El legado de Vincent Lebbe

por | Ene 9, 2025 | Formación, Vicencianos destacados | 0 Comentarios

«Iré a China y moriré como un mártir», declaró el niño belga de once años al terminar de leer la biografía del misionero mártir Juan Gabriel Perboyre. Cuando falleció en Chongqing en 1940, Vincent Lebbe cumplió la promesa que se había hecho a sí mismo unos cincuenta años antes. Dedicó toda su edad adulta al pueblo y a la Iglesia católica de China, haciéndose chino en su forma de vestir, en el idioma y la lealtad y abrazando sus luchas, alegrías y dolores. Se convirtió en un ejemplo perfecto de lo que el obispo Fulton Sheen llamó un dry martyr [en español se suele usar la expresión martirio blanco, refiriéndose a una persona que había sufrido todo tipo de indignidades y crueldades, pero no había derramado sangre ni sufrido ejecución]. Su martirio a manos de los perseguidores no fue rápido y violento, sino que duró casi cuarenta años, ya que sufrió muchos reveses de amigos y enemigos por denunciar valientemente la injusticia en la Iglesia y en la sociedad civil china.

Vincent Lebbe (pronunciado leb) dista hoy mucho de ser un nombre conocido, incluso entre los círculos católicos, y, sin embargo, es una de las figuras más destacadas del catolicismo moderno. De todas las cosas que podrían decirse de Vincent Lebbe, su espiritualidad, su total identificación con el pueblo chino, su defensa de la justicia y su creatividad para promover nuevas formas de apostolado constituyen las facetas más significativas de su legado.

El padre Vincent Lebbe en su despacho. Hacia 1912-1913. © Société des Auxiliaires des Missions (SAM) China Photograph Collection, Whitworth University Library, Spokane.

Espiritualidad

El que iba a ser misionero en China nació el 19 de agosto de 1877 en Gante (Bélgica) y fue bautizado con el nombre de Frédéric. Freddy, como le llamaba su familia, era el primogénito de siete hermanos. Su madre, una conversa inglesa de ascendencia francesa, era una mujer profundamente espiritual que había considerado una vocación religiosa. Su padre, abogado, poseía un agudo sentido de la justicia y la integridad. Su generosidad con los pobres, su defensa de la justicia, su bondad y preocupación por los demás y por sus hijos, y su práctica constante de la oración reflejaban la fuerza de sus convicciones íntimas. Lebbe aprendió de sus padres a vivir según las Bienaventuranzas, y nunca cejó en su empeño. De hecho, su dedicación a los pobres y oprimidos, su inquebrantable defensa de la justicia, su abnegación y sumisión a la voluntad de Dios, y su constante y serena alegría, que tanto impresionaba a quienes le conocían, estaban fuertemente ancladas en el espíritu de las Bienaventuranzas.

Como ya se ha dicho, el joven Lebbe quedó tan impresionado por la biografía de Juan Gabriel Perboyre que, el día de su confirmación, tomó el nombre de Vicente en señal de su decisión de emular al misionero vicenciano. No es de extrañar, pues, que en noviembre de 1895 viajara a París para ingresar en San Lázaro, el seminario de la Congregación de la Misión, cuyos sacerdotes se llaman comúnmente misioneros paúles o lazaristas.1 Al llegar al seminario, Lebbe se identificó con su nombre de confirmación y, a partir de entonces, excepto para su familia inmediata, los occidentales le conocieron como Vincent Lebbe.

Durante sus dos primeros años de formación, el joven novicio adquirió un profundo aprecio por el fundador de los paúles, san Vicente de Paúl, y decidió emularle. De él, que solía decir que la caridad que no se expresa en la acción es una farsa,2 Lebbe aprendió a estar en sintonía con su tiempo, a identificar los problemas y a idear soluciones y remedios. Cuando aún estaba en el seminario, escribió: «Para ser eficaces, tenemos que estar en sintonía con nuestro tiempo, adaptarnos a sus costumbres, ideas y formas de expresión. Debemos entrar en su dinámica no como contrafuerza, sino más bien para guiar este mundo según la luz de la fe y la sana razón».3 En suelo chino, Vincent Lebbe pagaría caro el traducir esas valientes palabras en hechos, lo que puso a sus superiores y a muchos misioneros extranjeros en su contra. En San Lázaro, Lebbe conoció a Anthony Cotta, un seminarista egipcio unos años mayor que él, un alma gemela que compartía sus ideales. Cotta, que apreciaba profundamente los escritos de San Pablo, contribuyó en gran medida a dar un fundamento bíblico a la espiritualidad misionera de Lebbe. Sus intereses apostólicos, que Perboyre había sido el primero en despertar, se combinaron con el fuego y el celo de San Pablo y la serena y deliberada dedicación de San Vicente de Paúl para dar forma al planteamiento de Lebbe acerca de la vida misionera. Los lazos de amistad entre Cotta y Lebbe se estrecharon aún más con el paso de los años y les sostuvieron durante las numerosas tribulaciones que se buscaron por su firme defensa de los chinos frente a la mentalidad elitista imperante en la comunidad misionera.

En la primavera de 1898, Lebbe, entonces estudiante de primer curso de filosofía, comenzó su primer encuentro serio y prolongado con el misterio de la cruz, cuando su salud empezó a deteriorarse. En solo dos años se convirtió casi en un inválido, aquejado de terribles dolores de cabeza y de una enfermedad ocular que a veces le impedía leer. En septiembre del año siguiente, sus esperanzas de ir a China se vieron truncadas cuando sus superiores le informaron de que su estado enfermizo le inhabilitaba para las misiones. En su lugar, le destinaban a ser profesor en uno de sus seminarios de Europa y Norteamérica. Disgustado, pero ateniéndose a lo que consideraba la voluntad de Dios, Lebbe abandonó su resolución original. «Sin aferrarse a nada, a nada, a nada, excepto a Dios», viajó al colegio vicenciano de Roma para ampliar sus estudios teológicos.4 Esto no fue más que un ensayo de las muchas veces en su vida en las que se vería de nuevo obligado a dejar de lado planes o a abandonar apostolados prometedores que, por muy sinceros que fueran, seguían siendo demasiado suyos y no podían convertirse en la obra de Dios hasta que él hubiera renunciado a ellos. Entonces Dios no dejaba de encargarse de ellos.

Cinco meses después de que le dijeran que renunciara a su sueño, Lebbe partió de Marsella rumbo a China.

En este sentido, Dios se hizo cargo cuando monseñor Alphonse Favier, vicario apostólico de Beijing, vino a Roma para informar sobre los trágicos acontecimientos recientes del levantamiento de los bóxers. Lebbe informó al obispo de su deseo de ser misionero en China, a pesar de su mala salud. El ardiente entusiasmo de Lebbe conmovió tanto a Favier que convenció a las autoridades vicencianas de París para que permitieran al seminarista enfermo acompañarle a Pekín. En febrero de 1901, sólo cinco meses después de que le dijeran que renunciara a su sueño, Lebbe zarpó de Marsella rumbo a China.

Cuando llegó el verano, el enfermizo recién llegado había conseguido terminar sus estudios de teología en el seminario vicenciano de Beijing. Pero sabía que sus superiores no le ordenarían si su salud no mostraba signos de mejoría. Lebbe hizo entonces una novena a Jean Gabriel Perboyre, pidiendo su curación. Al final de los nueve días de oración y ayuno, su petición había sido concedida. Coincidencia o no, fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1901, festividad de San Judas, patrón de las causas perdidas. Durante el resto de su vida, Lebbe sufrió ocasionales dolores de cabeza, pero sus ojos nunca volvieron a darle problemas.

Treinta años más tarde, un amigo le preguntó qué proyecto espiritual recomendaría a los misioneros. Lebbe respondió que sólo había un programa, el mismo para todos los cristianos, y que consistía en «actualizar sin demora el Evangelio en la propia vida». Basándose en una experiencia espiritual que había comenzado mucho antes de pisar suelo chino, explicó a continuación que este programa sólo podía alcanzarse mediante la renuncia total, la caridad verdadera y la alegría constante: «Renuncia total, Caritas non ficta, Gaudete semper…. Fijaos bien en que toda la fuerza del programa reside en las tres palabras en cursiva. Me diréis que esto no es nada muy original, pero creo que es suficiente para que podáis llegar a ser santos. Intentadlo sinceramente y pronto veréis que todo el Evangelio está ahí».5

Chinos entre los chinos

Mayoritariamente, los misioneros católicos que se encontraban en China a principios del siglo XX predicaban el Evangelio con gran celo, amaban a sus conversos y contribuían a su bienestar sin pensar demasiado en sí mismos. Sin embargo, su actitud psicológica hacia los chinos era radicalmente distinta de la que habían tenido unos siglos antes Matteo Ricci y sus compañeros. La era industrial había dotado a Europa de un sentimiento de superioridad y arrogancia que la mayoría de los misioneros llevaban consigo inconcientemente. Consideraban a la civilización china y a su pueblo inferiores, abyectos y llenos de corrupción; trataban a los cristianos como niños y mantenían al clero chino en posiciones de inferioridad. También dependían en gran medida de la protección y las intervenciones de las potencias occidentales, Francia en particular, para predicar su fe cristiana. Algunos se daban cuenta del daño que se estaba haciendo pero no veían una salida, refugiándose en la creencia de que Dios algún día se encargaría de ello. Lebbe fue uno de los pocos que, con su estilo de vida, sus palabras y sus actos, se atrevió a pedir y a provocar cambios.

Justo antes de su ordenación, Lebbe dejó claro en una carta a uno de sus hermanos que había puesto toda su vida de parte de los chinos para convertirse en uno de ellos: «Soy chino con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas. China es mi lote y mi patria, y los chinos son mis hermanos «6. Para simbolizar esta transformación, firmó su carta con su nombre chino, Lei Ming-yuan, «El trueno que retumba en la distancia», el trueno que sería de hecho para la comunidad misionera extranjera de China.

Lebbe pasó a ser «todo para todos», convirtiéndose en un chino entre chinos (Chinois avec les Chinois). Desde que llegó a China, se diferenció de la mayoría de los misioneros vistiendo el traje de algodón que llevaban los sacerdotes y seminaristas chinos, en lugar de la sotana occidental. Incluso se afeitó la cabeza y llevó una larga coleta china hasta que la república china de 1912 abolió esta costumbre impuesta por la dinastía manchú.

Se movía entre la gente corriente como uno más, negándose a viajar a caballo, en silla de manos o en calesa, como hacían la mayoría de los demás misioneros. Sin embargo, Lebbe no era de los que dejaban escapar un medio de transporte práctico cuando veía uno que podía facilitar enormemente su ministerio sin parecer ostentoso. Ya fuera para un paseo de unos minutos por la ciudad o para un largo viaje por el campo, él y su bicicleta se convirtieron en una imagen familiar en una época en la que este medio de locomoción era aún muy poco común en China.

Dotado de buena memoria y sentido musical, adquirió un buen dominio de la lengua hablada y acabó convirtiéndose en uno de los mejores oradores chinos nacidos en el extranjero de su época. Una vez recuperada la vista, adquirió el hábito de reservar tiempo para leer los clásicos chinos y practicar la escritura con pincel. Pronto utilizó su dominio de la lengua no sólo para ejercer los ministerios tradicionales de instruir a los catecúmenos y visitar a los pobres y enfermos, sino también para poner en marcha nuevas formas de llegar a cristianos y no cristianos. En 1911, por ejemplo, en Tianjin, Lebbe pensó en abrir salas de conferencias públicas como forma de entrar en la vida de la ciudad y llevar la Iglesia ante el público. Lebbe, sacerdotes chinos y laicos cultos daban charlas sobre religión todas las tardes. Estas salas, que pronto llegaron a ser ocho, también sirvieron de foro para debatir cuestiones sociales y morales contemporáneas a la luz del Evangelio y, de este modo, presentar a Cristo al pueblo chino. Las conversiones, sobre todo entre intelectuales, se multiplicaron a razón de cien al mes en algunas salas. La popularidad de Lebbe era tal que, en 1914, fue invitado a hablar en las mayores salas públicas no católicas ante varios miles de chinos, incluidos altos funcionarios de la ciudad. Al año siguiente, cuando Japón entregó a China una nota con veintiuna exigencias cuyo cumplimiento habría convertido al país en un Estado vasallo, Lebbe pronunció varios discursos sobre el amor a la patria. Una de sus conferencias, titulada «Salvemos el país», que describía tanto lo que China necesitaba como país como las enseñanzas cristianas sobre la salvación, fue tan bien recibida que se vendieron unos treinta mil ejemplares en las calles7.

El programa espiritual de Lebbe para los misioneros era «renuncia total, caridad verdadera y alegría constante».

Lebbe también aprovechó su dominio de la lengua para ser pionero en el uso de medios informativos por parte de la Iglesia católica. En 1912, con la ayuda de su amigo y conocido literato Ying Lianzhi, empezó a publicar Guang Yi Lu (El camino real), el primer semanario católico chino. El periódico, que pronto se vendió en la mayoría de los vicariatos católicos, contenía no sólo noticias sobre las actividades cristianas en toda China, sino también artículos de Lebbe destinados a ilustrar a los católicos sobre sus deberes y responsabilidades como ciudadanos de la nueva república china. Tres años más tarde, animado por el éxito de Guang Yi Lu, Lebbe eligió el 10 de octubre, día nacional chino, para lanzar el primer diario católico chino, titulado Yi Sih Pao (El bienestar social). El periódico tuvo un éxito inmediato entre los chinos, cristianos y no cristianos, por la exactitud de sus noticias y su visión independiente. En tres meses se convirtió en el principal diario del norte de China.

Las conferencias en los salones públicos y los periódicos católicos eran sólo dos de las muchas formas en las que Lebe animaba a hacer apostolado. En 1909, junto con un pequeño grupo de misioneros de Tianjin, fundó en China la Asociación para la Propagación de la Fe, que se convirtió en el núcleo de la Acción Católica nacional.

En 1928, Lebbe vio cumplido uno de sus deseos más anhelados al recibir la ciudadanía china. Cinco años más tarde, dando un paso más hacia su total asimilación con los chinos, dejó la Congregación de la Misión para unirse a los Hermanitos de San Juan Bautista, una congregación nativa que él mismo había fundado recientemente. Cuando la guerra contra los invasores japoneses se intensificó, Lebbe abrazó la causa china sin reservas y no dudó en demostrar con hechos su patriotismo como ciudadano católico chino. Él y los Hermanitos organizaron equipos entrenados de enfermeras y camilleros que fueron enviados a los campos de batalla para rescatar a los heridos. En pocos años, la organización contaba con veinte mil hombres.

En marzo de 1940, Lebbe fue víctima de las nuevas tensiones entre nacionalistas y comunistas chinos. Para entonces, las penurias habían hecho mella en él. Su cuerpo era el de un anciano con artritis y fiebre palúdica. Siendo preso durante seis semanas por los comunistas, su salud se deterioró rápidamente. Cuando sus órganos internos empezaron a fallar, su cara se volvió amarilla y cerúlea, y bromeaba diciendo: «Mirad, por fin estoy amarillo, ¡soy absolutamente chino!»8. Dos meses después de su liberación, el 24 de junio de 1940, festividad de San Juan Bautista y del Beato Juan Gabriel Perboyre, murió rodeado de amigos chinos. Mucho más que su dominio de la lengua china y su forma de vestir, fue su espiritualidad la que le permitió despojarse de su extranjería e identificarse hasta el último aliento con todo lo chino.

Pasión por la justicia

Desde su infancia, Lebbe se esforzó por vivir las palabras del Sermón de la Montaña. Entre todas las Bienaventuranzas, «Bienaventurados los perseguidos por defender la justicia» (Mt 5,10) es la que primero viene a la mente al considerar su carrera misionera. «Estaría dispuesto a morir antes que seguir viviendo simplemente en la neutralidad, sin atreverme a llamar al bien y al mal lo que son, sin ser capaz de estar de todo corazón del lado de los oprimidos, aunque fuera la única persona de mi especie en el mundo, simplemente para dar ejemplo de indignación cristiana».9

Por denunciar todo tipo de injusticias, Lebbe soportó las penas del aislamiento y la incomprensión, el ostracismo y el exilio. De hecho, la palabra «justicia» y sus sinónimos son los términos que aparecen con más frecuencia en su correspondencia. Sobre todo, no cejaba en afirmar que, mientras los extranjeros siguieran ejerciendo el control, la Iglesia católica en China nunca prosperaría. Para llegar a ser china, la Iglesia debía tener sus propios dirigentes chinos. «China para los chinos, y los chinos para Cristo» era uno de sus lemas favoritos.

Lo que hizo que la postura de Lebbe en favor de la justicia fuera especialmente penosa para él fue que, en su mayor parte, contradecía las actitudes predominantes de la comunidad misionera en relación con el patriotismo chino, el protectorado y el clero nativo. Durante sus primeros dieciséis años en China, Lebbe fue a menudo reprendido por sus superiores por tratar al clero chino como iguales y se le instó a abandonar lo que llamaban sus «ideas utópicas» de una nueva China y una Iglesia china. No les gustaba su apoyo al patriotismo chino, que consideraban un movimiento peligroso y perturbador. «Lo que mis superiores no pueden perdonarme es mi convicción de que, si queremos llevar la salvación a los chinos, debemos, sobre todo hoy, no sólo amarlos a ellos, sino amar también a China, como cualquiera ama a su país, como un francés ama a Francia… Lo que les parece aún menos perdonable es mi convicción de que el protectorado es perjudicial para China y para la Iglesia, y haberlo expresado… Y lo que tal vez les resulte más difícil de perdonar de todo es mi convicción de que el establecimiento de un clero completamente autóctono es nuestro primer deber y mi afirmación de que moriría feliz si pudiera besar el anillo del segundo obispo de China.»10

El asunto Lao-Si-Kai de 1916 fue el acontecimiento que hizo estallar la tensión entre Lebbe y sus superiores. Dicho en pocas palabras, el obispo francés de Tianjin había construido su catedral en un terreno adquirido en un distrito de la ciudad conocido como Lao-Si-Kai (Lao Xikai), que estaba en vías de desarrollo y era adyacente a la concesión francesa, aunque no formaba parte de ella. Los problemas empezaron cuando el cónsul francés, que había construido una carretera que unía la concesión con la catedral, intentó, con la connivencia de las autoridades eclesiásticas, anexionarse los terrenos situados a lo largo de esa carretera y cobrar impuestos a las tiendas y residencias chinas. El gobierno de Pekín, junto con las autoridades municipales chinas y la población local, protestaron vehementemente. Lebbe y su periódico católico, Yi Sih Pao, se pusieron del lado de los chinos y publicaron una carta abierta pidiendo al cónsul que renunciara a sus pretensiones. Pero el obispo, presionado por el cónsul, pidió al clero y a la prensa católica que mantuvieran una estricta neutralidad en el asunto. Mientras tanto, los cristianos chinos seguían preguntando a Lebbe qué hacer, y éste no podía afirmar, siendo honesto, que el cónsul francés tenía razón. Finalmente, Lebbe decidió apelar directamente a la legación francesa en Pekín mediante una carta personal en la que rogaba al ministro francés que interviniera por el honor de Francia y de la Iglesia. Desgraciadamente, el tiro le salió por la culata. La respuesta del ministro fue una airada nota al obispo, a quien culpaba de permitir que uno de sus sacerdotes escribiera una carta tan «insolente y casi traidora».11 En lugar de desobedecer la directiva de su obispo de permanecer neutral en la cuestión, Lebbe solicitó un nuevo destino. Enviado a una misión a novecientas millas de Tianjin, optó finalmente, en 1920, por regresar a Europa.

Lebbe parecía haber sido derrotado, pero a la larga su postura recibió el respaldo de la Santa Sede. Comenzó con un pequeño grupo de sacerdotes chinos y misioneros extranjeros que escribieron a Propaganda Fide para apoyarle. Luego, en 1917, su amigo Anthony Cotta remitió al prefecto de Propaganda Fide un largo memorándum, compuesto por ambos, en el que instaban a Roma a poner fin al estatus de «colonia espiritual», en el que mantenían a la Iglesia en China los misioneros extranjeros. También perfilaba a sacerdotes chinos de gran celo y capacidad que podrían asumir el nuevo liderazgo. El documento llamó la atención del cardenal prefecto de Propaganda y del Papa Benedicto XV. La carta apostólica Maximum illud, publicada en noviembre de 1919, retomaba las ideas y, en ocasiones, las palabras exactas del memorando de Cotta y Lebbe. Dirigiéndose a los misioneros y a los jefes de misión, el Papa condenaba las acciones de aquellos que parecían más preocupados por «aumentar el poder de su propio país que el reino de Dios» y deploraba la ausencia de sacerdotes nativos en puestos de liderazgo. Aunque nunca se menciona por su nombre, la Iglesia misionera de China era el principal objetivo de la carta.

El siguiente Papa, Pío XI, desligó aún más a la Iglesia católica en China del control de Francia al crear, en 1922, una legación apostólica permanente en Pekín y enviar al obispo Celso Costantini para ocupar el cargo. Cuatro años más tarde, Pío XI decidió que había llegado el momento de que algunas iglesias locales de los territorios de misión tuvieran sus propios líderes autóctonos. Esta fue la idea central de su encíclica de febrero Rerum ecclesiae, y la carta de junio Ad ipsis pontificatus primordiis dejó claro que China era su principal objetivo. El 28 de octubre de 1926, el Papa dio el gran paso de ordenar seis obispos chinos, tres de los cuales habían sido recomendados por Lebbe. Lebbe asistió a la ceremonia, que tuvo lugar en la catedral de San Pedro de Roma, en el vigésimo quinto aniversario de su propia ordenación. Unos meses más tarde, Lebbe regresó a China para servir bajo la dirección del recién ordenado obispo Sun Dezhen. Aunque la descolonización de la Iglesia china sería siendo un proceso lento y difícil, había llegado a un punto sin retorno.

Fundador de Sociedades

Para Lebbe, el establecimiento de una jerarquía autóctona era sólo uno de los muchos pasos que había que dar para conseguir una Iglesia católica arraigada en la cultura y la sociedad de China. Respondiendo a la llamada de Rerum ecclesiae a considerar la ventaja de fundar nuevas congregaciones que correspondieran mejor al genio, carácter y necesidades de los diferentes países, fundó dos órdenes religiosas chinas en 1928: una para hombres, llamada Hermanitos de San Juan Bautista, y otra para mujeres, Hermanitas de Santa Teresa del Niño Jesús. Estos hombres y mujeres, una vez formados según las reglas más estrictas de las tradiciones trapense y carmelita, fueron enviados en pequeños grupos a predicar el Evangelio y, al mismo tiempo, a ganarse la vida con el fruto de sus manos. Su tarea y su reto consistían en contribuir a la renovación social de China.

Lebbe se comprometió también con la formación de cristianos laicos que pusieran la fe y la educación al servicio de la nación. Con este objetivo, abrió aulas y ayudó a fundar la Acción Católica en China; colaboró estrechamente con destacados laicos católicos, como Ying Lianzhi y Ma Xiangpo, y apoyó sus esfuerzos por abrir una universidad católica; y durante su exilio europeo de 1920-1927, organizó la Asociación de la Juventud Católica China para los chinos que estudiaban en el extranjero.

En 1927, justo antes de regresar a China, Lebbe también fue el inspirador de la fundación de dos grupos singulares de misioneros extranjeros. La Sociedad de los Auxiliares de las Misiones ofreció una vía a los sacerdotes seculares de Europa que, como Lebbe, deseaban ponerse totalmente al servicio de los obispos nativos en las jurisdicciones eclesiásticas recién establecidas. Se convirtieron en signos vivos de una relación entre iglesias hermanas basada en la igualdad, el compartir y el servicio mutuo, y fueron los precursores de los sacerdotes Fidei donum.12 Los Auxiliares Seglares de las Misiones eran la contrapartida femenina de los sacerdotes de la Sociedad de los Auxiliares de las Misiones. Ellas también fueron un signo de lo que vendría, porque se establecieron como un grupo misionero laico en una época en la que la vida religiosa era todavía la norma para la mayoría de las organizaciones femeninas sancionadas por la Iglesia católica. Estas Auxiliares Laicas abrieron el camino para el desarrollo y la diversificación de los grupos misioneros laicos entre hombres y mujeres en la Iglesia Católica unas dos décadas más tarde.13

La Sociedad de las Auxiliares de las Misiones se convirtió en un signo de igualdad, reparto y servicio entre las iglesias.

Conclusión

El legado de Vincent Lebbe es una vida dedicada sin descanso al crecimiento de la iglesia local de China. Mucho antes de que se acuñara la palabra «inculturación», toda su vida misionera fue un testimonio del espíritu y el significado que encierra esa palabra.

Su marcada espiritualidad de «renuncia total, caridad verdadera y alegría constante «14 le dio la libertad de ser audaz y exigente con los demás, sin dejar de ser humilde y obediente. De este modo, alcanzó un alto grado de eficacia y persuasión.

Su sensibilidad hacia la cultura china igualaba, si no superaba, a la de Matteo Ricci. Se identificó completamente con el pueblo que había elegido, convirtiéndose en uno de ellos, un chino entre chinos. Su postura contra la injusticia y sus acciones para provocar el cambio fueron como truenos que desencadenan la lluvia vivificante: sacudieron a la comunidad misionera extranjera en China e iniciaron un proceso de renovación en toda la Iglesia católica.

A largo plazo, Lebbe allanó el camino para la revocación en 1939 de la condena de los ritos chinos, el pleno reconocimiento de una Iglesia católica local china en 1946, y muchas cosas más. A decir verdad, el cardenal Leon-Joseph Suenens, una de las principales figuras del concilio Vaticano II, describió a Lebbe como «el precursor de lo que iban a ser las principales orientaciones del concilio».15

Notas

  1. Esta comunidad religiosa católica, fundada en 1625 por Vicente de Paúl, tuvo como primer objetivo la misión doméstica en la campiña francesa. Más tarde, sin embargo, la labor misionera en ultramar fue adquiriendo cada vez más importancia, hasta que en el siglo XIX se convirtió en la principal actividad de la congregación.
  2. Paul Goffart y Albert Sohier, eds., Lettres du Pere Lebbe (Tournai: Casterman, 1960), 7 de febrero de 1900, p. 26.
  3. Ibid, 1 de mayo de 1900, p. 30.
  4. Ibid, 25 de diciembre de 1899, p. 23; el sentimiento se reafirma el 26 de agosto de 1931, p. 276.
  5. Ibid,, 26 de agosto de 1931, pp. 278,280.
  6. Ibid, 13 de julio de 1901, p. 39.
  7. Jacques Leclercq, trad. George Lamb, Truenos en la distancia: The Life of Pere Lebbe (Nueva York: Sheed & Ward, 1958), p. 141.
  8. Ibid, p. 318.
  9. Lettres du Pere Lebbe, 20 de septiembre de 1939, 307.
  10. Ibid, 18 de septiembre de 1917, pp. 153-54. Cuando Lebbe escribió esta carta, el único obispo chino había sido Lo Wenzao, ordenado en 1685.
  11. Ibid, junio de 1916, pp. 101-3.
  12. El 21 de abril de 1957, el Papa Pío XII publicó la encíclica Fidei donum (Don de la fe), en la que pedía a todos los obispos que se implicaran personalmente en la actividad misionera mundial de la Iglesia. En concreto, animaba a los obispos occidentales a compartir el «don de la fe» poniendo a algunos de sus sacerdotes diocesanos a disposición de los obispos africanos durante un tiempo. Este intercambio de sacerdotes entre diócesis se produce actualmente a escala mundial.
  13. Los primeros llamamientos de la Santa Sede al desarrollo de un apostolado misionero laico se remontan a las encíclicas del Papa Pío XI Evangelii praecones (junio de 1951) y Fidei donum (abril de 1957). El Papa Juan XXIII siguió el ejemplo con su encíclica Princeps pastorum (noviembre de 1959) y su llamamiento a voluntarios laicos papales para América Latina en junio de 1959.
  14. Lettres du Pere Lebbe, 11 de febrero de 1932, 280.
  15. Vincent Thoreau, Le tonnerre qui chante au loin (Bruselas: Didier Hatier, 1990), p. 161.

Jean-Paul Wiest,
Ex Director de Investigación del Centro de Investigación y Estudio de la Misión de Maryknoll, Nueva York. Su principal campo de investigación es la Iglesia Católica Romana en China, con énfasis en las interacciones culturales y religiosas sino-occidentales.
Fuente: International Bulletin of Missionary Research, January 1999.


Ver también:

Los Hermanitos de la Congregación de San Juan Bautista: misión, historia y espiritualidad en el contexto chino

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