Contexto histórico
Los últimos años del siglo XVIII y la primera mitad del XIX fueron tiempos convulsos en Europa y, en particular, en España. Los ecos de la Revolución Francesa (1789) llegaron a los territorios españoles, provocando inestabilidad política y social. Las Guerras Napoleónicas (1803-1815) afectaron profundamente a España, culminando en la Guerra de la Independencia (1808-1814), que tuvo al país ocupado por las tropas francesas. Estos acontecimientos influyeron significativamente en el panorama religioso, social y político en el que nació Buenaventura Codina y moldearon su futura vocación.
Durante este periodo, la Iglesia católica en España se enfrentó a desafíos tales como la represión política y el declive de las instituciones religiosas tradicionales. Sin embargo, siguió siendo un baluarte de estabilidad moral y social, en el que congregaciones religiosas como la Congregación de la Misión desempeñaron un papel crucial en la educación, la caridad y la labor misionera. Fue en este marco donde Codina encontró su vocación y dedicó su vida a la misión.
Nacimiento, familia y primeros años
Buenaventura Codina y Augerolas nació en 1785 en Hostalric, un pequeño pueblo de la provincia de Girona, España. Poco se sabe de sus primeros años, pero algunas fuentes lo describen como un niño estudioso con una fuerte inclinación hacia la oración y la devoción. Su familia, profundamente arraigada en las tradiciones católicas, apoyó su educación religiosa y fomentó su vocación.
Vocación y estudios en el seminario
El camino espiritual de Codina comenzó temprano en su vida. Cursó sus primeros estudios religiosos y acabó matriculándose en la Universidad de Cervera, una destacada institución de la Cataluña de la época. Allí estudió filosofía y teología con profesores jesuitas, que le inculcaron una sólida base intelectual y un profundo compromiso con la labor misionera.
Su estancia en Cervera coincidió con la creciente influencia de la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paúl en el siglo XVII. Los misioneros paúles ponían el acento en el trabajo pastoral, la caridad y la educación, especialmente entre los pobres. Codina encontró su misión profundamente inspiradora y decidió unirse a ellos.
Ingreso en la Congregación de la Misión
En 1803, a la edad de 18 años, Codina ingresa en la Congregación de la Misión en Barcelona. Este hecho marcó el inicio de su compromiso de por vida con los ideales vicencianos. Sus años de seminario estuvieron dedicados a rigurosos estudios teológicos, ejercicios espirituales y formación práctica en el trabajo misionero.
Sin embargo, su formación se vio interrumpida por la invasión napoleónica de España en 1808. La ocupación francesa provocó una gran agitación, incluyendo el cierre de seminarios y el éxodo de comunidades religiosas. Los paúles de Barcelona se vieron obligados a abandonar su casa, y muchos de ellos, incluido Codina, buscaron refugio en Mallorca. A pesar de estos desafíos, Codina continuó sus estudios y actividades pastorales, demostrando resiliencia y dedicación inquebrantable.
«La Comunidad que quedó en Barcelona, arrojada de su propia Casa de la calle de Tallers, se había instalado en la de Matamoros, pero, no dejándola en paz ni aún allí las autoridades intrusas, se dispersó, fugándose de la ciudad cautiva la mayoría de sus componentes. Es de creer que los Seminaristas habrían sido enviados de antemano a sus casas. A Mallorca llegaron los Sres. Sobíes, Visitador, Vilera, Feu, Prat, Buenaventura Codina y Sintes, con los HH. Coadjutores Valls, Balvey y Francisco Farell» (Nicolás Pascual, «La Casa Misión de Palma de Mallorca y los Misioneros refugiados en ella», Anales Barcelona, 1939)
Durante su estancia en Mallorca, Codina se distinguió por su compromiso con la labor misionera. Dirigió retiros espirituales, predicó a las comunidades locales e incluso compuso una serie de sermones en catalán sobre los Diez Mandamientos. Su celo le llevó a manifestar su deseo de unirse a las misiones portuguesas en la India, pero el final de la guerra en 1814 reorientó su camino de vuelta a la Península Ibérica, primero a Barbastro y de allí a Badajoz, donde trabajó durante los once años siguientes.
Ministerio sacerdotal y funciones de dirección
Tras la guerra, el periplo misionero de Codina le llevó a diversas partes de España, como Aragón, Badajoz y Madrid. Sus excepcionales aptitudes para la predicación, la enseñanza y la atención pastoral le valieron importantes responsabilidades dentro de la comunidad vicenciana.
En Badajoz se le confió la formación espiritual de los sacerdotes recién ordenados y fue nombrado examinador de confesores. También fue capellán y director de las Hijas de la Caridad. Su función era supervisar los quehaceres espirituales y materiales de las hermanas, asegurándose de que su misión se mantuviera fiel al carisma vicenciano.
Fue nombrado director de las Hijas de la Caridad en España, cargo que desempeñó de 1826 a 1848. Constantemente recomendaba a las hermanas vivir en el afecto mutuo y hacia los pobres:
«No desamparéis a los pobres ni un instante ni de día ni de noche, ni en tiempo de oración, ni durante la Misa de once en los días festivos, no sea que en alguno de los momentos que se dejasen, ocurriese alguna grave necesidad. Desvelaos, finalmente, en el mejor servicio de los pobres, mirándolos a todos como a miembros de Jesucristo; ayudándoles, por tanto, corporal y espiritualmente con mesura, afabilidad, respeto y devoción, como previene la santa Regla» (José Herrera, Vida del Excelentísimo Señor Don Buenaventura Codina. Misionero de San Vicente de Paúl y Obispo de Canarias, capítulo 4).
«Por más que sean enfadosos o ingratos, jamás uséis con ellos trato áspero, sino que con una oración de madres para con ellos habéis de socorrer hasta sus más pequeñas necesidades y, con palabras dulces y llenas de amor y respeto, ganarles el corazón para así poderles llevar mejor a Dios» (Ibidem).
En 1833 fue nombrado superior de la comunidad de Paúles de Madrid. En 1844 fue nombrado Visitador de la Provincia; su liderazgo coincidió con un periodo difícil para las instituciones religiosas, ya que el gobierno liberal implementó medidas anticlericales, entre ellas la supresión de órdenes monásticas y la confiscación de propiedades eclesiásticas. Codina, sin embargo, se mantuvo firme en su misión, defendiendo los derechos de las comunidades religiosas y asegurándose de que las obras de caridad continuaran a pesar de los desafíos políticos.
Exilio y regreso a España
La defensa de las instituciones religiosas por parte de Codina acabó provocándole conflictos con el gobierno. En noviembre de 1839, en medio de una escalada de tensiones entre la Iglesia y el Estado liberal, fue exiliado a Francia. Pasó varios años en Chabous-sur-Marne, donde enseñó teología y continuó su labor pastoral. Este periodo de exilio le permitió ahondar en su conocimiento de los asuntos eclesiásticos internacionales y reforzar su compromiso con la misión vicenciana.
Tras la caída de la regencia de Baldomero Espartero en 1843, Codina pudo regresar a España. Retomó sus funciones como director de las Hijas de la Caridad y continuó ampliando la presencia vicenciana en España. Su incansable labor en el fortalecimiento de la Congregación de la Misión y en el apoyo a las instituciones caritativas no pasó desapercibida para la jerarquía eclesiástica.
«Esta segunda etapa de su misión fue muy fecunda en vocaciones y establecimientos. 1845 fue un año que el director se lo pasó dando Ejercicios Espirituales. A finales de ese año, Codina tuvo una entrevista con el Padre Etienne, Superior General de la Congregación, en San Sebastián. A partir de esta fecha, pasará los años trabajando por la Congregación y por las Hermanas, luchando contra las penurias económicas de la época y, también, de las espirituales» (Graciela García Santana, «Aproximación histórica de la religiosidad popular en el siglo XIX», revista Almogaren 58 (2016) 89-107).
Nominación al episcopado
A mediados de la década de 1840, Codina se había consolidado como uno de los sacerdotes vicencianos más influyentes de España. Su fama de pastor, su celo misionero y su capacidad de gobierno le convirtieron en un candidato ideal para el episcopado. En mayo de 1847, el Nuncio Monseñor Brunelli se fijó en él y a finales del año el Papa Pío IX le nombró Obispo de las Islas Canarias, un cargo que requería una dedicación extraordinaria debido a los retos geográficos y sociales de la región y que desempeñaría hasta su muerte.
Su nombramiento marcó el inicio de un episcopado definido por una incansable dedicación al bienestar espiritual y material de su rebaño. Al asumir su cargo, Codina se centró inmediatamente en reformar el clero, reforzar la labor pastoral y abordar las injusticias sociales en la diócesis. Sin embargo, sus esfuerzos tropezaron con la resistencia tanto de las autoridades eclesiásticas como de algunos miembros del clero, reacios al cambio.
La situación en las Islas Canarias se complicaba además por el contexto social y político de la época. El compromiso de Codina con la justicia social y su defensa de los pobres le enfrentaron a menudo con los sectores más conservadores de la Iglesia, que consideraban controvertido su enfoque progresista. Su énfasis en la atención pastoral directa, más que en la supervisión administrativa, también fue criticado por algunos que creían que un obispo debía permanecer más desvinculado del trabajo ministerial diario.
«Gran Canaria estaba pasando entonces por un trance de amargura y desolación de los más graves de su historia. Apenas acabada la horrible pesadilla del hambre, y sin que hubiera desaparecido aún del todo, viene la fiebre amarilla a sembrar de lágrimas y luto, otra vez, todos los rincones de la isla. El panorama cultural no es nada halagüeño. Y en la vida religiosa, un seminario en alarmarte decadencia, un Cabildo Catedral reducido a la mínima expresión y despreocupado de sus sagradas obligaciones, y un Clero influenciado fuertemente por las doctrinas jansenistas, fueron espinas que hicieron sangrar, ya desde el momento de su llegada, los corazones apostólicos del Obispo Codina y del Padre Claret. Más de una vez lo anotarán amargamente en sus escritos» (Federico Gutiérrez, San Antonio María Claret, Apóstol de Canarias, Ed. Coculsa. Madrid, 1969. Pág. 29)
Liderazgo durante la epidemia de cólera
La epidemia de cólera que asoló las Islas Canarias a partir de 1851 puso a prueba el celo pastoral y la misericordia de Codina de un modo inusitado. En un momento en que el miedo y el pánico hicieron que muchos abandonaran a los afligidos, Codina hizo gala de un coraje y una abnegación extraordinarios. Se negaba a abandonar a su pueblo y atendía personalmente a los enfermos, entrando a menudo en los hogares infectados para administrar los sacramentos y consolar a los moribundos. Su presencia infatigable en medio del sufrimiento se convirtió en una fuente de esperanza y tranquilidad para los fieles.
Además de su atención pastoral directa, Codina tomó medidas decisivas para coordinar los esfuerzos de socorro. Organizó a clérigos y laicos voluntarios para distribuir alimentos, medicinas y ropa a los necesitados, asegurándose de que nadie se quedara sin ayuda. También colaboró estrechamente con las autoridades locales para aplicar medidas sanitarias destinadas a contener la propagación de la enfermedad. Su liderazgo se extendió más allá de la orientación espiritual; se convirtió en una figura clave en la respuesta logística y humanitaria a la epidemia.
Se veía: «al Iltmo. Sr. Obispo recorrer los lugares más infestados, dando por sí mismo los auxilios espirituales a los moribundos, llevándoles el consuelo de su palabra y comunicándoles la fe que ardía en su corazón» (Agustín Miralles Torres, «El cólera», capítulo VIII de Historia General de las Islas Canarias, Tomo V. Ed, Edirca, Las Palmas de Gran Canaria, 1977, pág. 23)
A pesar de los riesgos para su salud, Codina nunca vaciló en su misión. Enterró personalmente a las víctimas cuando nadie más se atrevía a hacerlo, demostrando un profundo compromiso con las obras de misericordia tanto corporales como espirituales. Sus acciones durante esta crisis fortalecieron su reputación de obispo que vivía el Evangelio con hechos más que con palabras. El profundo respeto y admiración que se ganó durante este tiempo afianzaron su condición de verdadero pastor, dispuesto a dar la vida por su rebaño.
Reformas pastorales y legado
Además de su respuesta inmediata a las crisis, Codina trabajó incansablemente para aplicar reformas pastorales a largo plazo. Insistió en la importancia de una formación sacerdotal adecuada, pues creía que unos curas bien formados y espiritualmente disciplinados eran esenciales para el crecimiento y la integridad moral de la Iglesia. Con este fin, reforzó el seminario local, asegurándose de que el futuro clero recibiera una rigurosa formación teológica y pastoral.
Codina también puso gran énfasis en la catequesis, reconociendo que un laicado bien instruido era crucial para la vitalidad de la Iglesia. Alentó la creación de programas catequéticos parroquiales y promovió el uso de literatura religiosa accesible para educar a los fieles. Sus esfuerzos se extendieron a la defensa de la incorporación de la doctrina cristiana a la educación pública, con el objetivo de inculcar valores morales a la sociedad desde una edad temprana.
La justicia social fue otro de los pilares de su misión episcopal. Codina apoyó activamente iniciativas caritativas destinadas a aliviar la pobreza, establecer albergues para los sin techo y garantizar que los más vulnerables recibieran una atención adecuada. Sus cartas pastorales abordaban a menudo cuestiones de desigualdad social, instando tanto al clero como a los laicos a hacer suya la caridad cristiana como un deber fundamental.
A pesar de la resistencia que encontró, su liderazgo dejó una huella indeleble en la diócesis. Muchos lo consideraron un modelo de servicio episcopal, admirado por su humildad, dedicación y valentía ante la adversidad. Su influencia se extendió más allá de las Islas Canarias, ya que su dedicación y sus reformas fueron reconocidas por las autoridades eclesiásticas de España y Roma. En la actualidad, su visión pastoral sigue inspirando a quienes trabajan por la renovación y el enriquecimiento espiritual de la Iglesia.
Desafíos y oposición
Uno de los periodos más difíciles del ministerio de Codina fue el rechazo al que se enfrentó en 1855 por parte del P. Etienne, Superior General de la Congregación de la Misión. Su riguroso compromiso con sus deberes episcopales, su insistencia en la reforma eclesiástica y su inquebrantable atención pastoral provocaron crecientes tensiones con sus antiguos cohermanos. Consideraban su enfoque demasiado independiente y desalineado con las directrices de la Congregación, lo que finalmente condujo a su expulsión formal de la Congregación en 1855 «por haber sido ordenado obispo sin la autorización de su superior». El padre Etienne ordenó entonces a los cohermanos cortar toda comunicación con el obispo de Las Palmas.
Este rechazo afectó profundamente a Codina, ya que había entregado muchos años de su vida a la Congregación y a su obra. Sin embargo, en lugar de sucumbir a la amargura, aceptó su nueva realidad con humildad y resolución. Encontró consuelo en sus responsabilidades episcopales y canalizó su energía para servir a su diócesis con renovado fervor.
A pesar de haber sido expulsado de la comunidad que había sido su familia espiritual, Codina se mantuvo fiel a los ideales vicencianos de caridad y servicio, asegurándose de que su trabajo entre los fieles no se viera obstaculizado por agravios personales. Se negó a participar en disputas públicas sobre su expulsión, optando en su lugar por predicar con el ejemplo. Muchos de sus contemporáneos destacaron su profundo sentido de la oración y la contemplación, que le ayudaron a superar esta crisis personal con notable fortaleza espiritual.
Con el tiempo, la reputación de Codina como obispo profundamente pastoral y reformador no hizo sino consolidarse. Era conocido por su capacidad para superar las divisiones dentro de la Iglesia local, fomentando un sentimiento de unidad a pesar de la oposición externa. Su resiliencia ante el rechazo y su fe inquebrantable hicieron de él un líder espiritual aún más grande, admirado no sólo en las Islas Canarias, sino también fuera de ellas.
Su muerte y el camino hacia la canonización
Buenaventura Codina y Augerolas falleció el 18 de noviembre de 1857, tras años de incansable servicio a la Diócesis de Canarias. Su muerte fue muy llorada tanto por el clero como por los laicos, que lo consideraban no sólo como un obispo, sino como un verdadero pastor que había entregado su vida al servicio de su rebaño. A su funeral asistió una gran multitud, y surgieron numerosos testimonios que describían su santidad, humildad e inquebrantable dedicación a los pobres y enfermos.
En los años siguientes a su muerte, la veneración a Codina creció entre los fieles. Muchos informaron de favores y gracias recibidos por su intercesión, y se extendió la petición de que la Iglesia reconociera formalmente su santidad. Alentada por estos testimonios, la Diócesis de Canarias comenzó a recoger testimonios sobre su vida, virtudes y labor pastoral, sentando las bases para la apertura formal de su causa de canonización.
El proceso comenzó oficialmente cuando Codina fue declarado Siervo de Dios, primera etapa en el camino hacia la santidad. Esta designación reconocía su fama de santidad y marcaba el inicio de un examen detallado de su vida y obra. La Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano recibió numerosos documentos y testimonios que detallaban su abnegado servicio, su fe inquebrantable ante la adversidad y su profundo compromiso con los ideales vicencianos de caridad y evangelización. La positio del Siervo de Dios Buenaventura Codina fue entregada en la Congregación para las causas de los santos en el mes de Junio de 2008.
Uno de los principales argumentos a favor de su canonización es su ejemplar liderazgo durante la epidemia de cólera, en la que arriesgó personalmente su vida para atender a los enfermos y moribundos. Su extraordinaria caridad, humildad y resistencia frente a la oposición de su antigua comunidad religiosa son también pruebas convincentes de sus virtudes heroicas.
En la actualidad, se sigue trabajando por su causa, y teólogos e historiadores revisan cuidadosamente los testimonios recogidos. Si las virtudes de Codina se reconocen formalmente como heroicas, podrá ser declarado Venerable, el siguiente paso importante en el proceso de canonización. Las etapas finales -beatificación y canonización- requerirán milagros autenticados atribuidos a su intercesión, lo que afirmará aún más su santidad a los ojos de la Iglesia.
El legado de Buenaventura Codina y Augerolas sigue siendo una fuente de inspiración para clérigos y laicos. Su vida es un poderoso ejemplo de fe en acción, dedicación pastoral y vocación de servicio a los más vulnerables. A medida que la Iglesia sigue investigando su causa, su memoria perdura en la devoción de quienes le reconocen como modelo de santidad y servicio desinteresado.
«De Codina se puede resumir que su espíritu misionero selló su labor, su preocupación por la justicia social, su generosidad en el trato con los demás, su interés por el estudio y la formación de todos, marcó su episcopado. Su caridad, su vida de oración, sus silencios para reflexionar […] destacó al hombre y a su cometido por encima de todo» (Graciela García Santana, «Buenaventura Codina, Obispo de Canarias», revista Almogaren 46 (2010) 149-193).

En la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria, en la Capilla de los Dolores, se expone el cadáver momificado del Siervo de Dios, el obispo Buenaventura Codina y Augerolas.
En 1978 sus restos fueron exhumados de la cripta de la Catedral, donde había sido enterrado ciento veinte años antes. Su cuerpo fue hallado incorrupto. Vestido con sencillez, llevaba un sencillo crucifijo de madera que había preferido a uno más suntuoso de la reina Isabel II.
Oración para obtener gracias por la intercesión del Siervo de Dios Buenaventura Codina
Padre nuestro, que creaste a tu siervo Buenaventura Codina y en su caridad heroica santificaste tu nombre y extendiste tu reino predicando y celebrando la Eucaristía. Tu siervo no te ha defraudado; ha sabido responder a tu llamada y a tu misión con una generosa fidelidad a tu Evangelio incluso en las cosas más pequeñas, como testimonio amoroso de tu bondad. Su vida, Señor, fue una constante intercesión por los pobres y los enfermos, pidiendo el pan de cada día; el pan nuestro que se comparte.
Tu siervo Buenaventura era consciente de la miseria de su pecado. Por eso te pidió que le perdonaras sus pecados, como él perdonó a sus deudores, que no le faltaron a lo largo de su vida.
Ya que queremos imitarte, te pedimos, Señor, que no nos abandones en la tentación de querer ser como dioses; ni en desinteresarnos de nuestros hermanos, como Caín; ni en el respeto humano, como Pedro; ni en preferir el dinero, el poder o la fama, más que al seguimiento de tu Hijo.
Por su intercesión, te suplicamos, líbranos de los males espirituales y materiales y, de manera especial, de lo que más nos preocupa en este momento, concediéndonos, si es necesario según tu voluntad, la gracia que deseamos para la beatificación de tu siervo Buenaventura Codina. En comunión con María y bajo la acción del Espíritu Santo, te decimos a ti que eres Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, el sí de nuestra vida. Amén.










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