla, conocido cariñosamente como el Pelé, fue un laico español de etnia gitana cuya vida humilde y profundamente cristiana culminó en el testimonio supremo del martirio. En 1997, se convirtió en la primera persona gitana beatificada por la Iglesia católica, en reconocimiento a su fe inquebrantable, su caridad desinteresada y su valiente muerte al estallar la Guerra Civil Española.

I. Contexto histórico: España y la Guerra Civil Española (1936–1939)

Para comprender el significado del martirio de Ceferino, es necesario conocer la situación social e histórica de la España de principios del siglo XX. Un país marcado por fuertes divisiones políticas y un creciente anticlericalismo, atravesaba un período de gran agitación. La proclamación de la Segunda República en 1931 trajo reformas laicistas que provocaron fuertes tensiones con sectores católicos tradicionales.

A mediados de julio de 1936, una sublevación militar contra el gobierno electo desencadenó una violenta guerra civil que acabaría envolviendo a todo el país. Lo que comenzó como un intento de golpe de Estado se transformó rápidamente en un conflicto de gran escala, alimentado por profundas divisiones ideológicas y tensiones sociales acumuladas durante años.

La guerra enfrentó a fuerzas conservadoras, tradicionalistas y autoritarias con una coalición de sectores progresistas, liberales y revolucionarios. Ambas partes estaban impulsadas por visiones opuestas sobre el futuro del país, y recurrieron a medidas extremas en nombre de sus respectivas causas. Lo que se desarrolló no fue solo una lucha política y militar, sino también un período marcado por la persecución, la represión y la violencia generalizadas.

En las zonas controladas por el gobierno republicano, grupos radicalizados —a menudo actuando sin control central— emprendieron campañas agresivas contra instituciones religiosas, vistas como símbolos de privilegio y opresión. Numerosos lugares de culto fueron saqueados o destruidos, se prohibieron prácticas religiosas y miles de miembros de comunidades religiosas fueron arrestados o asesinados. Esta ola de violencia ha sido reconocida como uno de los episodios más severos de persecución religiosa en la Europa moderna.

Al mismo tiempo, el bando contrario llevó a cabo su propia campaña de terror y represión en los territorios bajo su dominio. Personas vinculadas a movimientos reformistas, organizaciones obreras o ideales democráticos fueron encarceladas, ejecutadas o forzadas al exilio. El objetivo era eliminar cualquier forma de oposición política e imponer un orden social y cultural estricto, basado en la tradición y en la autoridad centralizada.

La población civil sufrió enormemente en ambos bandos. Detenciones arbitrarias, ejecuciones sumarias y actos de venganza fueron tristemente frecuentes. Las familias se vieron divididas y comunidades enteras vivieron bajo la amenaza constante de la violencia. El conflicto atrajo además la atención e intervención de potencias extranjeras, que apoyaron a distintas facciones, lo que agravó aún más la brutalidad y complejidad de la guerra.

La guerra civil concluyó a comienzos de 1939 con la victoria de las fuerzas sublevadas. Sin embargo, la paz no trajo consigo reconciliación. En su lugar, se instauró un régimen autoritario que duraría varias décadas, caracterizado por la represión política, la censura y la supresión de las culturas regionales y de toda voz disidente. Esta dictadura se mantuvo desde 1939 hasta 1975, dejando una huella profunda en la evolución política y social del país. Solo muchos años después, tras la muerte del líder del régimen, comenzó una transición gradual hacia la democracia.

Este contexto es clave para entender la muerte de Ceferino. Él no era un agitador político ni pertenecía a ninguna milicia. Era un laico pobre, un gitano creyente, arrestado y ejecutado simplemente por defender a un sacerdote y llevar un rosario en el bolsillo. Su martirio no fue un caso aislado, sino parte de una ola de testigos que prefirieron morir antes que renegar de su fe.

II. Orígenes: Una vida gitana en Barbastro

Ceferino nació probablemente el 24 de agosto de 1861, en Benavent de Segrià, en la provincia de Lleida, en el seno de una familia gitana pobre. Como muchos de su pueblo creció en los márgenes de la sociedad, sufriendo discriminación y continuas sospechas. Los gitanos en España, conocidos también como calé, soportaban una larga historia de persecución legal y social.

Desde joven trabajó junto a su padre, en el comercio de animales, un oficio común entre las familias gitanas.

Hacia 1880, el padre de Ceferino abandonó a la familia, lo que los llevó a mudarse a Barbastro, en la provincia de Huesca. Allí, su tío le enseñó el oficio de tejer cestas de mimbre. Cuando Ceferino tenía alrededor de veinte años, se casó con Teresa Jiménez Castro en una ceremonia tradicional del pueblo gitano. Su matrimonio fue feliz y duró cuarenta años. Aunque no tuvieron hijos propios, cuidaron de los hermanos menores de Ceferino y, en 1909, adoptaron a Pepita, una sobrina huérfana de Teresa. En 1912, Ceferino y Teresa regularizaron su unión con una boda católica y compraron una casa en Barbastro, en la provincia de Huesca. Teresa falleció en 1922.

Aunque nunca fue a la escuela y probablemente fue analfabeto, Ceferino poseía la sabiduría del corazón. Era justo en los negocios, generoso con los necesitados, y fiel en la oración. Pertenecía a la Sociedad de San Vicente de Paúl y a la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, y también se unió a la Orden Franciscana Seglar, participando activamente en la vida de la Iglesia.

Su existencia fue una santidad silenciosa, no marcada por milagros ni discursos, sino por la fidelidad diaria de un hombre que encontraba a Dios en lo cotidiano: en el mercado, en su casa, en la parroquia, y en las calles de su barrio.

III. Una espiritualidad del corazón: Fe hecha vida

La espiritualidad de Ceferino era profundamente encarnada. No hablaba con grandes términos teológicos, ni escribía libros ni daba conferencias. Su fe se expresaba en la acción: en la compasión, la oración y la lealtad inquebrantable a Cristo y a la Iglesia.

Tenía una devoción mariana muy tierna. Rezaba el rosario cada noche, y desde que murió su esposa, sostenía entre sus manos una trenza de su cabello mientras rezaba, como símbolo de amor y fidelidad. Llamaba a la Virgen Majarí Calí, la “Virgen Negra” venerada en la tradición gitana. No era para él una reina lejana, sino una madre cercana.

Su amor a la Eucaristía era igual de profundo. Asistía a misa diaria siempre que podía, adoraba al Santísimo y vivía con intensidad la liturgia. Los miembros de la Adoración Nocturna recuerdan cómo se emocionaba hasta las lágrimas, especialmente al cantar himnos tradicionales como «Cantemos al amor de los amores». Su fe conmovía el corazón y ablandaba el alma.

Su caridad no se limitaba a la iglesia. Solía intervenir como mediador en conflictos vecinales y prestaba ayuda sin dudar cuando se enteraba de alguna necesidad. En una ocasión recogió a un hombre enfermo de tuberculosis que se había desplomado en la plaza, mientras todos huían por miedo al contagio.

Ese gesto resume su espiritualidad: su oración no era palabra vacía, sino vida concreta. Su rosario no era adorno: era el latido de un corazón formado por Cristo.

IV. Camino al martirio: arresto y ejecución

El verano de 1936 trajo consigo el terror para miles de creyentes en España. En Barbastro, la ciudad de Ceferino, la violencia anticlerical se intensificó rápidamente. Las iglesias fueron profanadas, los sacerdotes encarcelados y asesinados, y cualquier signo de fe cristiana se convirtió en un peligro.

Un día, mientras caminaba por la plaza del pueblo, Ceferino vio cómo varios milicianos arrastraban a un sacerdote por la calle. Conmovido por la injusticia, intervino diciendo con serenidad, pero con firmeza:

“¡Tantos hombres para un solo sacerdote!”

Sus palabras no pasaron desapercibidas. Los milicianos lo registraron y le encontraron un rosario en el bolsillo. Ese simple objeto fue suficiente para detenerlo.

Lo llevaron a la cárcel, donde compartió celda con otros cristianos. Allí siguió rezando y animando a los demás. Su sobrina adoptiva, Pepita, fue a visitarlo y le rogó que dejara de rezar, temiendo por su vida.

Pero Ceferino se negó, y respondió con paz:

“Podrán matarme el cuerpo, pero el alma no me la quitarán. Nunca dejaré de rezar.”

La madrugada del 2 de agosto de 1936, Ceferino fue fusilado en el cementerio de Barbastro. Murió con el rosario en la mano, invocando el nombre de Jesús y de María, y perdonando a sus verdugos. Tenía 75 años.

Su muerte, al igual que su vida, estuvo marcada por la paz, la fidelidad y una libertad interior: un último acto de amor ofrecido en unión con Cristo sufriente.

V. El mártir del rosario: por qué la Iglesia lo honra

La Iglesia honra a los mártires no por haber sido víctimas, sino porque son testigos que eligieron a Cristo antes que su propia vida. La muerte de Ceferino no fue fortuita. Fue el fruto maduro de una vida de fe coronada con el testimonio supremo: morir in odium fidei, por odio a la fe.

Lo que hace especial su martirio es su pureza: no murió por política, ni por ideología, ni por activismo. No era una persona famosa. Murió por rezar el rosario. Murió por no guardar silencio ante la injusticia que se cometía ante sus ojos. Murió como discípulo de Cristo, fiel hasta el final.

El papa san Juan Pablo II lo beatificó el 4 de mayo de 1997, en la plaza de San Pedro. En su homilía, lo presentó como un laico de profunda fe, hombre de oración y testigo del amor de Dios en tiempos de persecución. Fue un momento histórico: por primera vez, un gitano era elevado a los altares.

Su beatificación fue una señal de reconciliación y dignidad para todo el pueblo romaní. Durante siglos considerados como forasteros, la elevación de Ceferino a los altares reafirmó su lugar en el corazón de la Iglesia.

Hoy en día, Ceferino es conocido como el Mártir del Rosario. Su historia se comparte en iglesias, escuelas y comunidades de toda España y más allá. Su ejemplo sigue inspirando a los fieles a vivir con valentía, amar generosamente y confiar incondicionalmente en Dios.

VI. Virtudes cristianas y vicencianas: una vida de servicio y fidelidad

Ceferino Giménez Malla encarnó las virtudes cristianas de una forma auténtica y sencillamente cautivadora. No era teólogo ni líder público. Era un laico: esposo, comerciante, vecino. Y, sin embargo, a través de esos roles ordinarios, vivió una fidelidad extraordinaria al Evangelio. Su vida reflejaba el espíritu de las Bienaventuranzas: era pobre de espíritu, humilde, misericordioso y puro de corazón.

Su implicación con la Sociedad de San Vicente de Paúl revela a un hombre profundamente atento a las necesidades de los demás. Como el beato Federico Ozanam, cofundador de la Sociedad, Ceferino veía en los pobres y los que sufrían el rostro de Cristo. Era conocido por ofrecer ayuda inmediata a las familias necesitadas —comida, refugio, ayuda económica—, muchas veces sin que nadie se lo pidiera. En su pueblo, era una presencia constante y silenciosa de caridad.

También era un hombre de reconciliación. En momentos de tensión local o disputas entre vecinos, a menudo recurrían a Ceferino como mediador. Escuchaba con paciencia, hablaba con suavidad y ayudaba a encontrar la paz. Como recordaba un testigo:

«Cuando las dos partes se daban la mano, él sonreía. Y solo entonces se marchaba, satisfecho».

Esa dulzura no era debilidad, sino fortaleza de carácter. Su paciencia en el sufrimiento, humildad en el éxito y sencillez en la vida diaria muestran la profunda libertad interior de un hombre que había confiado plenamente su vida a Dios.

Fiel al espíritu vicenciano, vivía lo que San Vicente de Paúl llamaba “amor afectivo y efectivo”: un amor que siente y un amor que actúa. No servía con compasión condescendiente, sino con verdadero afecto fraterno. No solo daba a los pobres; los acogía, los honraba y caminaba a su lado.

VII. Devoción a María y a la Eucaristía: el corazón de su espiritualidad

En el centro de la vida espiritual de Ceferino había dos pilares luminosos: su amor por la Virgen María y su devoción a la Sagrada Eucaristía.

Para Ceferino, María no era un ideal lejano, sino una presencia viva. Rezaba el Rosario cada día —a veces varias veces— y la invocaba como Majarí Calí, la “Virgen Negra” venerada en la cultura gitana. Tras la muerte de su esposa Teresa, comenzó una conmovedora costumbre: rezaba sujetando una trenza de su pelo, como si, a través de la intercesión de María, se uniera a ella en comunión con el cielo. Un gesto sencillo, profundamente personal, de fidelidad y ternura.

Llegó a decir:

«María es mi madre. Si la llevo en el corazón, nada puede separarme de su Hijo».

Su devoción a la Eucaristía era igualmente profunda. Acudía a misa diaria siempre que podía, y pertenecía a la Adoración Nocturna. Para él, la Eucaristía no era solo fuente y cumbre de la vida cristiana: era aire espiritual, alimento para el alma. Algunos feligreses recuerdan cómo, durante la Bendición con el Santísimo, a menudo se le escapaban las lágrimas, conmovido por el misterio de la presencia de Cristo en el Sacramento.

Transmitió también esta devoción a los demás, especialmente a los niños. Sus sobrinas-nietas recordaban cómo las llevaba a la iglesia, les compraba pan dulce después de misa y les enseñaba a amar el Rosario. Una de ellas dijo después:

«No sabíamos si íbamos por la misa o por el pan, pero siempre íbamos alegres, con Jesús en el corazón».

Esa fidelidad alegre —sencilla, diaria, perseverante— fue el corazón de la santidad de Ceferino. Vivía las verdades de la fe no con discursos, sino con el ejemplo. No citaba las Escrituras: las encarnaba.

VIII. Ceferino y la identidad gitana: un testigo de la dignidad

Una de las dimensiones más significativas de la vida de Ceferino Giménez Malla es cómo supo reconciliar su identidad gitana con su fe católica, no negando una en favor de la otra, sino permitiendo que ambas florecieran en armonía. En una Europa donde el pueblo gitano ha sufrido durante siglos exclusión, prejuicio y persecución, Ceferino es un recordatorio luminoso de su dignidad inherente y su riqueza espiritual.

Durante siglos, la comunidad gitana en España vivió bajo la sombra de la injusticia institucionalizada. La Pragmática de Medina del Campo de 1499 marcó el inicio de más de 500 años de leyes antigitanas. Durante ese tiempo, se prohibió a los gitanos hablar su lengua, mantener sus costumbres o residir en ciertas zonas. Uno de los episodios más brutales, la Gran Redada de 1749, buscó eliminar la cultura gitana mediante encarcelamientos masivos y separación forzada de familias.

Ceferino nació dentro de ese legado de marginación. Pero en lugar de dejarse vencer por el rencor, respondió con fe, compasión y alegría. Nunca negó sus raíces—las abrazó y las santificó. Se convirtió, en palabras de muchos dentro de su comunidad, en “un gitano de la ley”: un hombre de honor, integridad y fortaleza espiritual.

Su beatificación fue un mensaje no solo para la Iglesia, sino para el mundo: el pueblo gitano no solo tiene un lugar en la sociedad, sino también en la comunión de los santos. Como dijo un obispo español durante la celebración:

«En Ceferino, los valores del Evangelio y los valores del pueblo gitano se unen en Cristo».

Para muchos gitanos hoy, Ceferino no es solo una figura religiosa: es un reflejo de sus esperanzas más profundas. En él ven a alguien que llevó su cultura con orgullo, su sufrimiento con dignidad, y que respondió a la injusticia no con venganza, sino con amor.

IX. Semillas de santidad: los frutos de su martirio

Los primeros Padres de la Iglesia proclamaban que “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. La vida y muerte de Ceferino han dado precisamente ese fruto, tanto en su propia comunidad gitana como mucho más allá.

Desde su beatificación, Ceferino ha inspirado a innumerables católicos a vivir una fe más profunda. Su historia se ha compartido en parroquias, colegios y misiones pastorales por toda España y Europa. En especial, se ha convertido en un faro para muchos jóvenes gitanos que luchan con preguntas sobre su identidad, pertenencia y dignidad.

Un sacerdote, Jesús Cortés Perdón, también de origen gitano, habla con emoción de cómo el ejemplo de Ceferino transformó su vida:

«Nunca imaginé que mi camino se cruzaría con el del primer gitano beatificado. Pero ahora su imagen cuelga sobre mi escritorio, y su historia acompaña mi sacerdocio».

Otras personas, como Rosario Franco Soto—misionera gitana en Bélgica—destacan su impacto en la renovación espiritual:

«Ceferino no fue santo solo por haber sido mártir. Ya lo era por la manera en que vivía: sencillo, orante, generoso y fiel».

Cada año, el 4 de mayo, cientos de peregrinos—muchos de ellos gitanos—se reúnen en Barbastro para celebrar su legado. En escuelas con alta presencia de alumnado gitano, los educadores utilizan cómics e historias sobre su vida para enseñar a los niños sobre la fe, la dignidad y la esperanza. Su testimonio conmueve porque no es abstracto: habla de un hombre real que amó a Dios, soportó el sufrimiento y murió perdonando.

La Iglesia honra a los mártires como Ceferino no para quedarse en el dolor del pasado, sino para despertar la esperanza del futuro. Su vida nos recuerda que la santidad puede brotar en los lugares más inesperados—entre los pobres, los despreciados, los olvidados. Su muerte nos dice que la fe es más fuerte que el miedo, y que el amor—cuando es verdadero—lo soporta todo, incluso la muerte.

X. El camino hacia la santidad: beatificación y más allá

El camino que llevó a Ceferino Giménez Malla a los altares fue largo y, en muchos sentidos, inesperado. Aunque su martirio era bien conocido a nivel local—especialmente en Barbastro y Huesca—su reconocimiento oficial por parte de la Iglesia llegó solo décadas después, cuando España y el mundo comenzaron a mirar con más claridad la persecución religiosa del siglo XX.

Durante las décadas de 1980 y 1990, la Iglesia en España impulsó un renovado esfuerzo para documentar la vida de quienes murieron por su fe durante la Guerra Civil. Entre ellos, Ceferino destacó—no solo por su martirio, sino por la santidad silenciosa de su vida. Los testigos hablaron de su asistencia diaria a misa, su devoción al Rosario, su generosidad con los pobres y, sobre todo, su fidelidad hasta la muerte.

Tras una investigación rigurosa, la Iglesia concluyó que había muerto in odium fidei —por odio a la fe—, cumpliendo así los criterios para ser considerado mártir. Su causa avanzó y, el 4 de mayo de 1997, el Papa San Juan Pablo II lo beatificó junto con otros mártires del mismo periodo.

La beatificación no fue solo un momento de profunda alegría espiritual, sino también un gesto histórico de reconciliación e inclusión. Por primera vez, un gitano se encontraba públicamente entre los beatos de la Iglesia. Miles de gitanos de toda Europa viajaron a Roma para la ocasión. Agitaban sus banderas, cantaban himnos en su lengua y daban gracias por un hermano cuya vida reflejaba sus valores más profundos.

Desde entonces, la devoción a Ceferino no ha dejado de crecer. Se le invoca como patrón de los pobres, de los presos, de los perseguidos por su fe y del pueblo gitano. En muchas parroquias, su imagen comparte espacio con la de santos más conocidos—una imagen de humildad coronada por la gloria.

Aunque aún no ha sido canonizado, la Iglesia ya lo considera modelo de santidad. Y entre los gitanos de España y de otros países, es padre espiritual, protector y signo de que la Iglesia abraza a todos los pueblos y culturas en su llamada universal a la santidad.

XI. Un mártir para nuestro tiempo: la actualidad de Ceferino

En un mundo cada vez más marcado por el individualismo, la injusticia y la división étnica, el testimonio del beato Ceferino Giménez Malla es más necesario que nunca. No habla con grandes discursos, sino con autenticidad. No ofrece teorías: ofrece su vida.

Para el pueblo gitano, Ceferino es un recordatorio vivo de su dignidad otorgada por Dios. Su historia contrarresta siglos de exclusión y marginación. Narra una historia nueva: una historia de pertenencia, de gracia y de santidad reconocida. Representa la verdad de que el Evangelio no es patrimonio de ninguna clase ni cultura: es un don para todos, y especialmente para los pobres.

Pero su mensaje va más allá de cualquier grupo étnico. Ceferino es también un modelo para toda la Iglesia. Nos recuerda que la santidad no está reservada a teólogos o místicos. Es posible en la vida cotidiana: en el trabajo, en la familia, en la oración, y en los pequeños gestos diarios de amor. Su vida interpela a cada creyente: a ser fiel, a amar a la Iglesia, a rezar con devoción y a perdonar incluso ante la injusticia.

En un tiempo en el que las expresiones públicas de fe suelen ser recibidas con indiferencia o burla, el valor de Ceferino es una silenciosa llamada contra el miedo. No ocultó sus creencias. No traicionó su conciencia. Y cuando se le pidió, implícitamente, elegir entre Cristo y su seguridad, eligió a Cristo.

Su último testimonio sigue resonando hoy:

«Podrán matar mi cuerpo, pero no podrán quitarme el alma».

Es la voz de un verdadero discípulo. Es la voz de un mártir. Es la voz de un santo para nuestro tiempo.

XII. Un santo de las periferias, una luz para la Iglesia

La vida y la muerte del beato Ceferino Giménez Malla ofrecen a la Iglesia—y al mundo entero—un ejemplo radiante de santidad nacida en los márgenes. Era pobre, era gitano, no tenía estudios… y era fiel. Vivió en la sencillez y murió en el silencio, pero hoy la Iglesia lo honra como un faro de luz.

Su historia no es solo la de un mártir: es la del Evangelio encarnado en las periferias. Ceferino nos recuerda que Dios no elige según los criterios humanos. Él elige a los humildes, a los pequeños, a los que el mundo no ve. Y en ellos realiza grandes cosas.

El Concilio Vaticano II enseña que los santos nos muestran el rostro de Dios. En Ceferino vemos el rostro de un Dios tierno, justo, misericordioso, y presente en toda cultura y pueblo. Vemos una Iglesia verdaderamente universal—no porque sea uniforme, sino porque acoge la dignidad única de cada alma.

Para el pueblo gitano, Ceferino es un hermano glorioso y un pionero de esperanza. Para todos los cristianos, es un recordatorio de que la santidad no es una meta lejana, sino una posibilidad cotidiana. Para la Iglesia, es un don: una señal de que el Espíritu sigue suscitando testigos allí donde nadie los espera.

Su historia es una invitación: a rezar sin cesar, a amar sin condiciones, a perdonar sin rencor, a vivir con las manos abiertas y el corazón lleno de Dios.

No lo recordamos como un personaje del pasado, sino como un compañero de camino.

El último regalo de Ceferino fue su paz. Su último acto, la oración. Su legado permanente, el amor. Que su intercesión guíe a todos los que caminan en la oscuridad hacia la luz de Cristo. Y que su memoria siga inspirando en los creyentes de todo el mundo la valentía de la fe, la dignidad de los humildes y la belleza de una vida entregada a Dios.

Prayer of thanksgiving for the life and witness of Blessed Ceferino Giménez Malla

Padre del Cielo:

Te alabamos y te damos gracias
por el don del beato Ceferino Giménez Malla,
humilde servidor del Evangelio,
hombre de paz, amigo de los pobres
y fiel hijo de la Iglesia.

Gracias por la luz que trajo al mundo
con su fe sencilla, alegre y valiente.
Gracias por la fuerza de su testimonio,
por su amor profundo al rosario,
su devoción a la Eucaristía
y su confianza inquebrantable en tu misericordia.

Te damos gracias por la dignidad
que supo dar a su pueblo gitano,
al vivir como verdadero discípulo de Jesús
en medio del rechazo, la pobreza y la injusticia.
En él nos mostraste que la santidad no tiene fronteras,
y que todos los pueblos, sin distinción,
están llamados a ser santos.

Señor, te alabamos por la gracia
que llevó a Ceferino a elegir la oración en vez del miedo,
el perdón en lugar del odio,
y el amor por encima de su propia vida.
Por su intercesión,
haznos valientes en la fe,
humildes en el servicio
y fieles en nuestro camino cotidiano contigo.

Bendice a todos los que se sienten olvidados o excluidos.
Que, gracias al ejemplo de Ceferino,
descubran que son vistos, amados
y llamados a la santidad.

Te damos gracias, Señor,
por este testigo luminoso desde los márgenes de la historia,
que hoy brilla en el corazón de tu Iglesia.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Amén.


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