Diccionario Vicenciano: Violencia (Parte 2)

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14 julio, 2025

Diccionario Vicenciano: Violencia (Parte 2)

por .famvin | Jul 14, 2025 | Diccionario Vicenciano, Formación | 0 comentarios

Los miembros de la Familia Vicenciana nos hemos acostumbrado a utilizar términos como Abogacía, Aporofobia, Sinhogarismo, Colaboración, Cambio Sistémico, etc., para describir bien situaciones que nos encontramos en nuestras obras, bien acciones que llevamos a cabo. Para profundizar en el significado y la comprensión de estos conceptos desde nuestro carisma hemos creado esta serie de posts, a modo de un «Diccionario Vicenciano», con el objetivo ofrecer cada semana un desarrollo de cada uno de ellos desde una perspectiva social, moral, cristiana y vicenciana. Inspirado en el carisma de San Vicente de Paúl, profundizaremos en su comprensión y reflexionaremos sobre el servicio, la justicia social y el amor al prójimo. Al final de cada artículo encontrarás algunas preguntas para la reflexión personal o el diálogo en grupo.

Sigue el hilo completo de este diccionario vicenciano en este enlace.

4. Perspectiva social

Aunque la violencia suele considerarse un acto extraordinario o perturbador, una perspectiva social revela que, en muchos sentidos, es una característica habitual de la vida social. Está entretejida en las estructuras, las instituciones y las interacciones diarias que definen nuestro mundo. Lejos de ser meramente física, la violencia en la sociedad adopta formas sutiles y sistémicas, presentes en el lenguaje, las normas, las economías y las políticas.

4.1 Violencia estructural y sistémica

El término «violencia estructural» fue popularizado por Johan Galtung para describir el daño incrustado en el tejido de la sociedad, no a través de ataques directos, sino a través de acuerdos sociales que niegan a las personas sus necesidades básicas, sus derechos y su dignidad. Esta forma de violencia es invisible pero letal, a menudo normalizada por las instituciones y perpetuada por el silencio.

La violencia estructural se manifiesta en:

  • La pobreza y la desigualdad económica, que impiden el acceso a la educación, la atención sanitaria, el agua potable y la vivienda.
  • El racismo y los sistemas de castas, que marginan a poblaciones enteras mediante la discriminación sistémica.
  • Las políticas de inmigración, que criminalizan la movilidad y crean zonas de exclusión y de carencia de nacionalidad (apatridia).
  • Sistemas de salud inadecuados, que provocan sufrimiento evitable y muerte prematura.

Por ejemplo, en muchos centros urbanos, los barrios pobres adolecen de escuelas con financiación insuficiente, riesgos medioambientales y control policial excesivo, todo lo cual perpetúa los ciclos de violencia y desigualdad. El filósofo Paul Farmer acuñó la famosa expresión «la arquitectura de la opresión» para referirse a la violencia estructural.

A diferencia de la violencia directa, la violencia estructural no siempre se puede atribuir a un único responsable. A menudo se mantiene por la inercia burocrática, la injusticia histórica y la indiferencia política. Esto hace que sea especialmente difícil de abordar, ya que implica a sistemas enteros en lugar de a actores aislados.

4.2 Violencia de género y violencia doméstica

Una de las formas de violencia más extendidas y menos denunciadas es la que se ejerce en el ámbito doméstico o en las relaciones íntimas, especialmente contra las mujeres y las niñas. La violencia de género engloba los daños físicos, sexuales, psicológicos y económicos que tienen su origen en dinámicas de poder desiguales.

Las formas de violencia de género pueden ser:

  • El maltrato doméstico, a menudo oculto tras puertas cerradas, que puede incluir control, intimidación, golpes y manipulación emocional.
  • La violencia sexual, que incluye el acoso, la agresión y la violación, a menudo normalizada o excusada en las culturas patriarcales.
  • Los asesinatos por honor, la mutilación genital femenina y los matrimonios forzados, practicados en nombre de la tradición.
  • El abuso económico, en el que se niega a las mujeres el acceso a las finanzas o al empleo.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres en todo el mundo sufre algún tipo de violencia física o sexual a lo largo de su vida. En muchas culturas, las normas sociales, las creencias religiosas y los sistemas legales siguen protegiendo a los agresores o culpando a las víctimas.

La violencia doméstica también afecta a los menores, ya sea como víctimas directas o como testigos, lo que contribuye a ciclos intergeneracionales de trauma y agresión. Por lo tanto, abordar la violencia de género requiere no solo medidas de justicia penal, sino también un cambio cultural transformador: cuestionar los roles de género, promover la igualdad y empoderar a las sobrevivientes.

4.3 Violencia urbana y delincuencia

Las ciudades suelen considerarse focos de progreso, pero también son puntos críticos de violencia urbana: pandillas, tráfico de drogas, robos a mano armada, brutalidad policial y protestas violentas. Los entornos urbanos pueden concentrar tanto las oportunidades como la desesperación, creando condiciones en las que la violencia se convierte en un modo de supervivencia o de expresión.

En muchas zonas empobrecidas:

  • Los jóvenes son reclutados por las pandillas como una forma de sentirse aceptados y protegidos.
  • El crimen organizado prospera donde la presencia del Estado es insuficiente o corrupta.
  • Las fuerzas del orden recurren al uso excesivo de la fuerza, a menudo contra las minorías raciales o étnicas.

La violencia urbana no se limita al delito, sino que también tiene que ver con la desigualdad, la segregación y los pactos sociales rotos. Los barrios marginales y marginados suelen ser los más afectados por la actuación policial militarizada y la falta de inversión en servicios públicos. De este modo, la violencia urbana se convierte en un ciclo: las comunidades son criminalizadas en lugar de recibir apoyo, y la confianza en las instituciones se erosiona.

Sin embargo, la violencia urbana también despierta resistencia y resiliencia: las asociaciones de vecinos, las iniciativas juveniles y los programas de justicia restaurativa han demostrado que las comunidades pueden empoderarse para reducir la violencia desde dentro.

4.4 Violencia contra la infancia y la juventud

Los niños, niñas y jóvenes están entre los más vulnerables a la violencia, y también entre quienes sufren sus consecuencias más duraderas. Son víctimas de violencia en el hogar, en la escuela, en espacios digitales, en instituciones e incluso dentro de los sistemas legales.

Entre las formas de violencia contra la infancia se incluyen:

  • El castigo corporal, que sigue siendo legal y practicado en muchos países.
  • El acoso escolar, tanto presencial como en línea, que puede desencadenar crisis de salud mental.
  • El trabajo infantil y la explotación, que les roban la educación y la libertad.
  • El abuso sexual, con frecuencia silenciado o ignorado dentro de las familias o instituciones.

En contextos de conflicto armado o crisis, los niños y niñas están especialmente expuestos: son reclutados a la fuerza como soldados, víctimas de trata o separados de sus familias. Las heridas causadas por la violencia temprana suelen persistir hasta la edad adulta, afectando sus relaciones, su autoestima y sus oportunidades de vida.

Sin embargo, la juventud también es agente de cambio. En las últimas décadas, jóvenes de todo el mundo han liderado movimientos contra la violencia armada, la destrucción del medio ambiente, el racismo y otras injusticias. Escucharles y protegerles no solo es un imperativo moral: es una estrategia clave para construir futuros no violentos.

4.5 Medios, cultura y la normalización de la violencia

Los medios de comunicación —como el cine, la televisión, la música, los videojuegos y las redes sociales— han sido objeto de análisis durante mucho tiempo por su papel en la representación y posible fomento de la violencia. Aunque la relación es compleja, no cabe duda de que los medios no solo reflejan, sino que también moldean las actitudes culturales frente la agresión y el poder.

Algunos patrones clave incluyen:

  • La glorificación del militarismo y de la justicia por mano propia, donde la violencia se presenta como algo heroico.
  • Representaciones marcadamente diferenciadas por género, en las que los personajes masculinos dominan mediante la fuerza y las víctimas femeninas son sexualizadas.
  • El sensacionalismo informativo, que se centra en crímenes impactantes y alimenta el miedo colectivo.
  • La desensibilización, donde la exposición repetida a contenidos violentos reduce la empatía y la preocupación.

La frase “si sangra, vende” (en inglés if it bleeds, it leads) resume la tendencia de los medios a priorizar las noticias violentas para captar atención. Esto tiene consecuencias reales: la percepción pública del crimen puede no coincidir con las cifras reales, y se tiende a apoyar políticas punitivas en lugar de preventivas.

La cultura también puede trivializar o romantizar la violencia. Las letras de canciones, los memes o las tendencias virales pueden promover la dominación, la humillación o la venganza como comportamientos aceptables. En este contexto, la violencia no solo se normaliza, sino que incluso se justifica.

Sin embargo, los medios también tienen un enorme potencial para el cambio positivo. Películas, documentales y campañas han contribuido a visibilizar abusos, cuestionar estereotipos y fomentar la empatía. La cultura es a la vez un espejo y una herramienta, y la manera en que la utilizamos marca la diferencia.

4.6 Espacios digitales y violencia en línea

La revolución digital ha abierto nuevas fronteras para la violencia. Las plataformas en línea, aunque han permitido una mayor conexión y expresión, también se han convertido en escenarios de abuso, manipulación y vigilancia.

Entre las formas de violencia digital se encuentran:

  • El ciberacoso, que puede derivar en ansiedad, depresión e incluso pensamientos suicidas.
  • El doxxing (publicación de datos personales) y las amenazas, dirigidas especialmente contra activistas, mujeres y minorías.
  • La desinformación y los discursos de odio, que incitan a la violencia en el mundo real.
  • El capitalismo de vigilancia, donde los datos personales se extraen y se usan como arma.

La violencia digital es especialmente insidiosa porque está en todas partes, suele ser anónima y resulta difícil de regular. Las víctimas pueden ser acosadas en múltiples plataformas, ver arruinada su reputación o sufrir una violación permanente de su intimidad.

Además, la violencia en línea se cruza con las identidades fuera de línea: el sexismo, el racismo, la homofobia y la xenofobia se amplifican en los espacios digitales. Los algoritmos que rigen las redes sociales pueden premiar la indignación y polarizar a las comunidades.

Enfrentar la violencia digital exige intervenciones tecnológicas, jurídicas y culturales. También requiere nuevas competencias: aprender a interactuar críticamente, resistir la manipulación y crear entornos en línea más seguros.

4.7 Estudios de caso contemporáneos

Veamos algunos ejemplos recientes que ilustran las diversas formas que puede tomar la violencia social:

  • El asesinato de George Floyd (EE. UU., 2020): Desencadenó protestas globales contra la brutalidad policial y el racismo sistémico, mostrando cómo las fuerzas del orden pueden ejercer violencia racializada.
  • Crisis de feminicidios (América Latina): Países como México y Argentina enfrentan tasas alarmantes de asesinatos por motivos de género, a pesar del crecimiento de los movimientos feministas.
  • Campos de refugiados y crisis fronterizas (Mediterráneo, EE. UU.-México, Rohinyás): Ejemplos claros de violencia estructural a través del desplazamiento, la detención y la negación del asilo.
  • Guerras de pandillas juveniles (El Salvador, Sudáfrica, barrios marginales de EE. UU.): Alimentadas por la pobreza, el abandono y la falta de presencia estatal, estas dinámicas devastan comunidades enteras.
  • Acoso digital a mujeres en la vida pública (en todo el mundo): Desde periodistas hasta políticas, muchas mujeres sufren campañas de abuso en línea con el fin de silenciarlas.

Un caso contemporáneo de violencia social: hambruna, enfermedad y colapso en Gaza:

La crisis humanitaria en Gaza, agravada desde la escalada del conflicto en octubre de 2023, ejemplifica el impacto devastador de la violencia social sobre las poblaciones civiles. Esta situación exige condenar tanto los ataques iniciales de Hamás como las acciones posteriores del gobierno israelí, diferenciándolos claramente de la comunidad judía en su conjunto.

  1. Orígenes de la crisis: El 7 de octubre de 2023, Hamás lanzó un ataque masivo contra Israel, con más de 1.000 muertos y más de 250 personas tomadas como rehenes. Este acto fue ampliamente condenado a nivel internacional. En respuesta, Israel emprendió una campaña militar en Gaza que ha provocado una destrucción masiva y una crisis humanitaria sin precedentes.
  2. Catástrofe humanitaria en Gaza:
    • Hambruna e inseguridad alimentaria: El bloqueo israelí ha generado una escasez crítica de alimentos, agua y medicinas. Según la OMS, en mayo de 2025 casi medio millón de personas enfrentaban hambre catastrófica, y toda la población estaba en riesgo de hambruna.
    • Colapso del sistema de salud: El conflicto y el bloqueo han devastado la infraestructura sanitaria. En noviembre de 2024, el 94% de las instalaciones médicas estaban dañadas o destruidas; solo 17 de los 36 hospitales con capacidad de internación seguían funcionando, y de forma parcial. La OMS documentó 686 ataques a centros de salud entre octubre de 2023 y mayo de 2025.
    • Destrucción y desplazamiento: Los bombardeos israelíes han destruido aproximadamente el 70% de los edificios en Gaza, desplazando a unos 1,9 millones de personas. La falta de refugios e infraestructura ha agravado aún más la crisis.
    • Víctimas: Hasta el 27 de mayo de 2025, al menos 54.056 personas habían muerto, entre ellas al menos 17.400 niños, y otras 123.129 habían resultado heridas.
  3. Respuesta internacional y consideraciones éticas: La comunidad internacional ha expresado su preocupación por la situación humanitaria en Gaza. Aunque se ha condenado el ataque inicial de Hamás, también hay una fuerte crítica a las acciones del gobierno israelí, que han afectado desproporcionadamente a la población civil. Es fundamental distinguir entre las políticas de un gobierno y la identidad de un pueblo, para evitar cualquier forma de antisemitismo.

La situación en Gaza muestra la complejidad de la violencia social y su impacto devastador sobre la población civil. Subraya la urgencia de defender los principios humanitarios y asegurar que las respuestas al conflicto no agraven el sufrimiento ni castiguen a personas inocentes.

Estos casos no son aislados: reflejan patrones sociales más amplios que exigen respuestas sistémicas y sostenidas.

La violencia en la sociedad no siempre es explosiva o visible. Muchas veces es silenciosa, acumulativa y está integrada en normas que damos por sentadas. Se manifiesta en estructuras económicas, espacios domésticos, narrativas culturales y algoritmos digitales. Adoptar una perspectiva social nos invita a ir más allá de la culpa individual y asumir una responsabilidad colectiva. Si la violencia es una construcción social, también puede ser deconstruida socialmente. Pero eso no se logra solo con leyes o políticas: requiere una transformación profunda de nuestros valores, estructuras e imaginarios.

5. Perspectiva moral y filosófica

La violencia plantea profundas cuestiones morales y filosóficas que han inquietado al pensamiento humano durante siglos: ¿Está la violencia alguna vez justificada? ¿Puede ser moral causar daño en nombre de un bien mayor? ¿O es toda violencia, por su propia naturaleza, un atentado contra la dignidad humana y el orden ético? Filósofos, teólogos y éticos de distintas épocas han luchado con estos dilemas, generando una rica —y a menudo contradictoria— tradición de pensamiento.

5.1 ¿Es la violencia siempre inmoral?

En su esencia, la violencia implica infligir daño de forma intencional. Este daño —sea físico, psicológico o simbólico— atenta contra la integridad del otro. Por ello, muchos sistemas éticos consideran que la violencia es moralmente incorrecta, una ofensa contra la dignidad humana y el contrato social.

Sin embargo, juzgar moralmente la violencia rara vez es algo claro. La ética no se basa únicamente en reglas, sino en el contexto, la intención, las consecuencias y la proporcionalidad. La pregunta no es solo «¿es la violencia incorrecta?», sino también «¿puede alguna vez ser correcta?». En algunas tradiciones, la violencia se considera un mal, pero a veces necesario o menor frente a otros males mayores.

Dentro de esta ambigüedad moral suelen surgir tres posturas principales:

  • Pacifismo absoluto: Toda violencia está mal, sin importar las circunstancias.
  • Justificación condicional: La violencia es incorrecta, pero puede justificarse en condiciones específicas, usualmente extremas.
  • Aceptación realista: La violencia es parte de la naturaleza humana o de la política y debe ser gestionada, no eliminada.

Estas posturas reflejan creencias subyacentes sobre la naturaleza humana, la justicia, el poder y el papel del individuo en la sociedad

5.2 Reflexiones clásicas: De Hobbes a Arendt

Con frecuencia, la filosofía occidental ha abordado la violencia desde la teoría política y la naturaleza humana. Veamos algunos pensadores fundamentales:

  • Thomas Hobbes (1588–1679): En Leviatán, Hobbes afirmó que sin una autoridad soberana, la vida humana sería «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta». Para él, la violencia es un estado natural, nacido del miedo y la competencia. La solución es un Estado fuerte que monopolice la violencia e imponga orden. Así, la violencia no es tanto inmoral como natural y necesaria: un problema que debe ser domesticado mediante el contrato social.
  • Jean-Jacques Rousseau (1712–1778): Ofreció una visión opuesta: los seres humanos son pacíficos por naturaleza, pero corrompidos por la desigualdad social y la propiedad privada. La violencia, entonces, no es innata sino producto de las estructuras sociales. La renovación moral no llega mediante la represión, sino mediante la reconstrucción de una sociedad más igualitaria.
  • Immanuel Kant (1724–1804): Kant veía la violencia a través del prisma de la razón y el deber. En su filosofía moral, Kant sostenía que las acciones deben respetar la dignidad humana y tratar a las personas como fines en sí mismas. Por ello, la violencia que utiliza a otros como medios —a través del daño o la coerción— es inaceptable. No obstante, Kant admitía la guerra defensiva y el castigo justo, siempre que se ajustaran a principios universales.
  • Friedrich Nietzsche (1844–1900): Cuestionó por completo las normas morales tradicionales. Veía la moral como una herramienta de los débiles para controlar a los fuertes, convirtiendo el sufrimiento en virtud. La violencia, para Nietzsche, no era inherentemente mala, sino una posible expresión de la voluntad de poder. La condena moral de la violencia podía ser, en su opinión, una máscara de resentimiento y control.
  • Walter Benjamin (1892–1940): En su ensayo Crítica de la violencia, Benjamin distinguió entre la violencia que funda la ley y la que la conserva. Cuestionó la legitimidad de la violencia estatal y sugirió que la violencia divina o revolucionaria —fuera del marco legal— podría tener un carácter purificador o redentor. Su crítica abrió nuevas vías para pensar sobre la violencia más allá del legalismo.
  • Hannah Arendt (1906–1975): En Sobre la violencia, Arendt trazó una línea clara entre poder y violencia. Para ella, el poder surge del consenso y la legitimidad colectiva, mientras que la violencia es un instrumento que degrada la política auténtica. «Poder y violencia son opuestos; donde uno domina por completo, el otro está ausente», escribió. La violencia, argumentó, puede destruir el poder, pero nunca crearlo.

En conjunto, estos pensadores ilustran la tensión filosófica entre realismo e idealismo, naturalismo y moralismo, orden y libertad.

5.3 La justificación moral de la violencia

Desde la tradición de la guerra justa hasta las teorías revolucionarias, muchos sistemas han intentado definir cuándo la violencia puede ser moralmente justificable. Algunas justificaciones clave son:

a) Legítima defensa

La mayoría de los sistemas éticos y marcos legales reconocen el derecho a la legítima defensa: el uso de la fuerza para protegerse o proteger a otros de un daño inminente. Este principio se basa en la intuición moral de que preservar la vida a veces requiere resistir la agresión.

Pero surgen dilemas éticos:

  • ¿Qué se considera fuerza proporcional?
  • ¿Quién decide si la amenaza es legítima?
  • ¿Puede justificarse la violencia preventiva ante una amenaza anticipada?

b) Teoría de la guerra justa

Originada en pensadores como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, la tradición de la guerra justa establece condiciones para que una guerra —como forma organizada de violencia— pueda ser moral:

  • Causa justa (por ejemplo, defensa propia)
  • Intención recta (no venganza ni conquista)
  • Autoridad legítima
  • Probabilidad de éxito
  • Proporcionalidad
  • Último recurso

Esta doctrina ha guiado la ética cristiana y secular durante siglos. Sin embargo, los críticos sostienen que muchas veces se usa para justificar agresiones por parte de estados poderosos.

c) Violencia revolucionaria

Movimientos de liberación —desde rebeliones de esclavos hasta luchas anticoloniales— han defendido la violencia como respuesta necesaria ante una opresión sistémica. Como argumentó Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, el colonizado, privado de su dignidad y humanidad, puede recuperarlas mediante la resistencia violenta.

Esta visión ve la violencia no como destructiva, sino como restauradora: un medio para romper cadenas y afirmar la propia identidad. Pero plantea preguntas éticas profundas: ¿El fin justifica los medios? ¿Puede la violencia por la justicia evitar crear nuevas formas de dominación?

d) Desobediencia civil y resistencia no violenta

Frente a la violencia revolucionaria, figuras como Gandhi, Martin Luther King Jr. y Dorothy Day defendieron la no violencia como una fuerza moral más poderosa que las armas. Para ellos, la no violencia no es pasividad, sino resistencia activa fundada en el amor y la conciencia.

Para King, la no violencia era tanto táctica como moral: «La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo». Su ética rechazaba la deshumanización, incluso del enemigo.

No obstante, la no violencia también tiene límites. Algunos críticos señalan que puede ser ineficaz frente a regímenes brutales, y que su idealización impone cargas injustas sobre los oprimidos.

5.4 Pacifismo vs. violencia como último recurso

La tensión entre el pacifismo absoluto y la violencia como último recurso está en el corazón del debate moral sobre la violencia.

a) Pacifismo

Los pacifistas sostienen que la violencia siempre destruye la integridad moral: degrada tanto a la víctima como al agresor. Arraigado en tradiciones religiosas (cristiana, budista, jainista, cuáquera), el pacifismo valora el amor, la compasión y el perdón por encima de la justicia alcanzada mediante el daño.

León Tolstói, por ejemplo, creía que el Sermón de la Montaña hacía inmoral toda forma de violencia. Para los pacifistas radicales, es preferible sufrir antes que hacer sufrir.

Sin embargo, el pacifismo es criticado a menudo por ser ingenuo o irresponsable, especialmente frente al genocidio, la tiranía o el abuso sistemático.

b) Violencia como último recurso

Muchos éticos proponen una vía intermedia: la violencia es moralmente lamentable, pero puede justificarse cuando todas las alternativas pacíficas han fracasado. Este principio sustenta intervenciones humanitarias, misiones de rescate y ciertas formas de resistencia armada.

Los criterios éticos clave son:

  • Necesidad: Se han agotado todas las demás opciones.
  • Proporcionalidad: El daño causado es menor que el daño evitado.
  • Intención: El objetivo es proteger o restaurar la vida y la dignidad.

No obstante, esta postura también puede prestarse al abuso y la ambigüedad. ¿Cómo se mide que la paz ha fracasado? ¿Quién determina qué nivel de violencia es «proporcional»?

5.5 Dilemas éticos: protección, castigo y disuasión

Más allá de la auto defensa o la guerra, la violencia aparece también en la aplicación de la ley, el castigo y la disuasión moral. Estas situaciones presentan dilemas complejos:

Protección

  • ¿Está justificada la violencia para proteger a los vulnerables?
  • ¿Puede ser moral la fuerza si previene un daño mayor?
  • ¿La protección implica necesariamente dominación?

Castigo

  • ¿Puede el castigo violento ser rehabilitador o solo retributivo?
  • ¿Es la pena de muerte alguna vez moral?
  • ¿Tiene el Estado derecho a “responder violencia con violencia”?

Disuasión

  • ¿Se puede justificar moralmente la amenaza de violencia para prevenir el daño real?
  • ¿La disuasión nuclear mantiene la paz o perpetúa el miedo?

Estos dilemas muestran que la violencia, incluso con fines nobles, corre el riesgo de corromper el propósito moral. Como dice Nietzsche: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo».

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La violencia no es solo un acto: es una encrucijada moral. Expone las grietas entre los ideales y las realidades, entre la coherencia ética y la necesidad práctica. Mientras muchas tradiciones la condenan como un fracaso moral, otras la ven como una respuesta dolorosa pero, a veces, necesaria frente a la injusticia.

En última instancia, cualquier teoría moral sobre la violencia debe confrontar la dignidad humana, el poder, el sufrimiento y la responsabilidad. En un mundo donde el daño es tanto causado como sufrido, la tarea moral más grande puede no ser eliminar la violencia por completo, sino reducir su necesidad, resistir su glorificación y mantener la compasión como una ley superior al castigo.

(Continuará…)

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