Hay preguntas… y hay PREGUNTAS. ¿Qué decir de esa que Jesús lanza a Pedro en el evangelio de Mateo, capaz de cambiarle la vida a cualquiera? Y las palabras clave de esa pregunta están al final: «¡Yo soy!» Esta es la misma manera en que Dios se describió a sí mismo ante Moisés en el monte Sinaí.
Antes de eso, la gente decía que aquel hombre, Jesús, era uno de los profetas, o incluso Juan el Bautista resucitado. Pero entonces Jesús se vuelve hacia Pedro y le pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Una pregunta desconcertante, sin duda.
Pedro responde desde lo más profundo de su ser: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Pedro llega a esta respuesta no porque alguien se la hubiera dicho, ni porque recordara una fórmula aprendida antes, sino porque estaba oyendo palabras que surgían desde lo más hondo de sí mismo, en su cámara interior, ese lugar de encuentro entre él y aquel a quien Jesús conoce como «mi Padre del cielo».
Para todos nosotros, este famoso encuentro nos plantea el tema de la escucha, o mejor aún, de la «escucha profunda». ¿Buscamos eso en nuestra oración? ¿Nos entregamos a lo que algunos han llamado «escucha del alma»? Se trata de conectar con palabras que no vienen solo de nuestra boca, ni de la boca de los demás, sino de aquellas que brotan desde dentro, que son, en el sentido más pleno, sentidas desde el corazón. Surgen de momentos genuinos y vulnerables vividos en carne propia, no de la memoria ni de la repetición mecánica.
El desafío de Jesús nos alcanza también a nosotros, hoy. «Y tú, ¿quién dices que soy yo?» Esta es una pregunta para llevarnos a casa, o mejor aún, al corazón. En algún momento de silencio durante la semana, dejemos que el Señor Jesús nos la vuelva a hacer. Y escuchemos, entonces, los pensamientos, las palabras y los sentimientos que broten desde lo más hondo de nuestro interior.
«Y tú, ¿quién dices que soy yo?»
Animando a una hermana abatida, santa Luisa de Marillac recurre a las profundidades sagradas de su experiencia religiosa:
«Si nos vemos sometidas a la prueba de las mortificaciones y tentaciones, estamos abatidas y caemos en un estado, parécenos, deplorable. Y en efecto lo estaríamos si no permaneciéramos unidas (a Dios) por la parte superior de nuestro espíritu y le dijéramos desde el fondo del corazón: Hágase (Dios mío), según te plazca, pero (soy toda tuya)» (Santa Luisa de Marillac, Correspondencia, p. 557).













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