San Vicente de Paúl en el origen de la ayuda a domicilio moderna

por | Feb 22, 2025 | Formación, Jubileo 400 aniversario | 0 Comentarios

La ayuda a domicilio, una de las expresiones más comentadas y admiradas del llamado «Estado del bienestar europeo», no es una intuición nueva. Comenzó, precisamente hace 407 años, como resultado de una mirada atenta y compasiva a la fragilidad de la condición humana.

En aquella mañana de domingo, el padre Vicente se preparaba en la sacristía para la celebración de la Eucaristía. Allí es adonde llegan siempre las últimas noticias al párroco. Y la que le llegó era bastante deprimente. Oigámosle contarlo a él mismo:

«Vinieron a decirme que en una casa separada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el mundo enfermo, sin que quedase ni una sola persona para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos. Después de comer se celebró una reunión en casa de una buena señorita de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mostró dispuesto a ir a verlos, consolarlos con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de vísperas, tomé a un hombre honrado, vecino de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y un poco más adelante, con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban al lado del camino para descansar y refrescarse. Finalmente, hijas mías, había tantas, que se podría haber dicho que se trataba de una procesión. Apenas llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el Santísimo Sacramento para los que estaban más graves, no a la parroquia del lugar, porque no había ninguna, sino que dependía de un cabildo del que yo era prior. Así pues, después de haberlos confesado y dado la comunión, hubo que pensar en la manera de atender a sus necesidades. Les propuse a todas aquellas buenas personas, a las que la caridad había animado a acudir allá, que se pusiesen de acuerdo, cada una un día determinado, para hacerles la comida, no solamente a aquellos, sino a todos los que viniesen luego; fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad». (1)

De este relato cabe destacar algunas actitudes:

  1. La mirada atenta de esta persona que observa la situación y su capacidad para transmitirla. Es un parroquiano anónimo de Châtillon, nadie sabe su nombre, pero observa y se deja conmover por lo que ve.
  2. El padre Vicente se sintió conmovido por lo que vio: «Me conmovió hasta lo más hondo». Y habló de tal manera que indujo a los participantes en la Eucaristía a «dejarse mover a compasión por estas pobres personas afligidas».
  3. El movimiento interior (esto es lo que significa estar «conmovido») llevó al movimiento exterior, a la puesta en práctica (por parte del P. Vincent y de los participantes en la Eucaristía) y a sentir una nueva oleada de compasión, a través de la observación directa.
  4. Encontrar una solución, no episódica, efímera, sino que aporte respuestas tanto para el presente como para el futuro. De ahí la necesidad de organizar la generosidad de estas personas. A ello contribuyó en gran medida el liderazgo participativo del padre Vicente para implicar a la gente, como se desprende de expresiones como: «nos juntamos», «todos estaban dispuestos a ir a visitarles», «me puse en camino» y «propuse a esas personas que se unieran».
  5. La parroquia se ocupa de sus necesitados. Esto es algo nuevo. Hasta entonces, las «Terceras Órdenes» o las «Misericordias» habían asumido esta tarea de dar entidad a la Caridad cristiana. ¡Y con gran mérito! Se constituían fuera de la parroquia. Pero de esta intuición del P. Vicente de Paúl surgió una iniciativa parroquial. Y así, de forma organizada, nació una asociación laica y parroquial que prestó la primera ayuda a domicilio y a la que se dio el nombre de «Caridades».

Y para que perdurara y no fuera sólo fruto de la emoción del momento, el espíritu organizador del Padre Vicente de Paúl elaboró un reglamento, del que transcribo a continuación algunos párrafos:

«La que esté de día, después de haber tomado todo lo necesario de la tesorera para poder darles a los pobres la comida de aquel día, preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, les saludará cuando llegue con alegría y caridad, acomodará la mesita sobre la cama, pondrá encima un mantel, un vaso, la cuchara y pan, hará lavar las manos al enfermo y rezará el Benedicite, echará el potaje en una escudilla y pondrá la carne en un plato, acomodándolo todo en dicha mesita; luego invitará caritativamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa Madre, todo ello con mucho cariño, como si se tratase de su propio hijo, o mejor dicho de Dios, que considera como hecho a sí mismo el bien que se le hace a los pobres. Le dirá algunas palabritas sobre Nuestro Señor; con este propósito, procurará alegrarle si lo encuentra muy desolado, le cortará en trozos la carne, le echará de beber, y después de haberlo ya preparado todo para que coma, si todavía hay alguno después de él, lo dejará para ir a buscar al otro y tratarlo del mismo modo, acordándose de empezar siempre por aquel que tenga consigo a alguna persona y de acabar con los que están solos, a fin de poder estar con ellos mas tiempo; luego volverá por la tarde a llevarles la cena con el mismo orden que ya hemos dicho». (2)

Han pasado cuatro siglos. Todas estas situaciones sociales verdaderamente dramáticas, antes ignoradas por la administración pública, ahora también han empezado a ser asumidas por el Estado. Y eso es bueno. Sin embargo, creo que estas instituciones, nacidas de la caridad cristiana, conservan algo siempre nuevo, fresco, profundamente humano, que el Estado no tiene y, por tanto, no da… Sólo un corazón conmovido, que se asoma a la miseria humana para curar y levantar a quienes yacen postrados en ella, puede hacerlo… Y son nuestras comunidades cristianas las que (no sólo) tienen esta misión.

Destacaría el afecto y la delicadeza con que se acude al enfermo; el cuidado con que se le prepara todo, acompañado de una palabra amistosa de aliento, para que no pierda el apetito y recupere el entusiasmo y la alegría de vivir.

La preocupación por empezar por los que tienen compañía (lo que en términos humanos sería más alentador) y terminar por los que viven solos (cuya conversación es más difícil de mantener, pero que es donde más se necesita) revela la atención que los trabajadores sociales difícilmente tienen, ya sea por falta de tiempo o de sensibilidad.

Un joven del siglo XIX (1830), Federico Ozanam, estudiante de la Sorbona, impresionado por la descristianización de París, fundó un grupo inspirado en la experiencia del Padre Vicente de Paúl, transmitida por la gran apóstol de los barrios pobres de París, Sor Rosalía Rendu, Hija de la Caridad. Hoy existen muchas instituciones que proporcionan enseres (alimentos, ropa, comidas…). Y eso es bueno. Pero hay muy pocas que proporcionen lo que quizá realmente necesitan nuestros ancianos, enfermos o afectados por otras miserias: esa humanidad, ese afecto, esa atención que se presta a través de las visitas a domicilio.

Las Conferencias de San Vicente de Paúl, creadas por el joven estudiante Federico Ozanam inspirándose en esta experiencia de su patrono, trabajan en red con otras instituciones, distribuyendo alimentos, ropa y otros artículos de primera necesidad a los necesitados, pero conservan como su especificidad, como su sello distintivo, la visita domiciliaria, el acompañamiento, la atención a la persona a la que acompañan en su debilidad. Prestan un verdadero servicio público.

P. José Alves CM

——–

(1) Cfr. Vicente de Paúl, Conferencia del 13 de febrero de 1646, Amor a la vocación y asistencia a los pobres, en SVP ES IX, pp. 232-233.

(2) Caridad de mujeres de Chatillon-Les-Dombes, noviembre y diciembre de 1617. Véase SVP ES X, 578-579.

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