La conmemoración este año del “Jubileo de la Esperanza”, nuestra reciente celebración de Pentecostés y el memorial de la semana pasada por San Bernabé apuntan, para mí, en una misma dirección. Todos estos momentos nos impulsan hacia un futuro sólidamente arraigado en el esfuerzo del presente. Este elemento constante ha encontrado un lugar en mi oración y en mi predicación.
Una de mis frases favoritas sobre la esperanza dice así: “sin esperanza en el futuro, no hay fuerza en el presente”. Aprecio mucho ese pensamiento y lo he usado con frecuencia en charlas y escritos. Sin la confianza de que las cosas pueden cambiar y mejorar, me puede faltar la voluntad y la energía para marcar la diferencia con mis acciones hoy. La esperanza nos orienta hacia el futuro, con su mirada positiva y la certeza de que las cosas mejorarán si nos comprometemos. Su lugar como una de las virtudes teologales reafirma nuestra confianza en las promesas de Dios y la creencia de que Él reina por siempre. La esperanza subraya y expresa nuestro anhelo por el Reino. Y por eso, trabajo con esperanza por el establecimiento de ese Reino aquí y ahora.
Pentecostés, por supuesto, resalta el don del Espíritu Santo que Jesús nos aseguró. Este Espíritu ilumina nuestro camino, fortalece nuestra voluntad y da energía a nuestras acciones. Jesús lo prometió:
“Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad… El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14,16.26)
Sí, este Espíritu Santo guía y anima a la Iglesia en su caminar. El Espíritu nos ayuda a comprender mejor las enseñanzas y propósitos de Jesús mientras nos esforzamos por vivir nuestra vida cristiana. Nos abre nuevas formas de pensar y actuar que sólo pueden llevarnos a una unión más profunda con nuestro Dios. El Espíritu nos dirige hacia un futuro en el que Dios reina.
Y sí, también Bernabé. Me siento sinceramente cautivado por la vida y las enseñanzas de Bernabé. Cuando predico durante el Tiempo de Pascua, con frecuencia presento a este discípulo cristiano de los primeros tiempos como ejemplo digno de admiración e imitación, mientras escuchamos su historia en los Hechos de los Apóstoles. Su nombre lo dice todo: “Bernabé” significa “hijo de la consolación” o “hijo del aliento”. Cada vez que aparece en los Hechos, demuestra cómo encarna ese nombre. Da aliento: a la Iglesia en Jerusalén, a los gentiles en Antioquía, a Pablo cuando abraza su ministerio, a las comunidades a las que él y Pablo son enviados en misión, y (estoy convencido) también a Marcos. El impulso de edificarnos unos a otros es un movimiento esencial hacia un futuro más deseable. Yo sé cuánto me ha moldeado el estímulo que otros me han ofrecido. En mis mejores días, reconozco la necesidad de ser yo también una fuente de ese mismo apoyo para los demás, resaltando sus dones y disculpando sus fallos con esperanza en el cambio. El aliento me ayuda a guiar a otros y a dejarme guiar hacia un futuro mejor.
Una cita de Jeremías me inspira:
“Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —oráculo del Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro lleno de esperanza” (Jer 29,11)
Descubrir el plan de Dios para nosotros y luego colaborar con él lo mejor que podamos nos lleva a un futuro mejor y más lleno de alegría. Las celebraciones de estos días—con el Jubileo de la Esperanza, Pentecostés y el recuerdo de Bernabé—nos orientan hacia esa bendición.













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