Nacida en las montañas del Valle de Aosta, Nemesia Valle pasó su vida de Hermana de la Caridad en Piamonte, primero en Tortona, una populosa ciudad no lejos de las fronteras de Lombardía, y finalmente en Borgaro Torinese.
Si las sociedades del Antiguo Régimen se basaban en la estabilidad y la tradición, la segunda mitad del siglo XIX se caracterizó por la posibilidad de cambiar por fin a mejor la propia condición social. A las niñas del orfanato de Tortona y, sobre todo, a las educandas del internado de esa ciudad, la hermana Nemesia, junto con la comunidad de monjas, les proporcionó una formación humana y cristiana acorde con los tiempos. Una religiosidad sólida, viva, positiva, que les permitía afrontar los retos de la vida, alimentada por una piedad cálida, espontánea, tierna y benévola.
Incluso para la formación de las novicias em Borgaro Torinese, en tiempos de grandes cambios, era necesaria una espiritualidad madura, personalizada y convencida. La adhesión plena a la vocación de Hermana de la Caridad debía ser aceptada con total libertad por la novicia. Las exigencias de la consagración florecían mejor dentro de una relación personalizada con la Maestra del noviciado: la hermana Nemesia es recordada por sus numerosas novicias por la atención que prestaba a cada una y por mantener constantemente un temperamento benévolo y afectuoso.
Tanto en la escuela como en el noviciado, la hermana Nemesia era consciente de los límites de una formación religiosa tradicional, centrada sobre todo en la instrucción catequética esencial y en el ejercicio de prácticas piadosas. De ahí todo su empeño por fomentar en las conciencias de los jóvenes una auténtica apertura a la fe y un vigoroso espíritu de caridad y apostolado cristiano.
Entre sus escritos, percibimos la presencia de Dios, fuente de la serenidad subyacente en su corazón:
«Si la noche, el desierto y el silencio son sordos,
Aquel que te ha creado siempre te escuchará».
«¡Sed felices, sed felices!
¡Cantad, cantad siempre! No estés ansioso: ¡espera el presente!».
Su vida
1847-1862: Una infancia marcada
Julia Valle nació en Aosta el 26 de junio de 1847, dando mucha felicidad a una pareja joven y con buen pasar de Donnas que ya habían perdido prematuramente dos hijos. Anselmo Valle y María Cristina Dalbard, sus padres, la llevaron a la Fuente bautismal, el 26 de junio de 1847, en la antigua iglesia de Santo Orso y la llaman Magdalena, Teresa, Julia. Después del nacimiento de Vicente. Su infancia, transcurre serena, entre el trabajo de modista de la madre y los viajes y el comercio de su padre. Animados por un profundo sentido religioso, María Cristina Dalbard inspira en los dos hijos, una visión serena de la vida, incluso una autentica apertura hacia los demás y hacia la naturaleza. Es una guía generosa, cuida el temperamento particularmente vivo y brillante y la natural curiosidad de la pequeña Julia.
En el transcurso de 1850, por razones de trabajo, Anselmo Valle se muda a Besançon, Francia, y decide llevar consigo toda su familia. La permanencia se interrumpe traumáticamente por la muerte prematura de su esposa María Cristina, cuando Julia tiene sólo cinco años. El abuelo paterno, una tía soltera junto al papá Vicente se hacen cargo de los niños, en un ambiente muy austero, en ese ambiente los dos hermanitos perciben la tristeza de ser huérfanos.
Cuando Julia cumple 11 años para continuar sus estudios es enviada nuevamente a Besançon, y la lleva a un internado de las Hermanas de la Caridad, donde aprendió ella aprendió muy bien la lengua francesa, adquiere habilidad para tocar el piano, para bordar y pintar, enriquece su cultura y se acerca a los textos de grandes maestros de la espiritualidad católica de Vicente de Paúl y Francisco de Sales.
1862-1866: Una juventud donada
Después de haber terminado los estudios, Julia es recibida por el padre casado nuevamente, ya no en Donnas, sino en Pont-Saint-Martin. Dificultades y disgustos marcan el retorno de Julia, a causa de las difíciles relaciones con la segunda mujer de Anselmo Valle. Julia se encuentra nuevamente en contacto con aquel ambiente privado de comprensión que ya había experimentado de niña en la casa del abuelo; un ambiente cada vez más extraño sobre todo después del alejamiento voluntario del hermano Vicente, a causa de las continuas discrepancias con la madrastra. Y Julia, inexplicablemente, no sabrá nunca más donde terminó el amado hermano.
Aborda este momento difícil de su vida buscando consuelo fuera de las paredes de la casa, sobre todo entre los familiares de su madre, que siempre a quienes siempre va a visitar a Donnas: con ellos puede llegar con la memoria a los días de la infancia, el recuerdo de la figura materna y de los años felices pasados en su compañía
Tal vez por esta misma razón, para Julia es fácil encontrar apoyo en las Hermanas de la Caridad, establecidas en Pont-Saint-Martin, sus maestras de Besançon quienes la animan y apoyan. Ciertamente, observa con mayor conciencia y atracción agradable su forma de vida de caridad. Julia se convierte en una frecuentadora asidua de la pequeña comunidad de hermanas dedicadas a la enseñanza y a la educación de las niñas y rápidamente comienza a ayudar a las hermanas en la catequesis, en la enseñanza del bordado y del telar y siendo una ayuda en la recreación.
Cuando llega para Julia el momento de interrogarse sobre su futuro, sus estudios en Besançon y la colaboración con las hermanas de Pont-Saint-Martin contribuyen a hacer madurar en ella una auténtica predilección por la figura de la docente, capaz de ser para los jóvenes un punto de referencia y una guía para su vida. Pero la imagen de la docente, para Julia, está indiscutiblemente unida a la elección religiosa, que une la donación total a Dios, la tarea educativa, las obras de caridad y la vida común.
1866-1903: Un nombre nuevo, una vida nueva
Su padre Anselmo es sorprendido por la decisión de la hija al elegir la vida religiosa, trata de disuadirla, pero termina aceptando su elección y la acompaña el 8 de septiembre 1866 a Vercelli, al Monasterio de Santa Margarita, donde las Hermanas de la Caridad tienen un noviciado: para Julia es el nacimiento de una nueva vida en paz y alegría, aun en medio de las lágrimas de un nuevo desprendimiento
Al final del noviciado, Julia recibió el hábito religioso y con el hábito, como una señal del comienzo de una nueva vida, un nombre nuevo: Hermana Nemesia. Nemesia es el nombre de un mártir de los primeros siglos del cristianismo. Está feliz. Este nombre se debe transformar en un estilo vida: «Ser testigo de mi amor por Jesús, hasta el final, pase lo que pase siempre».
El comienzo de su misión sucede en Tortona, en la provincia de Alessandria, en el Instituto de San Vicente, que tiene una escuela primaria y secundaria, un pensionado, y un orfanato. La Hermana Nemesia rápidamente se convierte en punto de referencia para cualquier iniciativa formativa, educativa, apostólica y misionera. Está presente participando en las distintas iniciativas, con la apertura del corazón y con los brazos, incluso donde hay un trabajo humilde, para hacer, donde hay un sufrimiento que consolar, donde hay una dificultad que impide las relaciones serenas, donde el cansancio, el dolor, la pobreza limitan la calidad de vida, donde es necesario abrir caminos nuevos para la reforma escolar y la catequesis.
«¡Oh, el corazón de la Hermana Nemesia»! Las estudiantes, las familias, los huérfanos, los pobres, los seminaristas, los vecinos soldados que se acercan a ella para que les escriba una carta, pidiéndole que remiende una prenda, para así calmar la nostalgia, todos creen que tienen un lugar particularmente en su corazón, más aún después de su nombramiento como Superiora que sólo acepta para poder realizar un mejor servicio.
Los compromisos son muchos, también debe hacer mensualmente las cuentas del Instituto, casi siempre en rojo, pero si alguien necesita hablar, la escucha con atención, como si no tuviera otro pensamiento. Hay algunos desencuentros con sus hermanas, pero su calma es impresionante. Plancha continuamente, proporcionando así la ropa a las huérfanas, y a los seminaristas, para los que tiene un cariño especial, también para los soldados del distrito militar cercano. Las generaciones se suceden: todos quieren mantener contacto con la Hermana Nemesia, regresando al colegio para presentar un novio o un bebé recién nacido.
Incluso si el dinero no es suficiente, se esfuerza por conseguirlo para la misión. El director espiritual del Instituto, Padre José Carbone, Capuchino, partió para Eritrea. Ella lo sostiene, y con tantas iniciativas recauda dinero para ayudarlo. Así nació el primer círculo misionero de la ciudad. Ayuda como puede al joven Padre Luis Orione, fundador de los Hijos de la Divina Providencia, y hospeda varias veces la Beata Teresa Grillo Michel, fundadora en Alejandría de las Pequeñas Hermanas de la Divina Providencia. Con ellos establece una intensa y fecunda colaboración, compartiendo los ideales religiosos y la atención caritativa.
1903-1919: Las últimas etapas en el desierto
El 10 de mayo de 1903 la Hermana Nemesia debe dejar Tortona: la esperan en Bórgaro Torinese, un pequeño pueblo a pocos kilómetros de Turín, donde se está abriendo un noviciado de la nueva provincia de Turín. Aquí las jóvenes novicias esperan una maestra que las acompañe en el largo camino, nuevo para ellas, austero, pero impregnado de alegría por la entrega a Dios ya los pobres, en el espíritu de Santa Juana Antida Thouret.
La Hermana Nemesia en Borgaro es presencia activa junto a sus colaboradores, tanto quienes trabajan en el interior de la casa, en el parque, en el jardín y sobre todo cerca de las jóvenes. Su método de formación es siempre en nombre de la bondad, de la comprensión que educa a la renuncia por amor, de la paciencia que sabe esperar y encontrar el camino justo que conviene a cada una. Sus novicias recuerdan: » Nos conocía a cada una, entendía nuestras necesidades, nos trataba personalmente, según nuestra naturaleza, nos pedía aquello que lograba hacernos amar».
Durante un período de trece años, quinientas novicias aprendieron de ella la confianza en Dios, el amor a la oración, la dedicación y el servicio a los pobres, el sentido evangélico de la comunidad; saben apreciar su testimonio de fortaleza frente a las tribulaciones, quieren imitar una santidad expresada y vivida día a día, «La santidad no consiste en hacer muchas cosas o hacer cosas grandes, sino se trata de hacer lo que Dios nos pide, con paciencia, con amor, y sobre todo con la fidelidad a su deber, fruto del gran amor «. «… Santo es el que se entrega cada día al Señor en su lugar. ¡El amor donado es lo único que queda: antes que tu felicidad, procura haber amado mucho!»
Sin embargo, la Superiora Provincial tiene un carácter que notablemente no concuerda con el sentir y el actuar de la primera maestra de novicias. Según ella, un método más rígido habría forjado las futuras religiosas de una manera más pronunciada, religiosa y confiable. Esta diferencia de miradas genera contrastes relevantes que la llevan a reprimendas y humillaciones incluso en público. La Hermana Nemesia acoge todo en silencio y en el silencio continúa su camino, sin dejar de cumplir con sus responsabilidades: «De estación en estación recorramos nuestro camino en el desierto… y si el desierto es sordo Aquel que nos ha creado estará allí siempre escuchando. … »
Los años de Borgaro Torinese representan para la Hna. Nemesia un verdadero tiempo de prueba por las dificultades e incomprensiones. Es muy equilibrada y serena en su vida interior y en el método de formación de las novicias, pero es torturada por una angustia sin nombre. Tiene la sensación de no entender nada más y de ir por un camino errado: se ve claramente que su Superiora Provincial, no la aprueba; y las hermanas la acusan de debilidad… Las constantes dificultades e incomprensiones contribuyen a empeorar su estado de salud, que se agrava de improviso en el otoño de 1916. Afectada por una grave pulmonía, muere tras seis días de agonía, el 18 de diciembre de ese mismo año.
La oración que hizo desde el inicio de si vida: “Jesús desnúdame de mi, revísteme de Ti” la acompañó toda la vida. Ahora puede decir: “no soy más para nadie”. El despojo es total. Es el total ofrecimiento de una existencia toda entregada al Amor.
Su perfil espiritual
Resumir el perfil espiritual de la Hna. Nemesia no es fácil: su rostro expresaba calma, paz, infundía serenidad, incluso cuando su ánimo estaba agitado. Y toda su vida no era más que la suma de muchas cosas normales, las ocupaciones ordinarias, tareas comunes para nada emocionantes. Me equivocaría si buscara en la vida de la humilde hermana Valdostana sucesos extraordinarios hechos y acontecimientos extraordinarios, acontecimientos que demuestren un camino religioso llevando el estandarte de lo excepcional. El testimonio espiritual de la Hermana Nemesia se desarrolla, por el contrario, en lo ordinario, privilegia la dimensión de la cotidianeidad. Su vida es un fuerte mensaje de humildad y de caridad, su fidelidad al carisma, su dedicación a las novicias y a las hermanas están íntimamente ligados a su amor por la Iglesia, que se manifiesta en su ardiente espíritu misionero y en su generosa y feliz voluntad de servir a todos en la Iglesia.
En su itinerario espiritual influyeron múltiples factores: la sólida educación religiosa recibida en la familia, los studios realizados en el Instituto de Besançon y los fuertes vínculos establecidos con las Hermanas de la Caridad de Pont-Saint Martin, la formación adquirida en el noviciado de Vercelli, el encuentro con los grandes maestros del espíritu, por medio de un acercamiento a los textos de Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Vicente de Paúl.
Todo contribuye a desarrollar en la Hermana Nemesia un vivo sensus Ecclesiae, una auténtica pasión misionera y una acción educativa de rasgos realmente incisivos y totalmente adaptados a las necesidades de su tiempo.
Es el Misterio Pascual que nos renueva
Como la existencia de la Hermana Nemesia fue extremadamente simple se desarrolló en sólo dos lugares Tortona y Borgaro y sólo dos actividades: la enseñanza y la vida religiosa, por lo que la perspectiva espiritual de donde la Hermana Nemesia se nutre tiene un solo y único alimento teológico fundamental: el amor de Jesús Crucificado. Y es en la imitación de Cristo sufriente que radica su concepción del apostolado, de la educación y de la caridad.
El anuncio del Evangelio, la educación humana y cristiana de las nuevas generaciones, el servicio a los pobres, su ansia misionera, la formación religiosa de las novicias se configuran como imitación y seguimiento de Jesucristo, como un compromiso para continuar su obra de redención entre hombres, como participación al misterio de Cristo Salvador y Redentor: “Deseosísima que Dios sea conocido, amado y servido por todas las criaturas y fuertemente iluminado por el celo por la salvación de las almas – recuerda una de sus alumnas, que más tarde se convirtió en una Hermana de la Caridad – nos inculcaba de rezar, para que la fe católica fuese ampliamente difundida, para que Dios tuviese mayor gloria.”
Es la unión con Dios que nos transfigura
Mientras se dividía entre los compromisos y las preocupaciones cotidianas que derivan del servicio a las alumnas, a las huérfanas y a las novicias, fue absorbida también por las tareas y por las responsabilidades relacionadas con el papel de educadora, mientras se prodigaba en la búsqueda de toda forma de ayuda para los misioneros, mientras no perdía la oportunidad de ayudar a los pobres, a los enfermos, a los encarcelados, la Hna. Nemesia vivía constantemente una intensa participación interior en el misterio de Dios, alimentada por una piedad cálida, tierna espontánea y amable.
Su específica impronta espiritual se manifestaba sobre todo en los momentos de silencio y de oración, al percibir los signos de la revelación de Dios en todo momento de su vida y en el constante mantenimiento de un temperamento benévolo y amoroso, dotado de una común capacidad de penetración de las almas.
El fuerte deseo de vivir interiormente en la luz y en el consuelo de la presencia de Dios se expresaba en los momentos de recogimiento y oración, y se convirtieron en un motivo y sostén hacia los demás y hacia las vicisitudes de la vida caracterizadas por la mansedumbre singular, alegría, sonrisas no comunes. La atención constante dedicada a discernir las formas más apropiadas de relacionarse el temperamento y al carácter de las personas con las que entraró en contacto y la paciencia incansable de quien sabe dar amplia prueba se unían a una resuelta fuerza de ánimo, que permitió a la Hermana Nemesia mantener, en diferentes circunstancias, un constante equilibrio y una serena armonía interior.
Acogió las vicisitudes de la vida y todos los sufrimientos, muchos de los cuales estaban a menudo injustamente ocasionados, con una actitud de sumisión y humildad, actitud que le permitió sonreír ante la adversidad y la ayudó a no exteriorizar las aflicciones y las angustias de su alma.
En la vida espiritual de la Hermana Nemesia, el amor al prójimo se configuraba como la más alta manifestación de su confianza y de su total abandono en Dios, en cuyas manos ponía su voluntad y encomendaba su alma, segura de que todo sufrimiento era una herramienta eficaz para la purificación y la elevación espiritual. En la persona afligida, en los enfermos, en el pobre en el huérfano, ella contemplaba el rostro de Cristo sufriente que, a través del sacrificio de la cruz, había restituido a la humanidad entera una oportunidad de salvación.
Guía y directora espiritual
Con los años de docente en el Instituto San Vicente de Tortona, y sobre todo en el largo período, en el que se desempeña como maestra de novicias en Borgaro Torinese, la Hermana Nemesia ejercitó una intensa actividad de guía y de dirección espiritual, a través de entrevistas personales a las jóvenes, en formación, a través de los numerosos escritos dirigidos a las alumnas y a las novicias, a través también de la fluida correspondencia con sus antiguas alumnas, que continuaban pidiendo consejo y ayuda, incluso después de su salida de la escuela y del noviciado.
Sobre todo, la correspondencia epistolar nos permite comprender la base de fondo que impulsó la intensa labor de dirección espiritual realizada por la Hermana Nemesia. Podemos percibir el espíritu de profunda generosidad y comprensión, su amplitud de mirada, su consejo siempre persuasivo y eficaz.
Su temperamento se caracterizó por la bondad profunda y su paciente disponibilidad y comprensión en todo tipo de circunstancias, desde la más benévola a la más cargada de hostilidad, contribuía a hacer de ella una personalidad particularmente dotada de análisis y de orientación de las conciencias.
Podemos decir que la capacidad de escuchar de la Hermana Nemesia y de dar respuestas significativas a los muchos problemas existenciales y a la compleja búsqueda espiritual de las jóvenes recibidas en el noviciado, representa no tanto una habilidad innata o una predisposición natural a las relaciones interpersonales, sino el resultado de un refinamiento espiritual de sus dotes de intuición y de penetración psicológica: por la constante y viva preocupación acerca del feliz éxito del itinerario humano religioso de las jóvenes a ellas confiadas.
Experta en humanidad
El suyo fue un testimonio de humanidad con matices de delicadeza, sensibilidad, dulzura, respeto, refinamiento. Y, en particular, su estilo educativo estaba también el centrado en la ejemplaridad, en la dulzura, en el diálogo afectuoso; su método privilegiaba la simplicidad, el equilibrio, la fuerza interior y cuidaba la madurez de la personalidad humana y religiosamente maduras.
Para la realización de este fin, la Hermana Nemesia tenía en cuenta los límites de la formación religiosa tradicional, centrada principalmente en la educación y en la catequesis esencial y en el ejercicio de las prácticas devocionales. Desde aquí, todo su empeño en hacer madurar en las conciencias juveniles una auténtica apertura a la fe y un vigoroso espíritu de caridad y de apostolado cristiano. También a este fin, la Hermana Nemesia no dejaba nunca de exhortar a sus ex alumnas a mantener siempre la espontaneidad y a cultivar el impulso y la novedad características de los años juveniles, de modo que la monotonía de las tareas cotidianas y el peso de la responsabilidad de la vida adulta no esterilizasen su testimonio de fe y su anhelo de caridad con el prójimo.
Fuente: https://www.suoredellacarita.org/








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