Ver a Cristo en el rostro de los pobres
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Contemplación: partidos, bendecidos y compartidos
No vamos a los pobres porque seamos mejores, más vigorosos o más capaces que ellos, ni para compartir con ellos nuestra gran sabiduría o los secretos de nuestro éxito. Más bien, nos recuerda nuestra Regla, vamos a ellos «conscientes de [nuestra] propia debilidad y
vulnerabilidad y de la necesidad de la gracia de Dios» [Regla, Parte I, 2.2]. El Beato Federico era muy consciente de sus propias limitaciones, lamentándose ante su amigo Léonce Curnier: «¡Si supieras qué débil soy, qué fácilmente mi buena voluntad se quiebra ante el choque de las circunstancias, con qué rapidez paso de una ambiciosa presunción al desaliento y a la inacción!» [Carta a Léonce Curnier, de 16 de mayo de 1835].
Sin embargo, ¡nuestra vulnerabilidad no es causa de desesperación! Al contrario, es precisamente a causa de nuestra vulnerabilidad por lo que estamos llamados a esta vocación. Si no fuera por nuestra debilidad, ¿qué necesidad tendríamos de seguir este camino de por vida para llegar a ser íntegros (santos) y completos (perfectos), como Cristo nos llama a ser? Jesús nos llama en nuestro quebranto, sale a nuestro encuentro en nuestro quebranto. Llegó a ponerse el manto de la humanidad y compartió Él mismo nuestro sufrimiento. No es necesario que vengamos a Él ya completos, porque «Dios se sirve con frecuencia de instrumentos débiles y frágiles para ejecutar grandes cosas. Cuando se es llamado para una misión providencial, los talentos y los defectos desaparecen para dejar lugar a la inspiración que guía». Carta a Gustave Colas de La Noue, de 24 de noviembre de 1835].
El Señor no sólo nos acepta en nuestra fragilidad, sino que nos bendice por ella. Nos bendice con todos los dones y talentos individuales que poseemos, nos bendice a través de los sacramentos, y nos bendice con cada uno de nosotros, una comunidad de fe, soportando las cargas de los demás, y compartiendo las alegrías de los demás. Somos, después de todo, partes de un solo cuerpo, y «las partes del cuerpo que parecen más débiles son tanto más necesarias».
Cada bendición, cada don que recibimos nos es dado sólo para ser compartido, como la Eucaristía partida, bendecida y compartida en cada Misa. Cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Comunión, se convierte en nuestro propio cuerpo. Federico y sus amigos, aquel fatídico día de primavera de 1833, tenían el reto de mostrar el bien de la Iglesia en el mundo, y se dieron cuenta de que es precisamente esto: que nosotros, la Iglesia viva, el Cuerpo de Cristo, estamos destinados a ser partidos, bendecidos y compartidos con todos los hijos amados de Dios, invitándolos a la mesa y compartiendo la esperanza de Dios.
Cuando hacemos esto, Cristo nos sale al encuentro, y rápidamente nos damos cuenta de que «quien lleva un pan a casa de un pobre, a menudo trae de vuelta un corazón alegre y reconfortado». Así, en este dulce negocio de la caridad, los gastos son bajos, pero los beneficios son altos» [1361, a la Sociedad, 1836].
Contemplar
¿Acepto mi debilidad y vulnerabilidad, doy gracias por mis bendiciones y comparto mis dones?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.
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