San Vicente de Paúl y la restauración del púlpito
¡No! ¡Este título no trata de la restauración de ninguna pieza de arte religioso! La palabra “púlpito”, en sentido figurado, se refiere a la predicación sagrada cuyo propósito es conmover los corazones, cambiar actitudes, transformar proyectos de vida y, mediante el cambio personal, llegar a la transformación social; desde la perspectiva cristiana, tiene como fin llevar a las personas a Jesucristo. ¡Es el sermón!
En la Francia del siglo XVII, el sermón era un acontecimiento social, un espectáculo en el que se exhibían vanidades, elementos burlescos, cómicos, juegos de palabras y punzadas clericales. También había sermones en los que el predicador refinaba su discurso con adornos estilísticos para agradar al purismo y preciosismo de la época, lo que hacía que la gente sencilla no entendiera nada de lo que se decía, quedando solo deslumbrada y admirada, sin que el mensaje tocara el corazón (1).
Veamos cómo describía la situación el Padre Vicente, alguien que no era dado a exageraciones: “entre esas formas rebuscadas, en esa elocuencia ampulosa, en esas pompas oratorias; buscad algo parecido. Difícil resulta encontrar a uno solo que se haya convertido con muchas de esas predicaciones (…). Todos los días se tienen grandes predicaciones en esta ciudad, muchos advientos, muchas cuaresmas; encontradme un hombre, de esos mismos que llevan escuchando esas predicaciones desde hace treinta o cuarenta años, que se haya hecho mejor. ¡Oh Salvador! Trabajo os costaría encontrar uno solo, uno solo que se haya convertido después de oír todas esas predicaciones” (2).
“La soberbia de la vida: querer tener éxito en todas partes, escoger las palabras de moda, querer brillar en los púlpitos, en las charlas a los ordenandos, en los catecismos. ¿Y para qué? ¿qué se busca en todo esto? ¿Queréis saberlo, hermanos míos? Se busca uno a sí mismo. Quiere uno que hablen de él, que lo alaben, que digan que ha tenido éxito, que hemos hecho maravillas, que todos nos ensalcen … Se trata, en una palabra, de predicarse a sí mismo, no a Jesucristo ni a las almas” (3).
Varios en la Iglesia intentaron cambiar esta manera de predicar, devolviéndole algo de dignidad. Entre ellos estaban san Felipe Neri y los oratorianos, san Francisco de Sales, el Padre Bérulle, entre otros. Pero los resultados fueron escasos, porque el sermón seguía considerándose un “acontecimiento” de tipo literario, y como tal, debía ser cultivado.
El mérito de Vicente de Paúl fue aprender de todos ellos, recordar sus ejemplos, pero sobre todo, cambiar la perspectiva, el enfoque, o el “carril” por donde transitaba el sermón. El padre Vicente colocó el sermón en el lugar al que pertenecía y del que nunca debió salir. El sermón no es un acontecimiento social; es una acción pastoral, una catequesis, una instrucción cristiana destinada a conmover el corazón y provocar un cambio de vida. Para que recuperara su función era necesario “reubicarlo” en su forma, contenido y en la mente del predicador.
Ese fue el trabajo de Vicente de Paúl en las reuniones semanales, los martes, en la casa de San Lázaro, en París. Allí se estudiaba y reflexionaba sobre todo aquello relacionado con la vida pastoral, y el tema de la predicación se debatía con frecuencia, a través del llamado “Pequeño Método” o “Método sencillo de predicar” (4). Muchas veces, los eclesiásticos influenciados por el ambiente académico del que provenían, o impregnados del pensamiento dominante, cedían a la tentación de sacrificar el mensaje en favor de la erudición y la elocuencia. Vicente no dejaba pasar estos deslices; después de pedir perdón por la osadía, de rodillas, le pedía al aludido que fuera un poco más simple y que usara más la elocuencia del corazón, y no tanto la elocuencia académica. Luego pedía a los presentes que compartieran testimonios sobre los buenos resultados de ese método de predicación, ya aplicado en otros lugares, preguntando directamente a algunos sacerdotes con experiencia: “¿No es verdad, padre Martín, que en Italia se han convertido los bandidos en nuestras misiones? Ha estado usted allí, ¿no es verdad? Estamos aquí en una charla familiar, haga usted el favor de decirnos cómo se consiguió todo esto” (5). Y entonces se les oía contar episodios de reconciliación social y familiar, de restituciones por daños causados, de duelos que no llegaron a ocurrir, de verdades restablecidas, de mentiras desenmascaradas, de robos con restituciones…
A Vicente no le gustaban las voces retumbantes, ni las cantarinas, ni las teatrales. Quería que se utilizara un lenguaje coloquial, simple, que pudiera ser entendido por todos, un lenguaje educado, sin vulgaridades, aceptado por todos. A un miembro de la Congregación que tenía dificultades para adoptar esta forma de predicar, le escribió: “Me han advertido que hace usted demasiados esfuerzos cuando le habla al pueblo y que esto le fatiga mucho. En nombre de Dios, padre, cuide de su salud y modere su palabra y sus sentimientos. Ya le he dicho otras veces que Nuestro Señor bendice los discursos que se hacen hablando en un tono común y familiar, ya que él mismo enseñó y predicó de esta manera; además, al ser esta forma de hablar la más natural, resulta también más fácil que la otra, que es forzada; le gusta más al pueblo y aprovecha más que la otra. ¿Me creería usted, padre, si le dijera que hasta los actores de teatro, dándose cuenta de esto, han cambiado su manera de hablar y no recitan ya sus versos en un tono elevado, como lo hacían antes? Ahora lo hacen con una voz media y como si hablaran familiarmente con quienes los escuchan. Hace algunos días que me lo decía una persona que perteneció antes a esta profesión. Pues bien, si el deseo de agradar más al mundo ha hecho esto en el espíritu de estos actores de teatro, ¡qué motivo de confusión sería para los predicadores de Jesucristo si el deseo y el celo de procurar la salvación de las almas no tuvieran ese mismo poder sobre ellos!” (6).
Y para convencer a sus interlocutores, Vicente traía a colación el ejemplo de Calvino, quien, para transmitir eficazmente su mensaje, organizaba cada tres meses una serie de coloquios en los que distintos ministros trataban esta materia y aprendían a predicar de forma convincente: mientras uno predicaba, los demás lo corregían en cuanto a la fuerza (o debilidad) de su comunicación. Este ejercicio era tan importante que quien no lo seguía no podía ocupar ningún cargo. Y si la herejía se esfuerza tanto por mantenerse y expandirse, ¿cómo no habríamos nosotros también de esforzarnos por conservar este santo método? (7)
Para Vicente, el sermón solo será verdaderamente fecundo si el predicador lo centra en la persona de nuestro Señor Jesucristo; si se somete a un proceso continuo de conversión; si vive completamente desapegado del deseo de aplauso; si desarrolla una gran capacidad de empatía, dejando de lado el tono crispado y las «regañinas» directas a los oyentes.
La frase evangélica: “médico, cúrate a ti mismo” (8), y la expresión de Pablo “cuida de ti mismo” (9), que Vicente de Paúl repetía frecuentemente para poner al predicador bajo una vigilancia constante sobre sí mismo, su lenguaje y sus objetivos, sigue siendo un buen consejo para quien ha sido llamado a anunciar a Jesucristo, en lo que anuncia y en cómo lo anuncia.
P. José Alves, CM
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(1) Cfr. SVP ES XI-3, 164-187, Conferencia sobre el método que hay que seguir en las predicaciones.
(2) Ibidem, página 174.
(3) SVP ES XI-3, 339.
(4) El Pequeño Método o Método Simple de predicación, consiste en utilizar un lenguaje comprensible al oyente más humilde, un lenguaje adaptado a su modo de vida, con ejemplos tomados de su profesión, de su trabajo cotidiano, como hizo Jesucristo; en dividir el sermón en tres puntos bien definidos: en el primero, se muestran las razones para practicar tal virtud o evitar tal mal; en el segundo, se explica en qué consiste esa virtud o ese mal; y en el tercero, se indican los medios para adquirir la virtud o evitar el mal.
(5) SVP ES XI-3, 173.
(6) SVP ES VI, 357-358.
(7) Cfr. SVP XI-3, 191-195, Conferencia sobre el método que hay que seguir en la predicación, de 22 de agosto de 1655.
(8) Lc 4, 23.
(9) 1 Tim 4, 16.















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