“Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?”
Hech 2, 36-41; Sal 32; Jn 20, 11-18.
María Magdalena está llorando, no puede evitarlo, su corazón se halla desolado, le han matado a su Señor. Y, como si eso no fuera suficiente, no encuentra el cuerpo, no está en el sepulcro. La fe en la palabra de Jesús se mira en medio de una profunda tristeza, aun así, María sigue esperando cerca del sepulcro. Pero ¿cuánto puede resistir semejante desolación? El que ama permanece, lo cual es más fácil decirlo que vivirlo; el que ama lo sabe, y sabe también que debe inventar, ser creativo todos los días para que esa llama no se apague, para que pueda permanecer viva.
De pronto alguien se acerca a María, ella no lo reconoce. Le ha dicho “mujer”, pero cuando pronuncia su nombre el corazón se enciende, de inmediato reconoce a su amado Maestro. ¡La esperanza ha alcanzado su anhelo!
Este pasaje puede servirnos de gran pretexto para orar por las personas que se sienten rebasadas por las luchas que enfrentan, por el dolor que las atraviesa, por la desolación que experimentan. Madres que buscan a sus hijos; personas sin trabajo y con deudas; enfermos que se hallan solos y necesitados; migrantes que caminan y caminan tras una mejor vida…
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Emmanuel Velázquez Mireles C.M.













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