El último párrafo de la carta de Pablo a los Gálatas comienza con una frase llamativa. Y lo sería aún más si pudiéramos ver el texto original. Cuando Pablo escribía a sus comunidades, solía hacerlo por medio de un escriba. Pablo dictaba la carta, y el escriba la redactaba con letra cuidada y uniforme sobre la página sin líneas. Sin embargo, al final de esta carta, Pablo decide tomar él mismo el cálamo y concluirla de su puño y letra. Escribe a su comunidad:
«Mirad con qué letras tan grandes os he escrito de mi propia mano» (6,11)
Uno puede imaginar al escriba haciendo una mueca al ver la caligrafía de Pablo desentonando en la página perfecta. Pero Pablo quiere decir algo importante y personal, y subraya esa verdad escribiéndola él mismo, con su estilo indisciplinado e inconfundible.
Dos frases destacan para mí en este párrafo (Gál 6,11-18).
Primero, Pablo insiste:
En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo,
por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. (6,14)
Para Pablo, la cruz era el centro de su teología. Su gloria no estaba en la cantidad de Iglesias que había fundado, ni en el número de personas que había convertido, ni en los viajes que había realizado, sino siempre en su disposición a sufrir por el Evangelio sin hacer concesiones.
Más adelante, en las palabras finales de la epístola (lo que constituye mi segundo punto), Pablo dice algo que está estrechamente relacionado con esa afirmación anterior:
En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. (6,17)
En el mundo antiguo, había tres clases de personas que eran marcadas físicamente: los soldados, los esclavos y los devotos religiosos. Por supuesto, Pablo no habla de una marca literal cuando declara que en su cuerpo lleva las marcas de Jesús (¡ni tampoco se refiere a los estigmas!). Se refiere a las cicatrices que le habían dejado los azotes, las lapidaciones, los naufragios, las prisiones y las agitaciones que había sufrido por amor a Cristo. Esas marcas demostraban que pertenecía plenamente a Cristo, su Señor. Era soldado, esclavo y devoto. Pablo no había evitado las dificultades que conlleva seguir fielmente al Señor, y por eso llevaba esos signos de su fidelidad. Nada limitaba su disposición —incluso su entusiasmo— para proclamar el Evangelio y dar testimonio del Señor crucificado. Viajó grandes distancias por tierra y mar; habló a judíos y gentiles en hebreo y griego; se enfrentó a fuerzas civiles y religiosas con un valor inquebrantable. Sabía lo que tenía que decir, ¡y lo decía! Nadie podía poner en duda su integridad como misionero del Señor. ¡Llevaba las marcas!
Al leer estas palabras, surge un desafío para nosotros. ¿Cómo llevamos nosotros las marcas de Jesús como signo de nuestra fidelidad a Él? Para la mayoría, eso no implicará los sufrimientos físicos que Pablo vivió, pero nuestro seguimiento no puede ser tan neutro que nos deje intactos ante la fe que ocupa el centro de nuestras vidas. Todos llevamos cruces como miembros de nuestras familias, comunidades y sociedad. A veces son de índole médica, a veces económica, otras veces relacional, pero todas nos exigen algo y deben ser llevadas con fe y esperanza. Ninguno de nosotros puede vivir un solo día sin tomar su yugo y cargarlo. Estamos marcados por estas cargas. Quizá, con humildad y un deseo sincero, podamos decir con Pablo:
Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús









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