“Salió un sembrador a sembrar”
Heb 10, 11-18; Sal 109; Mc 4, 1-20.
Hoy escuchamos en el evangelio la parábola del Sembrador y la explicación detallada que Jesús da de ella. Es muy bella, nos transporta al campo y al misterio de la vida que brota de la tierra como un milagro.
Hay Alguien que siembra, hay una semilla y una tierra a la que, diferentes condiciones, la pueden hacer más o menos productiva.
A mí me emociona ver al Sembrador. No se nos dice quién es el sembrador (¿el Padre? ¿Jesús?, ¿el Espíritu Santo? ¿cualquier apóstol o misionero?), pero es un campesino lleno de esperanza que avienta la semilla por todos lados soñando un futuro lleno de frutos abundantes. El que siembra sueña ya la cosecha, ansía la época de recoger en abundancia.
Me emociona mucho, también, la imagen de la semilla que (eso sí se nos dice) es la Palabra. Una semilla contiene un sueño, un futuro; lleva dentro una dinámica transformadora, pascual (muerte~resurrección), fecunda. La Palabra de Dios es una semilla cargada de vida, de riquezas inagotables, de capacidades para transformarse en la tierra que la acoge, y de producir frutos sabrosos y abundantes.
Me emociona pensar que en mí, tierra pobre pero que quiere ser acogedora, la Palabra puede producir resurrección.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Silviano Calderón Soltero, C.M.













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