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La abogacía y el carisma vicenciano
«Si tuviéramos un poco de ese amor [de Dios], ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir?» —San Vicente de Paúl, SVP ES XI-4, 555.
Por supuesto que no, nadie en la Familia Vicenciana ignoraría o abandonaría jamás a alguien a quien pudiéramos ayudar. Y, sin embargo, ¿no es eso lo que hacemos cuando ignoramos una oportunidad de defender y abogar por la causa de nuestros vecinos necesitados y marginados?
Todos nosotros, miembros de la Familia Vicenciana, somos expertos en el servicio directo. De eso no hay duda. Tim Williams, Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo en la Sociedad de San Vicente de Paúl, lo expresa claramente: “Nuestra misión es servir a quienes están en necesidad: personas sin trabajo o sin recursos, personas con hambre, personas que viven en la oscuridad porque les han cortado la electricidad, personas que están perdiendo la esperanza. Vamos a ellos en una visita domiciliaria, los escuchamos, oramos con ellos y ofrecemos toda la ayuda posible para responder a sus necesidades. Les mostramos que, incluso en sus horas más oscuras, Dios no los ha abandonado”. Esto es lo que hacemos como vicencianos, y los demás miembros de la Familia Vicenciana también lo hacen, cada uno a su manera.
Sin embargo, la abogacía o incidencia social representa un reto para muchos de nosotros dentro de la Familia Vicenciana. A menudo se percibe como algo político o partidista, y por eso parece ajeno al compromiso de un buen católico. Tendemos a quedarnos en lo conocido, en lo que ya sabemos hacer bien. Y si bien el servicio directo es esencial y nunca debe abandonarse, no podemos quedarnos solo ahí. Como dice John Berry, Presidente Nacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Estados Unidos: “Cuando abogamos por políticas que promuevan viviendas dignas o salarios justos, encarnamos el llamado de Isaías a ‘romper las cadenas de la injusticia’. Nuestra fe y nuestras acciones deben caminar juntas. Debemos apoyar a las organizaciones que trabajan para erradicar las causas profundas de la pobreza, como el racismo estructural y la desigualdad económica”.
Los vicencianos estamos llamados a practicar tanto la caridad como la justicia. La Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl, en su Sección 7.2 (al igual que las normas y declaraciones de misión de otros miembros de la Familia Vicenciana), afirma: “Donde la injusticia, la desigualdad, la pobreza o la exclusión tengan su origen en estructuras económicas, políticas o sociales injustas, o en leyes inadecuadas o injustas, la Sociedad debe alzar la voz con claridad, siempre desde la caridad, con el objetivo de contribuir a la transformación y exigir mejoras”.
Y continúa en la Sección 7.4: “El enfoque particular de los vicencianos ante la abogacía es ver cada situación desde la perspectiva de aquellos a quienes visitamos—los que sufren la injusticia”.
Nosotros somos quienes estamos en la primera línea. Trabajamos directamente con los pobres. Entramos en sus hogares. Escuchamos y somos testigos de su dolor. Es el “amor de Cristo”, como dice San Pablo, lo que nos impulsa a actuar. Y una de esas formas de actuar es decirles a nuestros legisladores lo que vemos y vivimos a diario. Somos llamados a ser defensores de los pobres—no como cabilderos políticos, sino como amigos, ayudando a que las voces de los pobres que hemos llegado a conocer sean escuchadas, o hablando en su nombre cuando sea necesario. [Regla, Parte I, 7.5]
Nuestros representantes electos—desde el Presidente de los Estados Unidos hasta los miembros del Congreso, pasando por los funcionarios locales y municipales—DEBEN escuchar nuestras voces. Nosotros, que caminamos con los pobres y conocemos sus luchas. Esto NO es partidismo. SOMOS LA VOZ DE LOS POBRES.
Pregunta para la reflexión:
¿Qué pasos estás dando para formarte mejor y poder abogar por nuestros hermanos necesitados y por quienes viven en los márgenes de la sociedad?
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