El 26 de junio celebramos la fiesta de las Mártires de Arras y de sor Margarita Rután
I. Las Mártires de Arras: Testigos de la Caridad
En medio de uno de los períodos más oscuros de la historia de Francia, cuatro Hijas de la Caridad —María Magdalena Fontaine, María Francisca Lanel, Teresa Magdalena Fantou y Juana Gerard— ofrecieron un luminoso testimonio de fe, caridad y valentía. Como miembros de la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, sus vidas estaban enraizadas en el servicio humilde y alegre a los pobres, los enfermos y los marginados. Sin embargo, en los últimos meses del Reinado del Terror durante la Revolución Francesa, estas cuatro mujeres se convirtieron en mártires, ejecutadas en la guillotina el 26 de junio de 1794 por negarse a abandonar su vocación religiosa. Su historia es un capítulo luminoso en la historia del martirio cristiano y un testimonio perdurable del poder del amor sobre el miedo, de la fe sobre la opresión, y de la paz sobre la violencia.
Su camino —desde comienzos sencillos en la campiña francesa hasta el cadalso en Cambrai— estuvo marcado por la oración profunda, el servicio incansable y la fidelidad inquebrantable a su llamado. La Iglesia reconoció más tarde la santidad de su sacrificio, culminando en su beatificación por el Papa Benedicto XV en 1920. Este ensayo explora sus biografías individuales, el turbulento contexto histórico de su martirio, y el significado perdurable de su causa en la vida de la Iglesia.
1. Esbozos biográficos
María Magdalena Fontaine (1723–1794)
Nacida el 22 de abril de 1723 en el pequeño pueblo de Etrepagny, en la región de Eure, María Magdalena Fontaine fue hija de un humilde zapatero, Roberto Fontaine, y su esposa Catalina Cercelot. Creció en una familia profundamente marcada por el sufrimiento: de once hermanos, solo tres sobrevivieron a la infancia. Su madre murió cuando María Magdalena tenía dieciséis años, dejándola al cuidado de sus hermanos menores. Tras un nuevo matrimonio de su padre y nuevas pérdidas, María Magdalena asumió el rol de responsable del hogar.
Aunque se sabe poco sobre su educación inicial, su firma posterior revela una escritura clara y refinada, lo que sugiere cierto grado de instrucción. En las cercanías, las Hijas de la Caridad de Hébercourt y las Hermanas de Ernemont probablemente le presentaron el carisma vicenciano. Atraída por su espíritu de humildad y servicio, ingresó a las Hijas de la Caridad en 1748, comenzando su postulantado en Hébercourt antes de trasladarse a París para su formación en el seminario.
Tras recibir el hábito en 1750, fue destinada al hospital de Rebais, donde también enseñaba a niñas pobres. A pesar de graves tensiones administrativas en la casa, vivió en paz y ganó el respeto de todos. En 1768 fue nombrada superiora, y ayudó a restaurar la armonía en la comunidad. Sus cualidades de liderazgo la llevaron a ser enviada a Arrás, donde sirvió como superiora local durante 25 años. Allí transformó la casa en un centro vibrante de caridad, educación y oración. Incluso en medio de la Revolución, se mantuvo firme, encarnando los ideales vicencianos hasta el final.
María Francisca Lanel (1752–1794)
María Francisca Lanel nació en la ciudad costera de Eu, en Normandía. Sus padres, Miguel Lanel y Juana Hedin, eran sastres pobres. Tras la temprana muerte de su madre, María fue criada en una familia recompuesta que no le brindó mucho afecto maternal. Fue en la escuela local dirigida por las Hijas de la Caridad donde conoció por primera vez los valores de sencillez, verdad y servicio.
A los diecinueve años ingresó a la compañía y comenzó su formación en París. Sus primeras misiones la llevaron a Senlis y luego a Cambrai, donde permaneció cuatro años. Finalmente fue enviada a Arrás, donde permanecería 25 años, enseñando a niños y cuidando de los enfermos. Conocida por su veracidad y fidelidad al deber, se convirtió en un pilar de la comunidad local.
De espíritu apacible y discreto, María Francisca trabajaba a menudo en segundo plano, pero su fe profunda y su devoción a los pobres dejaron una huella imborrable. Durante la Revolución, su negativa a prestar el juramento de la Constitución Civil del Clero la señaló como enemiga del Estado, pero su conciencia permaneció inquebrantable.
Teresa Magdalena Fantou (1747–1794)
Nacida el 29 de julio de 1747 en Bretaña, Teresa Fantou creció en una familia campesina devota y muy unida. La cultura bretona, profundamente fiel a sus tradiciones religiosas y a su clero, fue el telón de fondo de su infancia. Tras asistir a clases con las Hijas de la Sabiduría, discernió su vocación religiosa e ingresó a las Hijas de la Caridad en 1771.
Su formación en París duró un año, algo más de lo habitual en la época. Fue enviada a enseñar en escuelas infantiles en Ham y Chauny antes de llegar a Cambrai, y finalmente a Arrás. Allí se convirtió en estrecha colaboradora de María Francisca Lanel.
Teresa tenía una mente aguda, un carácter fuerte y una fe profunda. Su franqueza bretona y su energía se combinaban con un espíritu piadoso y entregado. Durante el cautiverio, dio consuelo espiritual y emocional a sus compañeras y a otros prisioneros.
Juana Gerard (1752–1794)
Juana Gerard nació en Cumieres, cerca de Verdún, en 1752. Hija de agricultores sencillos, creció en una finca administrada por las Damas de San Mauro. Sus primeros años estuvieron marcados por el dolor: perdió a su hermana, hermano y madre en corto tiempo. Como hija mayor, asumió responsabilidades familiares desde joven.
Un hombre de noble cuna, Juan Francisco Pieton, pidió su mano en matrimonio. Pero Juana, guiada por una vocación más profunda, se negó y optó por ingresar a las Hijas de la Caridad en 1776. Poco después murió su padre, y su vocación fue puesta a prueba. Sin embargo, se mantuvo firme, apoyada por su fe y su devoción a la Eucaristía.
Juana se convirtió en experta cuidadora, con conocimientos de farmacia y medicina. Fue destinada a Arrás, donde sirvió durante quince años con un espíritu sereno y una profunda espiritualidad.
2. Camino al martirio
a) Turbulencia revolucionaria en Arrás
La Revolución Francesa, iniciada en 1789, pronto volvió su hostilidad contra la Iglesia. La Constitución Civil del Clero, impuesta en 1790, buscaba subordinar a la Iglesia al Estado, exigiendo a clérigos y religiosos jurar lealtad a la República. Muchos se negaron, invocando su fidelidad a Roma y a la conciencia. Las Hijas de la Caridad, a pesar de estar dedicadas al servicio médico y educativo, no quedaron exentas de persecución.
En Arrás, el gobierno revolucionario local, bajo el control brutal de Joseph Le Bon, fue uno de los más represivos de Francia. Se cerraron iglesias, se disolvieron comunidades religiosas y se arrestó a sacerdotes y religiosas. A pesar del clima de miedo, las cuatro Hermanas de Arrás continuaron su ministerio: atendiendo a los enfermos, educando a niños e incluso cuidando de sacerdotes prisioneros.
b) Arresto y prisión
El 14 de febrero de 1794, las Hermanas Fontaine, Lanel, Fantou y Gerard fueron arrestadas. El cargo: conspiración contra el Estado. Su verdadero «crimen» fue su fidelidad a sus votos religiosos y su negativa a abandonar a los pobres y enfermos. Habían continuado vistiendo su hábito y actuando como Hijas de la Caridad, un acto de rebeldía en la Francia revolucionaria.
Fueron llevadas a la Abadía de Saint-Vaast, convertida en prisión. Allí se convirtieron en fuente de consuelo e inspiración para otros presos. A pesar de su sufrimiento, permanecieron alegres, rezaban el rosario y cantaban himnos. Su serenidad inquebrantable fue testimonio del poder de la fe.
c) Juicio y ejecución
Fueron trasladadas a Cambrai en la noche del 25 de junio de 1794. El tribunal revolucionario actuó con rapidez. No se les dio defensa legal ni oportunidad real de hablar. La sentencia ya estaba decidida.
En la mañana del 26 de junio, fueron llevadas a la guillotina. Los testigos relatan que caminaron en procesión, con rosarios en mano, cantando las letanías de la Virgen. Su paz asombró a la multitud. Como acto profético final, Sor Fontaine declaró: «Somos las últimas víctimas». Sus palabras fueron ciertas: el Reinado del Terror terminaría semanas después con la caída de Robespierre.
El verdugo colocó cofias de lino blanco sobre sus cabezas como coronas. Una por una, ofrecieron sus vidas. El pueblo de Cambrai, aunque silenciado por el miedo, nunca olvidó la dignidad serena de estas mujeres que murieron por su fe.
3. La causa de beatificación
a) Veneración inicial
Tras la Revolución, la memoria de las Mártires de Arrás permaneció viva en el corazón de los fieles. Las Hijas de la Caridad conservaron su historia con veneración. Las peregrinaciones a su tumba comenzaron de manera informal, y muchos buscaban su intercesión.
Su causa cobró impulso a fines del siglo XIX. La diócesis local reunió testimonios de su santidad, y se enviaron a las autoridades eclesiásticas relatos de oraciones respondidas. En 1919, el Papa Benedicto XV aprobó el proceso para su beatificación.
b) Beatificación y reconocimiento
El 13 de junio de 1920, el Papa Benedicto XV beatificó formalmente a las cuatro Hermanas. La Iglesia reconoció no solo su martirio, sino también la santidad de sus vidas. Se estableció su fiesta litúrgica el 26 de junio, aniversario de su muerte.
La ceremonia de beatificación atrajo renovada atención al carisma vicenciano de la caridad en tiempos de adversidad. Estas mujeres no fueron agitadoras políticas ni polemistas doctrinales: fueron humildes servidoras de los pobres. Su martirio fue no solo un testimonio de fe, sino una afirmación valiente del valor de la vida religiosa en medio de la persecución secular.
c) Legado y actualidad
Hoy, las Mártires de Arrás son recordadas en toda la Familia Vicenciana como iconos de fidelidad, valentía y compasión. Su historia sigue inspirando a hermanas, sacerdotes, laicos y a todos aquellos comprometidos con servir a Cristo en los pobres.
Sus reliquias, conservadas en diversas capillas, siguen siendo veneradas. En tiempos de renovado sentimiento antirreligioso o de crisis, sus vidas ofrecen un testimonio conmovedor. Desafían a los creyentes a vivir su vocación con alegría y determinación, incluso cuando el precio es alto.
Las Mártires de Arrás son faros radiantes de caridad vicenciana en una época de tinieblas. Sus vidas nos recuerdan que la fe no es simplemente una convicción privada, sino un testimonio público del amor de Dios, especialmente en tiempos de prueba. A través de su servicio paciente, su confesón intrépida de Cristo y su entrega gozosa en la muerte, María Magdalena Fontaine, María Francisca Lanel, Teresa Fantou y Juana Gerard siguen hablando a la Iglesia y al mundo.
No son meras figuras históricas: son intercesoras, compañeras en el camino de la fe, y modelos vivos del Evangelio en acción. Su martirio no fue un final, sino un comienzo: una semilla de esperanza sembrada en la tierra ensangrentada de la Francia revolucionaria, que hoy da fruto en la Iglesia universal.
Beatas Mártires de Arrás, rogad por nosotros.
II. Vida, martirio y beatificación de Sor Margarita Rutan, Hija de la Caridad
En medio del caos y la persecución de la Revolución Francesa, incontables vidas fueron trastocadas y muchas se perdieron bajo la cuchilla de la guillotina. Sin embargo, entre estas historias de violencia y fervor ideológico, también hay relatos de heroísmo silencioso, de hombres y mujeres que se mantuvieron firmes en sus convicciones no con armas, sino con el testimonio constante de fe, compasión y servicio. Una de esas mujeres fue Sor Margarita Rutan, Hija de la Caridad, quien dedicó su vida a los enfermos y a los pobres, y que fue ejecutada por el tribunal revolucionario el 9 de abril de 1794. Su “crimen” fue su fidelidad inquebrantable a su vocación religiosa y su negativa a traicionar su conciencia.
Más de dos siglos después, Margarita Rutan fue beatificada por la Iglesia Católica, reconocida no solo como mártir de la fe, sino como símbolo de servicio amoroso vivido con valentía en tiempos de terror. Su vida y su muerte ofrecen una poderosa clave para reflexionar sobre la conciencia, la caridad y el testimonio duradero de quienes sirven a los más pequeños incluso en las horas más oscuras.
1. Infancia y vocación
Margarita Rutan nació el 23 de abril de 1736 en la ciudad de Metz, en la región de Lorena, al noreste de Francia. Fue la octava de quince hijos nacidos de Charles Gaspard Rutan y Marie Forat. Su padre era maestro albañil y contratista, un artesano respetado que transmitió a sus hijos no solo habilidades prácticas, sino también un sentido del deber, la disciplina y la integridad. Su madre, profundamente religiosa y acogedora, educó a sus hijos con un espíritu cristiano de devoción y servicio a los pobres.
Margarita creció en un hogar numeroso y trabajador, donde desarrolló desde temprano una sensibilidad hacia las necesidades ajenas y una mentalidad práctica. Era inteligente, capaz y poseía un fuerte sentido de propósito. Aprendió a leer, escribir y hacer cálculos a temprana edad, y tenía una relación especialmente cercana con su padre, de quien aprendió contabilidad básica y dibujo técnico—habilidades que más tarde aplicaría en la gestión de hospitales.
Aunque su entorno era modesto, Margarita sentía una llamada que iba más allá del matrimonio o una carrera en el mundo secular. A los 21 años, ingresó en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en París. Fundadas por san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, las Hijas de la Caridad no eran contemplativas enclaustradas, sino mujeres consagradas que vivían su vocación en el mundo, especialmente al servicio de los enfermos y los pobres. Su lema, «La caridad de Cristo nos urge», captó por completo el corazón de Margarita.
Al ingresar a la comunidad en 1757, demostró rápidamente su capacidad de liderazgo y competencia. Pronto fue enviada en misión a varios hospitales de Francia—primero en Toulouse, luego en Pau, Fontainebleau y Troyes. En cada lugar donde estuvo, dejó una huella profunda: firme pero amable, organizada y prudente, comprometida con la dignidad de cada persona a la que servía.
2. Misión en Dax: Construyendo un refugio de misericordia
En 1779, Margarita recibió su misión más importante: fue enviada a Dax, una ciudad provincial del suroeste de Francia, para hacerse cargo del recién inaugurado hospital Saint-Eutrope. El hospital, aún en sus inicios, era un proyecto promovido tanto por las autoridades religiosas como por las civiles. Margarita fue nombrada superiora de la pequeña comunidad de Hijas de la Caridad que servirían allí.
En Dax, Margarita se reveló como una verdadera líder y visionaria. Administró el hospital con disciplina y transparencia, mejorando las condiciones sanitarias, asegurando financiación y ampliando los servicios para satisfacer las necesidades de la población. Bajo su liderazgo, el hospital se convirtió en un refugio no solo para los enfermos, sino también para los abandonados, los ancianos y los niños huérfanos. Además, ayudó a fundar una escuela gratuita para niñas y talleres para jóvenes, dándoles acceso a la educación y habilidades prácticas.
Margarita trabajaba sin descanso y sin buscar interés personal alguno. A pesar de lidiar con recursos limitados, se ganó el respeto tanto de las autoridades civiles como del pueblo. Pero lo que más la caracterizaba no era solo su talento administrativo o su innovación social—era su profunda y sencilla piedad. Veía a Cristo en cada persona a la que servía, y vivía el espíritu vicenciano en cada acto de caridad.
3. La Revolución Francesa y la crisis de conciencia
Cuando estalló la Revolución en 1789, al principio trajo consigo esperanzas de justicia, igualdad y reforma. Pero con el paso de los años se volvió cada vez más radical, especialmente en lo que respecta a la Iglesia. La Constitución Civil del Clero, promulgada en 1790, buscaba someter a la Iglesia al control del Estado. Se requería que sacerdotes y religiosos juraran lealtad al régimen revolucionario, anteponiéndolo a su fidelidad al Papa y a la doctrina católica.
Para los católicos fieles, incluidos muchos religiosos y religiosas, esto supuso un profundo dilema moral. Prestar juramento significaba traicionar a la Iglesia y su consagración. Negarse al juramento significaba exponerse a sanciones civiles, arresto o incluso la muerte.
Margarita Rutan y sus hermanas se negaron a prestar juramento. Para ellas, la primera fidelidad era a Dios y a la Iglesia. Aunque inicialmente las autoridades de Dax toleraron su presencia por la necesidad de su trabajo médico, el clima político se volvió cada vez más hostil. La sospecha revolucionaria, el miedo al clero y el fervor anticlerical llegaron a un punto crítico en 1793, durante el llamado Reinado del Terror. Las Hijas de la Caridad fueron acusadas de “fanatismo”, un cargo vago pero peligroso que a menudo conducía a la condena.
4. Acusación, arresto y juicio
A pesar de su vida humilde y discreta, Margarita se convirtió en objetivo de los revolucionarios. Fue acusada de “corromper la mente de los pacientes y de la juventud” con supersticiones religiosas y de “oponerse al espíritu de la República”. Estos cargos eran tan infundados como mortales. Se afirmaba que ofrecía refrigerios a los soldados, cantaba himnos realistas y distribuía material religioso—nada de lo cual fue probado.
El 24 de diciembre de 1793, fue arrestada por orden del Comité Revolucionario local. Fue llevada al convento de las carmelitas de Dax, convertido entonces en prisión. Allí fue recluida en aislamiento. Sus hermanas, destrozadas, no podían hacer nada. El pueblo, que la conocía y amaba, estaba impotente ante el poder del Tribunal.
Su juicio tuvo lugar a inicios de abril de 1794. Fue breve y sin garantías. La supuesta evidencia consistía principalmente en rumores y acusaciones ideológicas. Su defensa—que no había cometido ningún crimen, sino que simplemente había servido a los pobres—fue ignorada. Fue condenada por “fanatismo” y “conducta contrarrevolucionaria”. La sentencia: muerte por guillotina.
5. Martirio: 9 de abril de 1794
El 9 de abril de 1794, Sor Margarita Rutan fue conducida a la guillotina, instalada en la plaza Poyanne de Dax. Iba a ser ejecutada junto a un sacerdote local, el padre Lannelongue, quien también se había negado al juramento.
Los testigos la describieron como serena, tranquila e incluso alegre. Vestida con su sencillo hábito de Hija de la Caridad, no mostró temor alguno. Se dice que se quitó su chal y ayudó a sus verdugos a atarla. Abrazó al sacerdote antes de que ambos fueran colocados sobre el cadalso. Pocos minutos después, su cabeza cayó en el cesto del verdugo.
La multitud quedó en silencio, quizás sobrecogida por la impresión y la vergüenza. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común. Pero su memoria perduró.
Un año más tarde, en 1795, cuando el Reinado del Terror comenzó a declinar, algunos funcionarios locales expresaron su pesar por su ejecución. Muchos en Dax comenzaron a hablar de ella como mártir, como una mujer que no murió por razones políticas, sino por su fe y por amor a los pobres.
6. Legado y memoria
Aunque su tumba permaneció sin nombre y su cuerpo nunca fue recuperado, el legado de Margarita Rutan echó raíces. Entre las Hijas de la Caridad, fue recordada como una hermana fiel que lo había dado todo por Cristo y por los pobres. En la Familia Vicenciana, se convirtió en un modelo de caridad vivida con valentía heroica.
Para el pueblo de Dax, se convirtió en símbolo de gracia bajo fuego. Su memoria vivió en los relatos, en las oraciones susurradas, en la creciente conciencia de que había muerto con la muerte de los santos—no oponiéndose con violencia, sino dando testimonio con su silencio, su servicio y su sacrificio.
Con el tiempo, comenzaron los esfuerzos para reconocer formalmente su santidad y heroísmo.
7. El camino hacia la beatificación
Los primeros pasos hacia la beatificación de Sor Margarita Rutan comenzaron en 1907, cuando la diócesis de Aire y Dax inició una investigación sobre su vida y muerte. En 1917, la Santa Sede la declaró oficialmente “Sierva de Dios”. Su causa avanzó con lentitud pero de manera constante.
Uno de los principales retos era probar que había muerto “in odium fidei”—por odio a la fe—un requisito indispensable para el martirio. Aunque no se requerían milagros para su beatificación como mártir, la Iglesia exigía una documentación histórica rigurosa.
Durante buena parte del siglo XX, su causa fue interrumpida por dificultades para reunir pruebas. No fue sino hasta finales de los años 90 que la Familia Vicenciana y la diócesis reanudaron los esfuerzos. En 1998 se reabrió el proceso, y en 2009 se envió la Positio a la Congregación para las Causas de los Santos.
El 19 de enero de 2011, el papa Benedicto XVI autorizó el decreto reconociendo su martirio. La ceremonia de beatificación tuvo lugar en Dax el 19 de junio de 2011, presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación.
El evento congregó a miles de fieles: clérigos, religiosos, laicos y autoridades civiles. Asistieron el ministro de justicia de Francia, funcionarios locales y miembros de la Familia Vicenciana. La celebración estuvo marcada por la reverencia, la alegría y el agradecimiento. Tras más de 200 años, Margarita Rutan fue proclamada oficialmente “Beata”.
8. Mártir de la caridad
El martirio de Margarita Rutan no se parece al de tantos otros religiosos ejecutados por desafiar abiertamente leyes anticristianas. El suyo fue el martirio silencioso de una mujer cuya “culpa” fue la fidelidad. Eligió no prestar un juramento que violaba su conciencia. Continuó cuidando a los enfermos y pobres. Y se negó a abandonar su vocación incluso bajo amenaza de muerte.
En muchos sentidos, encarna el principio espiritual de obedecer a Dios antes que a los hombres. Su vida hace eco de las palabras de los apóstoles en los Hechos: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. No buscó el martirio, pero cuando llegó, lo abrazó con la misma gracia que había definido su servicio.
Como Hija de la Caridad, su martirio tiene una dimensión única. No murió en un convento ni en la clandestinidad. Murió tras años de servicio, curando heridas, consolando moribundos, educando niñas y organizando obras de misericordia. Su martirio fue la coronación de una vida entregada a los demás. De este modo, une la caridad y la fe en un único y luminoso testimonio.
Hoy, sigue siendo un modelo para quienes enfrentan tensiones entre conciencia y presión social, entre fidelidad a la verdad y exigencias del Estado. En una época en la que la libertad religiosa aún se ve amenazada, su testimonio resuena con fuerza: el camino de la fidelidad no siempre es seguro, pero siempre es santo.
9. Su luz sigue brillando
La beata Margarita Rutan es recordada no solo por cómo murió, sino por cómo vivió. Su vida fue de servicio, integridad y fe inquebrantable. Su muerte fue testimonio de verdad y conciencia en una época de terror. Su beatificación no es solo un reconocimiento histórico, sino un llamado a imitar su valentía, su compasión y su entrega a Dios.
En la Familia Vicenciana, es venerada como una de las grandes mártires de la Revolución, junto con las Hijas de la Caridad de Arrás y Angers. Su fiesta se celebra el 9 de abril, y su memoria continúa inspirando tanto a religiosas como a laicos.
En definitiva, la historia de Sor Margarita Rutan no es simplemente un capítulo de la historia de la Iglesia. Es una parábola viva sobre el poder de la caridad, la fuerza de la conciencia y la esperanza que brilla incluso a la sombra de la muerte.
Su luz sigue brillando.

















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