Ser misioneros y misioneras, testigos de la esperanza y de la alegría pascual

por .famvin | Jun 5, 2025 | Formación | 0 comentarios

No hace mucho, cayó en mis manos una entrevista con un escritor español famoso, Ja­vier Cercas, que acaba de pu­blicar una especie de novela de no ficción sobre el Papa Francisco: «El loco de Dios en el fin del mundo«. En dicha conversación, este escritor comienza confesándose ateo y anticlerical irredento. Pero añade que, en sus encuen­tros con personas creyentes, ha descubierto algunas cosas importantes. Entre otras, la realidad de unos cristianos un poco «locos»: los misioneros y misioneras.

Textualmente dice sobre ellos y ellas: «Son personas hechas de otra pasta. Lo han dado todo por los demás: sus ca­rreras académicas, su afecti­vidad, sus familias y sus ho­gares. Están peleando en todo el mundo para abrigar a los muertos de frío, dar de comer a los muertos de hambre y dar de beber a los muertos de sed. Es imposible no admirar la la­bor de los misioneros y misio­neras».

Evidentemente, Javier Cercas también se pregunta de dón­de sale esa fuerza interior, esa «locura», de esos creyentes es­peciales que son los misione­ros y misioneras. Y responde taxativamente: la fe vivida con una entrega auténtica y con una convicción granítica.

Sin embargo, el nombrado es­critor se ha quedado un poco corto, siendo mucho lo que dice sobre los misioneros y misioneras. Porque a la fe hay que añadir la firme esperanza que procede de Cristo Resu­citado. Y así, los misioneros y misioneras se convierten en testigos de una esperanza cierta que ni la muerte pue­de con ella, porque cimentan su vida y su opción evangeli­zadora en Aquel que derrotó para siempre a la muerte.

Cuando se dice que hay una relación estrecha entre los misioneros y misioneras y el gozo de la Pascua, estamos afirmando que estos hombres y mujeres pueden soportar peligros, amenazas, proble­mas, cansancios… porque vi­ven una verdad incontrover­tible: que Cristo Resucitado ha abierto de par en par las ventanas de la esperanza y ha hecho posible que la muerte se transforme en vida, la os­curidad en luz, la injusticia en justicia y misericordia y la in­humanidad en solidaridad fra­terna.

Además, desde el aconteci­miento decisivo de la Resu­rrección de Cristo, los mi­sioneros y misioneras son conscientes de que han sido elegidos para representar, en los lugares más pobres y pe­riféricos del planeta, el abrazo amoroso y la bondad entraña­ble del buen Dios. Por eso, se sienten enviados por el espí­ritu del Resucitado para ser sus testigos hasta los últimos confines de la tierra (Cf. Hch 1,8). Una de las característi­cas del verdadero testigo del Resucitado es la alegría.. Los misioneros y misioneras no maquillan ni edulcoran frívo­lamente el dolor y la injusticia.. Al contrario, la alegría pas­cual es una fuerza luchadora y transformadora alentada por la esperanza. Es, en definiti­va, un signo luminoso de que merece la pena dar la vida por aquellos a los que se les ha arrebatado hasta las ganas de vivir.

P. Celestino Fernández, CM.
Fuente: Revista «Tu Misión al día», publicada por la ONG COVIDE-AMVE, número especial 2, primer semestre del año 2025.
Visita la web de COVIDE-AMVE: https://covideamve.org/

La Cena de Emaús, de Jean Baptiste de Champaigne (1631-1681). Fuente: Museo de Bellas Artes de Gante (Bélgica).


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