San Vicente de Paúl y la necesaria inculturación en la transmisión del Evangelio

José Alves, CM
15 junio, 2025

San Vicente de Paúl y la necesaria inculturación en la transmisión del Evangelio

por | Jun 15, 2025 | Formación, Jubileo 400 aniversario | 0 Comentarios

La inculturación es una exigencia del Misterio de la Encarnación. El primero en inculturarse fue el Verbo de Dios, que se hizo carne para que pudiéramos comprender todo el mensaje que el Padre, por medio de Él, quería comunicar a la humanidad (1). Este mensaje se transmitió en la cultura semítica (aramea) y posteriormente en la griega, romana, egipcia y asiria, dando lugar a diferentes expresiones y ritos en la transmisión de la fe y del mensaje revelado a los diversos pueblos. Este fenómeno continuó a lo largo de la historia con la evangelización de los pueblos eslavos y anglosajones del centro y norte de Europa: el mensaje cristiano influyó en sus hábitos y costumbres, transformándolos; a su vez, recibió la influencia de estos mismos pueblos, integrando expresiones culturales en el culto y el lenguaje que les ayudaron a interiorizar el mensaje cristiano.

En los siglos XVI y XVII encontramos dos movimientos en sentido contrario. Con el descubrimiento de nuevos mundos, pueblos y culturas, se sintió la necesidad de continuar esta inculturación, fruto de la experiencia misionera lejana, en pueblos de culturas tan diferentes (2). Por otra parte, con el auge y crecimiento del nacionalismo, Europa, especialmente Francia, se consideraba el centro del mundo y, con el nacimiento y crecimiento del absolutismo, cualquier pensamiento que no fuera europeo era visto con cierto recelo.

En este contexto se sitúa la vida y la labor pastoral del P. Vicente de Paúl. Aunque su acción pastoral se desarrolló en el gran espacio del territorio francés, ¿qué pensaba él de esta cuestión pastoral? Hay que considerar dos aspectos.

El P. Vicente, sin emplear esta palabra, insistía mucho en la inculturación para hacer accesible el Evangelio a los pobres, a los campesinos. Ellos son portadores de una cultura muy diferente de la de las élites aristocráticas y burguesas. Hablar claro y de forma accesible a todos, para que el mensaje cristiano pueda ser comprendido, es un aspecto destacado de su predicación. Lo llamó el «Pequeño Método» o método simple. Algunos dicen que tal vez estuviera influido por las ideas cartesianas, pero la razón fundamental era la constatación misma de que había que proclamar el Evangelio en un lenguaje que la gente pudiera entender y que les condujera a la conversión, plasmada en un cambio de las prácticas individuales y sociales.

El horizonte del P. Vicente no comprendía en un principio las misiones «ad gentes». Su principal preocupación era la pobre población rural «que se condena y muere de hambre» en el vasto territorio de Francia y de Europa. Cuando este reto le llegó a través de Propaganda Fide, lo secundó, pero sugirió el nombre de un sacerdote de las llamadas «Conferencias de los Martes», el P. Pallu, que se convirtió en el fundador de la «Sociedad de Misiones Extranjeras».

Cuando la «Providencia» le hace una nueva señal para ampliar sus horizontes más allá de Europa, en una carta al padre Nacquart, a quien elige para esta nueva misión, ahora en Madagascar, le revela cuáles deben ser las pautas para evangelizar a pueblos con una cultura tan diferente: «Lo principal es que, después de esforzarse en vivir con las personas que tenga que tratar en olor de suavidad y de buen ejemplo, procuren que aquellas pobres gentes, nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, comprendan las verdades de nuestra fe, no ya por la sutiles razones de la teología, sino por razonamientos sacados de la naturaleza; pues hay que comenzar por ahí, intentando hacerles comprender que no hace usted más que desarrollar en ellos las señales que Dios les ha dejado de sí mismo y que había ido borrando la corrupción de la naturaleza, desde hace mucho tiempo habituada al mal. […] e gustaría que les hiciera ver las debilidades de la naturaleza humana mediante los desórdenes que ellos mismos condenan» (SVP ES III, 257-258). Hoy diríamos que hay que empezar a evangelizar desde los valores más profundos de estos pueblos, tratando de descubrir las «Semillas del Verbo», según el lenguaje del Concilio Vaticano II.

A continuación, sugiere un método que utilizó para catequizar a un joven malgache que iba a ser bautizado ese día en San Lázaro: «Yo utilizo estampas para instruirle y me parece que esto sirve para que se ate su imaginación» (SVP ES III, 259).

El padre Nacquart siguió el consejo del padre Vicente: mandó pintar un enorme cuadro sobre los novísimos, de vivos colores, que llevaba colgado del hombro y que desenrollaba durante la catequesis, moviendo a su conmovido público a decidirse. El misionero era muy consciente de que aquello no era más que un instrumento para despertar conciencias. Formarlas era mucho más difícil y laborioso. El bautismo, sólo tras la instrucción y las garantías de perseverancia. Hoy, diríamos, después de un catecumenado serio. Su visión de la evangelización iba mucho más lejos de lo que había sugerido el padre Vicente. Pensó en un seminario. Era necesario formar sacerdotes, sacados de la propia raza, cosechados de la propia tierra. Pero las enfermedades tropicales, a las que su cuerpo no estaba acostumbrado, le impidieron realizar sus sueños.

Otra de las grandes preocupaciones del padre Vicente era que se aprendiera la lengua de los pueblos a los que los misioneros iban destinados. A menudo aborda esta cuestión en sus cartas, lamentándose cuando constataba una falta de interés por parte de los sacerdotes: «No tiene que extrañarse usted de advertir cierta tristeza en esos padres; […] su tristeza proviene de que no pueden trabajar en una cosecha tan hermosa, con lo que se quedan llenos de deseos, pero sin poder conseguir su efecto por falta de conocimiento de la lengua. […] Anímeles cariñosamente al estudio y al progreso en la lengua» (3). No falta el humor en su forma de abordar este tema, con críticas veladas a la falta de progreso en esta labor: «Me alegra mucho saber que el hermano Demortier haya hecho tantos progresos en la lengua que sepa decir ya: ‘Sí, señor’». Y luego, en un tono más serio: «spero que pronto la sabrá bastante bien para que pueda instruir a sus mismos profesores, esto es, a las gentes de ese país, y que en favor de las mismas Nuestro Señor hará de él un buen obrero por medio de usted» (4).

Esta preocupación por inculturar el mensaje cristiano en el lenguaje, la organización y la estructura de la Iglesia local, iniciada con el Padre Vicente de Paúl, se convertirá en tradición y patrimonio en la Congregación de la Misión. Y al abordar este tema, no puedo olvidar al Padre Vincent Lebbe, misionero belga, junto con su cohermano el Padre Cotta (5), italiano, que influyó en el Papa Pío XI, tanto en la gran encíclica misionera Maximum Ilud como en el nombramiento de los seis primeros obispos chinos. Fundó dos congregaciones religiosas chinas, dando inicio a un movimiento de inculturación de la Iglesia católica en China, que fue trágicamente interrumpido por la victoria del Partido Comunista Chino en 1949, destruyendo toda la estructura de la Iglesia china.

Padre José Alves, CM

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(1) Véase el Prólogo del Evangelio según San Juan.

(2) Ritos chinos; la experiencia de inculturación en Brasil, India, etc.; la película «La Misión», que revela mucho sobre este trabajo.

(3) Carta al P. Juan Martin (SVP ES V, 516).

(4) Carta al P. Juan Martin (SVP ES VI, 317).

(5) El padre Antoine Cotta ingresó en la Congregación de la Misión en 1891. Redactó y envió un «Memorándum» sobre las misiones en China al cardenal Serafini, Prefecto de Propaganda Fide, en 1917. Este memorándum pretendía favorecer el acceso del clero chino al episcopado, apoyándose en argumentos extraídos de papas, obispos y otros. En su opinión, la costumbre de su época se oponía a dicho acceso. Critica el «colonialismo espiritual» dentro de las misiones chinas; sostiene que los cristianos chinos deben desarrollar una Iglesia autosuficiente para poder desarrollarse. Hace referencia a varios documentos papales que apoyan la formación de un clero nativo independiente e insta a la Iglesia a formar sacerdotes chinos para que asuman funciones eclesiásticas plenas. Este memorándum es importante por el papel que desempeñó en la inspiración de la decisión del Papa Pío XI de ordenar a los primeros obispos chinos en 1926, lo que marcó un punto de inflexión en la vida de la Iglesia católica china (resumen del citado «Memorándum»).

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