“¡Ánimo hijo! Se te perdonan tus pecados”
Gen 22, 1-9; Sal 116; Mt 9, 1-8.
Otra vez de vuelta, cruzando el lago, en dirección opuesta. Esta vez rumbo a Cafarnaúm. Seguro con un sentimiento de tristeza y de frustración. ¡Cuánto necesitaba el mundo descubrir el amor del Padre! Cafarnaúm “su ciudad”, la llama el evangelista. No más agradecida que otras ciudades pese al hecho de haber sido testigo de muchos de sus milagros. ¡Ay de ti, Cafarnaúm! Altanera y engreída.
Esta vez, de nuevo testigo de un signo milagroso doble: curación y salvación, que no es lo mismo: curación física y sanación espiritual. Hubo acciones de Jesús, personas curadas a las que Jesús no pudo decirles “Vete en paz, tu fe te ha salvado”.
No fue ese el caso en la escena de hoy. Se te perdonan tus pecados, le dice Jesús al paralítico transportado por hombres de fe. Y, a continuación, tras algunas reacciones de crítica y escándalo de parte de los escribas presentes y quizás de decepción por parte del enfermo, viene la curación deseada: Levántate toma tu camilla y vete a tu casa.
Jesús quiere hacer ambas cosas, pero quiere dejar claro que lo primero es lo primero, la salud del alma viene antes que la salud del cuerpo, esa es la más importante y necesaria.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Miguel Blázquez Avis C.M.













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