«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti Betsaida!”
Ex 2, 1-15; Sal 68; Mt 11, 20-24.
Dios nos salva y nos salva gratuitamente. La salvación es un don de Dios. No tengamos miedo de decirlo porque alguien pudiera decirte que esto tiene un tufillo a dicho protestante. Por aquello que nos han antas veces de que hay que hacer muchas obras buenas para salvarse, para ganar el cielo. El cielo no se lo gana nadie. El cielo se recibe agradecidamente. Entonces, ¿dónde quedan las buenas obras?
Primero es el amor de Dios hacia nosotros: El amor consiste en esto, en que Dios nos amó primero. Ese es el amor que nos salva. Pero ese amor tiene que ser correspondido. Y ahí es donde entran las buenas obras, como respuesta amorosa al amor con que somos amados. De ahí el dicho de San Agustín: El que te creó sin ti, no te salvará sin ti.
¡Ay de ti, Betsaida, Corozaín, Cafarnaúm, Pedro, Miguel, Teresa!, porque desdeñaron el amor, porque no correspondieron al amor con un amor expresado en buenas obras. Las obras buenas son, pues, la manera de corresponder a un amor de sobra conocido, la manera de ser agradecidos por tanto amor.
¿Cómo correspondemos a las bondades y misericordias de Dios?
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Miguel Blázquez Avis C.M.








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