“Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”
Sir 6, 5-17; Salmo 118; Mc 10, 1-12.
Dios hizo el matrimonio para que los hombres encontraran la felicidad en este mundo, pero la triste realidad es que muchos, por no decir, demasiados matrimonios no sólo no encuentran la felicidad en él, sino la desesperación, la amargura y el fracaso. ¡Cuántos divorcios, infidelidades! La grande separación se llama “egoísmo”.
Hay un claro contraste entre el noviazgo y el matrimonio. Los novios se quieren, se buscan, se adoran, son capaces de grandes sacrificios por el ser querido, no se aburren, no se cansan y si alguna vez se pelean, con un perdón sincero y lágrimas, restauran el cariño y siguen adelante. El amor supera todos los obstáculos. Cuando hay amor hay soluciones. Luego se ve en el matrimonio que ya no son capaces de perdonar… para seguir adelante. El vino dulce del primer amor se volvió vinagre…
El amor que un día nació en cada uno hay que cultivarlo y estrenarlo cada día. ¿Qué haces cada día para favorecer la felicidad dentro de tu hogar? ¿Desde cuándo no tienes un detalle con tu esposo o esposa? ¿Desde cuándo no le das una agradable sorpresa? A tu teléfono lo recargas para que pueda dar el servicio. ¿Con qué recargas tu matrimonio para que siga vivo y cada vez más vivo el amor?
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Sor Carolina Flores, H.C.













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