No hace mucho, cayó en mis manos una entrevista con un escritor español famoso, Javier Cercas, que acaba de publicar una especie de novela de no ficción sobre el Papa Francisco: «El loco de Dios en el fin del mundo«. En dicha conversación, este escritor comienza confesándose ateo y anticlerical irredento. Pero añade que, en sus encuentros con personas creyentes, ha descubierto algunas cosas importantes. Entre otras, la realidad de unos cristianos un poco «locos»: los misioneros y misioneras.
Textualmente dice sobre ellos y ellas: «Son personas hechas de otra pasta. Lo han dado todo por los demás: sus carreras académicas, su afectividad, sus familias y sus hogares. Están peleando en todo el mundo para abrigar a los muertos de frío, dar de comer a los muertos de hambre y dar de beber a los muertos de sed. Es imposible no admirar la labor de los misioneros y misioneras».
Evidentemente, Javier Cercas también se pregunta de dónde sale esa fuerza interior, esa «locura», de esos creyentes especiales que son los misioneros y misioneras. Y responde taxativamente: la fe vivida con una entrega auténtica y con una convicción granítica.
Sin embargo, el nombrado escritor se ha quedado un poco corto, siendo mucho lo que dice sobre los misioneros y misioneras. Porque a la fe hay que añadir la firme esperanza que procede de Cristo Resucitado. Y así, los misioneros y misioneras se convierten en testigos de una esperanza cierta que ni la muerte puede con ella, porque cimentan su vida y su opción evangelizadora en Aquel que derrotó para siempre a la muerte.
Cuando se dice que hay una relación estrecha entre los misioneros y misioneras y el gozo de la Pascua, estamos afirmando que estos hombres y mujeres pueden soportar peligros, amenazas, problemas, cansancios… porque viven una verdad incontrovertible: que Cristo Resucitado ha abierto de par en par las ventanas de la esperanza y ha hecho posible que la muerte se transforme en vida, la oscuridad en luz, la injusticia en justicia y misericordia y la inhumanidad en solidaridad fraterna.
Además, desde el acontecimiento decisivo de la Resurrección de Cristo, los misioneros y misioneras son conscientes de que han sido elegidos para representar, en los lugares más pobres y periféricos del planeta, el abrazo amoroso y la bondad entrañable del buen Dios. Por eso, se sienten enviados por el espíritu del Resucitado para ser sus testigos hasta los últimos confines de la tierra (Cf. Hch 1,8). Una de las características del verdadero testigo del Resucitado es la alegría.. Los misioneros y misioneras no maquillan ni edulcoran frívolamente el dolor y la injusticia.. Al contrario, la alegría pascual es una fuerza luchadora y transformadora alentada por la esperanza. Es, en definitiva, un signo luminoso de que merece la pena dar la vida por aquellos a los que se les ha arrebatado hasta las ganas de vivir.
P. Celestino Fernández, CM.
Fuente: Revista «Tu Misión al día», publicada por la ONG COVIDE-AMVE, número especial 2, primer semestre del año 2025.
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