El 16 de junio de 2025 se cumplen 288 años de la canonización de san Vicente de Paúl, acontecimiento celebrado en Roma en 1737 bajo el pontificado de Clemente XII. El siguiente resumen del proceso de beatificación y canonización del santo fundador está basado en el capítulo dedicado al proceso, escrito por Pierre Coste en su obra Le Grand Saint Du Grand Siecle Monsieur Vincent, vol 3, capítulo LXVI.
I. El impulso inicial hacia la glorificación: veneración temprana y deseo colectivo
Ya desde sus funerales, celebrados el 23 de noviembre de 1660 en la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, la figura de Vicente fue objeto de elogios que desbordaban la admiración humana. El poeta Loret, cronista de su tiempo, escribió unos versos en los que afirmaba que, si él fuese pontífice romano, no dudaría en canonizarlo inmediatamente[1]. Esta percepción no era aislada: eclesiásticos como el obispo Henri de Maupas du Tour veían en él a un futuro santo reconocido por la Iglesia.
El primer trabajo serio en favor de la glorificación de Vicente se debe a sus sucesores inmediatos, especialmente a M. Alméras, quien colaboró con Abelly en la composición de una vida biográfica sistemática y recopiló sus escritos y discursos. Sin embargo, no fue hasta la Asamblea General de la Congregación de la Misión en 1697 que se tomó formalmente la iniciativa de abrir la causa de beatificación.
El superior general M. Pierron, por medio de una circular enviada el 26 de octubre de ese mismo año, pidió a sus misioneros y a las Hijas de la Caridad que, de manera discreta, recolectaran testimonios y evidencias que pudieran contribuir a la causa. Las instrucciones eran claras: actuar «en silencio y sin ostentación», conscientes del valor incalculable de cada testimonio de primera mano, dado que habían transcurrido ya 37 años desde su muerte.
II. El Proceso del Ordinario en París y en las provincias
La etapa inicial del proceso canónico comenzó en París, en enero de 1705, bajo la jurisdicción del cardenal de Noailles, arzobispo de la diócesis. La constitución del tribunal del Ordinario incluyó, además del presidente, dos doctores en teología y la participación activa del postulador oficial, el sacerdote de la Misión M. de Cès. La primera sesión solemne del tribunal se celebró el 5 de enero, y los primeros testigos prestaron juramento el 10 de febrero.
En total se recogieron las declaraciones de 299 personas, entre las que se contaban 40 sacerdotes de la Congregación de la Misión, 49 Hijas de la Caridad, 16 Visitandinas, una dama de la Caridad, representantes de comunidades religiosas fundadas o asistidas por san Vicente (como las Hijas de la Providencia y de la Cruz), así como laicos, médicos y campesinos. Un joven acogido en el hospicio de los Niños Expósitos también testificó, confirmando el efecto profundo y tangible de las obras de Vicente sobre los más necesitados[2].
Para no exigir viajes largos a testigos ancianos o enfermos que vivían fuera de París, se enviaron jueces delegados, entre ellos Jean Genest, doctor y abad comendatario. Su misión fue recoger declaraciones en diversos lugares: Valpuiseaux, Étampes, Chartres, Verdun, Meaux, y otras diócesis de la provincia. Su diligencia, que lo llevó a ausentarse de París durante meses, permitió reunir un abanico representativo de experiencias sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios.
De especial relevancia fue la investigación en la diócesis de Verdun. Durante la gran hambruna que azotó a la región, Vicente había auxiliado con generosidad a numerosos conventos femeninos. Se escucharon así a cuatro Carmelitas, siete Clarisas y cinco religiosas de Saint-Maur. Aunque los religiosos fueron menos numerosos entre los testigos, la amplitud y diversidad de las voces recogidas reflejaban una santidad reconocida en todos los estratos de la vida eclesial y social.
III. El proceso de non cultu y la verificación del respeto a las normas litúrgicas
Uno de los requisitos esenciales en las causas de beatificación es comprobar que el candidato no haya recibido culto público fuera de lo permitido antes del reconocimiento oficial de su santidad. Por ello, se llevó a cabo un proceso paralelo de non cultu, es decir, para demostrar que los honores rendidos a Vicente no excedieron los márgenes establecidos por la Iglesia.
Once testigos fueron convocados con este fin, todos ellos con acceso cotidiano a la iglesia y casa de San Lázaro, lugar donde Vicente había vivido y donde reposaban sus restos. Entre ellos se contaban el superior del seminario de las Misiones Extranjeras, François Leschassier (superior del seminario de San Sulpicio), y varios canónigos y párrocos de París.
El tribunal inspeccionó con minuciosidad la tumba, la sacristía y la habitación del Siervo de Dios. Allí encontraron numerosos objetos personales: un sombrero y una boina protegidos en papel, cilicios, bastones de peregrino, chapeletas, sandalias gastadas, camisas humildes, un breviario y un diurnal. También se hallaban el corazón conservado en una custodia de plata y los órganos extraídos durante la primera preparación del cuerpo[3].
Pese a la presencia de estos objetos, no se encontró evidencia alguna de culto litúrgico indebido: ni oraciones públicas, ni misas en su honor, ni imágenes expuestas para veneración pública. Todo ello permitió al cardenal de Noailles declarar con seguridad que no se había violado la normativa canónica.
IV. El traslado del proceso a Roma y las objeciones del Promotor de la Fe
Concluidas las fases locales, el proceso fue trasladado a Roma para ser examinado por la Sagrada Congregación de los Ritos. El postulador M. de Cès fue el encargado de llevar a la Santa Sede la documentación canónica completa, cuya entrega formal se realizó en 1706. En total, el expediente contenía unas 4.000 páginas, fruto de años de investigación, testimonios y verificación documental.
El Papa Clemente XI dispensó a la causa de Vicente de Paúl de la espera habitual de diez años entre la clausura del proceso del Ordinario y su apertura en Roma. No obstante, diversos factores retrasaron su avance, como la muerte del secretario de los Ritos y las tensiones políticas provocadas por la Guerra de Sucesión Española, que afectaban a los Estados Pontificios.
Mientras se solucionaban estos obstáculos administrativos, el nuevo postulador, M. Couty, empleó su tiempo en reforzar la causa con nuevas cartas postuladoras de obispos y autoridades civiles. Presentó más de 50 cartas al Papa en una sola audiencia, obteniendo de Clemente XI una muestra de entusiasmo: «¡Un plato lleno de cartas! ¡Qué hermoso testimonio de estima universal!»[4].
Una vez abierto el expediente en 1709, el Promotor de la Fe —cargo también conocido como el abogado del diablo— presentó sus objeciones. Entre las más significativas se encontraba la supuesta cercanía de Vicente con el abad de Saint-Cyran, figura asociada al jansenismo. Se mencionaba que el santo había recibido favores del abad y, a cambio, lo habría protegido durante su encarcelamiento, evitando denunciarlo como hereje.
Esta afirmación se basaba en un libelo anónimo, de origen jansenista, atribuido a Barcos, sobrino de Saint-Cyran. El Promotor, que no era otro que Prosper Lambertini, futuro papa Benedicto XIV, se sirvió de ese texto para sembrar dudas sobre la ortodoxia doctrinal de Vicente de Paúl.
Sin embargo, M. Couty logró rebatir estas acusaciones. Demostró que la relación entre Vicente y el abad de Saint-Cyran se produjo en un tiempo en que las posiciones heréticas de este último no eran aún manifiestas ni condenadas por la Iglesia. Subrayó además que Vicente había combatido firmemente el jansenismo una vez que sus errores fueron claros. El libelo utilizado era, además, tendencioso y de valor nulo por ser anónimo y falto de pruebas sólidas[5].
El Promotor no insistió, y la objeción fue considerada refutada. Así se consolidó la defensa de la ortodoxia doctrinal de Vicente, paso crucial para declarar la heroicidad de sus virtudes.
V. La validación del proceso y los juicios posteriores en París
Durante esta etapa, Roma también debía confirmar la validez formal de los procesos instruidos en Francia. De los numerosos subprocesos enviados, treinta fueron descartados por carecer de algunas formalidades esenciales. No obstante, los ocho más importantes fueron aprobados, incluyendo el proceso principal de París y el proceso de non cultu.
Seguidamente, se abrió en París el llamado proceso in genere, cuya finalidad era constatar que la fama de santidad de Vicente se mantenía incólume desde el cierre del proceso ordinario. Este juicio fue presidido por el cardenal de Noailles y acompañado por dos obispos auxiliares. Declararon 14 testigos, entre ellos el cardenal d’Estrées y el obispo de Clermont. Todos coincidieron en que la beatificación no encontraría resistencia sino entre jansenistas declarados[6].
Después siguió el proceso in specie ne pereant probationes, orientado a recoger testimonios de testigos ancianos cuya muerte podría impedir su participación futura. En esta fase declararon más de 60 personas, en su mayoría superiores religiosos, Hijas de la Caridad y miembro de las Cofradías de la Caridad.
Finalmente, se abrió el proceso in specie sobre las virtudes y milagros. Este incluyó una inspección del cuerpo de Vicente de Paúl, en presencia del cardenal de Noailles, de médicos y de miembros del tribunal. El cuerpo, tras 51 años sepultado, fue hallado sorprendentemente bien conservado. El testimonio del procurador general Dusaray fue conmovedor: «Sus manos, brazos y rostro permanecen íntegros; su sotana, húmeda pero intacta, parecía recién tejida. Los médicos confirmaron que tal conservación no era explicable por causas naturales»[7].
Este hallazgo fue interpretado como una señal más de la gracia y santidad que había acompañado a Vicente incluso después de su muerte.
VI. El reconocimiento de la heroicidad de las virtudes y el debate teológico en Roma
La fase más determinante del proceso de beatificación era la declaración de que el Siervo de Dios había practicado las virtudes cristianas —teologales y cardinales— en grado heroico. Para ello, se requerían al menos tres congregaciones sucesivas en Roma: la antipreparatoria, la preparatoria y la general, esta última presidida por el mismo Papa.
La congregación antipreparatoria tuvo lugar el 22 de enero de 1715, bajo la dirección del cardenal ponente y del Promotor de la Fe, Prosper Lambertini. Fue en este momento cuando el abogado del diablo desplegó sus objeciones más elaboradas. Se centró en aspectos como:
- Las supuestas simpatías de Vicente por el abad de Saint-Cyran.
- Un antiguo conflicto con los benedictinos de Saint-Méen, donde se habrían producido incidentes escandalosos.
- La aparente facilidad con que Vicente había dejado las parroquias de Clichy y Châtillon.
- El hecho de que hubiese sido ordenado diácono y sacerdote antes de la edad canónica sin documentación completa.
- Su negativa a recibir el Viático públicamente antes de morir, entre otras cosas.
Lambertini también llegó a mencionar, aunque sin gran fuerza argumentativa, las experiencias alquímicas que Vicente habría tenido en su juventud durante su cautiverio en Berbería, insinuando vínculos con prácticas ilícitas[8].
El postulador, M. Couty, defendió la causa con habilidad y precisión. Recordó que Vicente había vivido en amistad con Saint-Cyran antes de la condena del jansenismo y que siempre se había mantenido fiel a la enseñanza de la Iglesia. Respecto a los conflictos con religiosos, mostró que habían sido cuestiones disciplinarias ya resueltas. Sobre las ordenaciones, explicó que las prácticas locales de la época y la aprobación posterior de Roma las validaban. Y en cuanto al Viático, se demostró que Vicente lo recibió en forma privada por razones de salud y humildad, no por irreverencia.
Los teólogos consultados concluyeron que no existía nada que impidiera declarar la heroicidad de las virtudes.
La congregación preparatoria se pospuso por casi diez años debido a varios factores: la muerte del cardenal ponente, el fallecimiento de Clemente XI, el breve pontificado de Inocencio XIII, y las dificultades en Roma causadas por la presión del partido jansenista, que encontraba apoyo incluso en el cardenal de Noailles.
VII. La declaración de heroicidad de virtudes y la beatificación de Vicente de Paúl
Finalmente, en 1727, el nuevo Papa, Benedicto XIII, retomó con firmeza la causa. En la congregación general del 16 de septiembre de ese año, todos los cardenales presentes reconocieron, por unanimidad, que Vicente de Paúl había practicado las virtudes en grado heroico. Se ordenó entonces la publicación del decreto oficial.
A continuación, se procedió al estudio de los milagros requeridos para la beatificación. En total, se presentaron 21 casos, de los cuales se seleccionaron 8 para ser discutidos. Entre ellos figuraban curaciones de ceguera, parálisis, hemorragias crónicas, y ulceraciones. Después de los exámenes médicos y las deliberaciones teológicas, el Papa confirmó la autenticidad de cuatro milagros: las curaciones de Claude-Joseph Compoin, Marie-Anne Lhullier, Alexandre-Philippe Le Grand, y sor Mathurine Guérin[9].
Con estos requisitos cumplidos, el Papa Benedicto XIII firmó el breve de beatificación el 13 de agosto de 1729. Se celebró una solemne ceremonia en la Basílica de San Pedro en Roma, en la que participaron cardenales, embajadores y miles de fieles. Se presentaron grandes tapices y pinturas representando al nuevo Beato, tanto en sus obras de caridad como en su entrada triunfal al cielo.
En Francia, la beatificación fue acogida con júbilo. La iglesia de San Lázaro en París fue el centro de celebraciones que incluyeron procesiones, tríduo solemne, y la exposición pública del cuerpo del Beato. No obstante, se observó que, desde la primera apertura del ataúd en 1712, el cuerpo había comenzado a descomponerse, probablemente por las infiltraciones de agua tras dos inundaciones que afectaron la cripta.
Los restos fueron considerados reliquias, y algunas partes, como falanges y costillas, fueron separadas para ser enviadas a Roma y otras sedes. La solemnidad con la que se trató el cuerpo de Vicente refleja el respeto profundo que su figura ya había suscitado mucho antes del reconocimiento oficial de su santidad.
VIII. La canonización de san Vicente de Paúl y su impacto espiritual
Tras la beatificación de 1729, muchos en la Congregación de la Misión y en la Iglesia universal comenzaron a trabajar por la canonización de Vicente de Paúl. El proceso, aunque más corto, exigía todavía la aprobación de dos nuevos milagros después de la beatificación. M. Bonnet, superior general, inicialmente mostró reservas por los elevados costes que implicaba una canonización solemne. Sin embargo, animado por testimonios de nuevas curaciones milagrosas y el apoyo del Papa Clemente XII, se decidió a continuar el proceso.
Siete curaciones fueron propuestas, de las cuales finalmente solo dos fueron aceptadas como milagros válidos: la de sor Marie-Thérèse de Saint-Basile, religiosa benedictina gravemente enferma, y la de Catherine Jean, mujer paralítica con temblores nerviosos incontrolables. Estas curaciones fueron examinadas médicamente y contrastadas con las oraciones hechas específicamente al Beato Vicente de Paúl[10].
El Promotor de la Fe, M. Valenti, presentó fuertes reservas en la congregación de enero de 1736. Alegó, entre otras cosas, que las respuestas de una de las religiosas habían sido demasiado «elaboradas», lo que insinuaba una posible falta de espontaneidad. Pero los argumentos no convencieron al Papa. En una audiencia privada, Clemente XII convocó al Promotor y al cardenal secretario, y, sin más dilación, pronunció: «Consta del primero y del tercero con efecto». Con esta sentencia, la canonización quedó asegurada.
El decreto de tuto (autorización papal para proceder a la canonización) fue firmado el 10 de agosto de 1736. Se comenzaron entonces los preparativos de la gran ceremonia, que tendría lugar en Roma el 16 de junio de 1737, fiesta de la Santísima Trinidad.
La canonización de Vicente de Paúl fue celebrada con todo el esplendor del ceremonial pontificio. La Basílica de San Juan de Letrán se vio adornada con tapices, candelabros, trompetas de plata y coros solemnes. La misa fue cantada por el Papa en persona, y las letanías de los santos acompañaron el momento de la proclamación. San Vicente de Paúl fue inscrito para siempre en el canon de los santos.
En París, la iglesia de San Lázaro fue el centro de una octava de celebraciones del 15 al 23 de octubre de 1737. Se predicaron sermones diarios, se celebraron misas solemnes con la presencia del clero, la nobleza, el pueblo fiel, y hasta la reina de España asistió a las festividades. El antiguo procurador, M. Vivant, que había iniciado la causa en 1705, fue quien leyó solemnemente la bula de canonización.
IX. Una santidad viva en la historia
La canonización de san Vicente de Paúl fue la confirmación visible de lo que ya muchos habían vivido en carne propia: la presencia viva de un hombre que se había entregado sin reservas a los pobres, a los enfermos, a los abandonados. El reconocimiento de su santidad por parte de la Iglesia fue el eco institucional de una santidad ya percibida desde abajo, por el pueblo y los humildes.
Este proceso —desde 1697 hasta 1737— fue también un combate contra las resistencias ideológicas del jansenismo, que intentó desacreditar la figura de Vicente. Pero ni las objeciones teológicas, ni los juegos de poder lograron frenar la fuerza de su testimonio. En su caridad organizada, en su obediencia fiel a la Iglesia, y en su ardor misionero, Vicente se convirtió en testimonio vivo para generaciones enteras.
Hoy, su figura sigue interpelando a creyentes y no creyentes, recordándonos que la verdadera reforma de la Iglesia y del mundo comienza por el amor encarnado y por la fidelidad humilde al Evangelio.
Notas:
[1] Loret, La Muse historique, 27 de noviembre de 1660, p. 187.
[2] Archivo de la Misión, testimonio recogido en el proceso del Ordinario, 1705.
[3] Proceso de non cultu, Archivo de la Misión, f° 107–114.
[4] M. Couty, Relation de ce que j’ay fait pour la Béatification…, Archivo de la Misión.
[5] Véase defensa de Couty en la Relation de ce que j’ay fait…, ms. citado.
[6] Archivo de la Misión, testimonios del proceso in genere, 1710.
[7] Dusaray, testimonio recogido en el proceso in specie, febrero de 1712.
[8] Congregación antipreparatoria sobre las virtudes, 1715. Archivo de la Congregación de los Ritos.
[9] Congregación general sobre los milagros, julio de 1729.
[10] Positio super dubio an et de quibus miraculis constet post indultam beatificationem, Roma, 1735.









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