“No lleven en el cinturón ni oro ni plata, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón”
Gen 44, 18-21. 23-29; 45, 1-5; Sal 104; Mt 10, 7-15.
Habiendo convocado, llamado, a sus apóstoles, Jesús les da una serie de instrucciones para el camino y para su estancia en la misión.
Los envía, como quien dice, con lo puesto. Primero, porque el anuncio es mucho más eficaz y creíble cuando se hace desde una condición de austeridad y pobreza; y también, para enseñarles que la eficacia del mensaje no depende de ellos ni de los recursos humanos y técnicos, sino únicamente de la acción del Espíritu Santo en los corazones: Yo planté, Apolo regó, pero es Dios el que da el crecimiento, dirá más tarde San Pablo.
Hasta el contenido del mensaje se lo proporciona Jesús: hacer y anunciar todo lo que él ha hecho y anunciado ante sus ojos. Debe ser una prolongación de su mensaje, que nadie puede alterar ni desvirtuar. Y su persona enviada, una presencia viva de la persona de Jesús.
El enviado se debe caracterizar por su fidelidad al que lo envía y por su desinterés al ejercer su cometido como enviado.
A partir de ahí, la responsabilidad de aceptar o rechazar la invitación recae en el oyente.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Miguel Blázquez Avis C.M.









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