Jesús, la Palabra hecha carne, habita en medio de nosotros. Por él, Dios, al que no vemos, está cerca de nosotros y se nos da a conocer.
Parece tener suerte el hombre al que han dejado unos bandidos medio muerto en el camino. Pues, por azar, baja por el camino un sacerdote. Mas este evita estar cerca del herido; da un rodeo y pasa de largo. Llega luego un levita y hace lo que el sacerdote. No, estos hombres del culto no se muestran compasivos.
Pero viene un samaritano y «tiene compasión». La frase da a entender que él comparte la compasión de Jesús o de Dios (véanse Mt 9, 36; 14, 14; Lc 7, 13; 15, 20). Y lo que quiere decir la frase va en contra del pensar del maestro de la ley sobre los samaritanos: traidores, malos, medio paganos, odiosos.
Mas, sí, un samaritano decide estar cerca del que está cerca de la fosa. Y el que se hace prójimo del desgraciado le cura las heridas con aceite y vino y se las venda. Lo monta luego en su propia bestia de carga, lo lleva a una posada y lo cuida. También le da dinero al posadero para que cuide este al lesionado. Aún más, dice el samaritano que pagará cuando vuelva lo que se gaste de más. No, no hay mejor modo de hacerse prójimo del que está cerca de la tumba que el del samaritano.
El cuento, claro, sirve de respuesta a la pregunta del maestro de la ley: «¿Quién es mi prójimo?». Es que el perito de la ley quiere dar a conocer que sabe él de lo suyo. Que lee bien lo que está en la ley. Parece creer él que «prójimo» se refiere no más a los judíos. Pone a más prueba, pues, a Jesús. Para este, ¿tiene límites nacionales o religiosos «prójimo»?
Seguir a Jesús quiere decir estar cerca de los con necesidades.
Jesús, desde luego, se ha puesto de acuerdo con el maestro de la ley sobre lo que hay que hacer. Pero no dice Jesús «heredar», sino «tener». Pues la vida eterna es cuestión de gracia, no de méritos.
Para él, además, cuenta más hacerse prójimo que conocer al prójimo. Por lo tanto, no se anula la ley; se cumple ella por completo.
Y corremos riesgo los que miramos lejos, hacia la gran causa del culto. Es que podemos perder de vista a los que están cerca de nosotros y les pasamos por alto. Pero no ver a los que tienen hambre que se nos presentan; no sonreír a uno de malos humores; no dar de comer al extranjero que está a la puerta: todo esto quiere decir no ver el hambre, la pobreza, la injusticia, la discriminación en ninguna parte del mundo (Madeleine L’Engle).
No se puede prescindir, por lo tanto, de dejar a Dios por Dios (SV.ES IX:297). De atender al pobre que llama a nuestra puerta. El verdadero gozo no está en las señales y prodigios. Está, más bien, en vivir como vecinos que se preocupan los unos de los otros. Como en el reino del cielo, al que se refieren las señales y prodigios.
Señor Jesús, te tomaron por samaritano. Enséñanos y ayúdanos a ser al igual que tú. Y a hacer lo que el buen samaritano que no deja de estar cerca del pobre y se hace prójimo de él. Seremos así fieles a tus palabras: «Haced esto en memoria mía». No hay duda de que harás el pago completo cuando vuelvas.
13 Julio 2025
15º Domingo de T.O. (C)
Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37













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