2025: el Año Santo

Weliton Martins Costa, CM
1 enero, 2025

En la Bula de proclamación del Jubileo Ordinario del Año 2025, Spes non confundit, el Papa Francisco se dirige a todos los fieles, «peregrinos de esperanza que llegarán a Roma para vivir el Año Santo y en cuantos, no pudiendo venir a la ciudad de los apóstoles Pedro y Pablo, lo celebrarán en las Iglesias particulares. Que pueda ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús, ‘puerta’ de salvación (cf. Jn 10,7.9); con Él, a quien la Iglesia tiene la misión de anunciar siempre, en todas partes y a todos como ‘nuestra esperanza’ (1 Tm 1,1)».

En este sentido, los misioneros de la Congregación de la Misión y todos los hombres y mujeres de buena voluntad están llamados a ser «Peregrinos de la Esperanza» que experimentan profundamente la misericordia del Padre y salen al encuentro de los pobres para que, en este abrazo, vivencien también ellos el amor, la acogida, el consuelo y el aliento de nuestro Dios.

Todos estamos llamados a llevar una intensa vida de oración. Como nos dijo el Papa Francisco en su catequesis sobre la oración: «la vida de oración no se presenta como una alternativa a los trabajos y compromisos que estamos llamados a realizar durante la jornada, sino como aquello que acompaña toda acción de la vida». En otras palabras, los cristianos aspiran a vivir en continuo diálogo con Dios, poniéndose en sus manos con plena confianza en su Providencia y aprendiendo de Él a revelar a sus hermanos el amor de Dios por el mundo y, en particular, por los pobres.

En esta invitación, contemplamos el renacimiento de una práctica tan antigua como nueva para nuestro tiempo. Últimamente, tenemos la sensación de que el tiempo transcurre a una velocidad que distorsiona el concepto mismo de tiempo; nos bombardean a diario muchos mensajes y noticias sobre diferentes temas; pasamos la mayor parte del tiempo conectados a nuestros teléfonos móviles y a las redes sociales; estamos ocupados con tantas actividades y quehaceres y, a veces, o la mayor parte del tiempo, dedicamos poco tiempo a la oración.

Sabemos que la oración es el combustible de nuestra fe. Es el «soplo de vida» del cristiano que no puede interrumpirse «ni siquiera cuando dormimos». Esto nos lleva a vivir una de las máximas de San Vicente cuando señala que debemos ser activos en la contemplación y contemplativos en la acción. La oración nos lleva al encuentro con Dios y con nosotros mismos. Es necesario subir cada día a la montaña para encontrarnos con el Señor y, en este camino, entrar en intimidad con Él a través del silencio, de la soledad, del abandono, de la escucha de lo inaudible y de la obediencia de la escucha.

Desde este encuentro cotidiano y necesario, nos encontramos, caminamos juntos, compartimos sueños, nos reconocemos hermanos y hermanas. El Papa Francisco nos recuerda que la oración es el lugar donde nos reconocemos como parte de la «única familia de Dios» porque la oración «refuerza los lazos de fraternidad que nos unen al mismo Padre». Es la oración la que da sentido a nuestra vida en común, porque en ella encontramos el vínculo que nos une en la misma finalidad de la vida, que quiere ser entregada a Dios y al prójimo. La oración comunitaria nos lleva a celebrar la fraternidad y a fortalecer nuestra misión, nos lleva al encuentro con el otro y a celebrar el perdón, nos conduce a la misericordia del Padre y a cultivar la esperanza.

Para recorrer este camino como peregrinos de la esperanza, redescubriendo la fuerza y el poder de la oración, la Iglesia nos propone en el subsidio «Enséñanos a orar» del Dicasterio para la Evangelización un itinerario que nos conduce a vivir y fomentar una vida de oración personal y comunitaria.

  • La oración en la comunidad parroquial nos lleva, en primer lugar, a valorar la Eucaristía como lugar por excelencia de encuentro con el Señor, donde nos nutrimos de su presencia viva. También estamos llamados a celebrar la Liturgia de las Horas por el bien de la Iglesia, del Pueblo de Dios y de toda la humanidad. En las 24 Horas para el Señor (el viernes y el sábado anteriores al cuarto domingo de Cuaresma), toda la Iglesia se une para un momento fuerte de oración y de celebración de la misericordia de Dios. También la adoración al Santísimo Sacramento como momento propicio para estar en presencia del Señor en silencio meditativo, dispuestos a recibir de Él toda bendición.
  • La oración en familia nos invita a celebrar momentos concretos de oración en la comunidad local, y a que estos momentos sean significativos y fructíferos. La familia -la comunidad local- es una escuela de oración. Y procuramos hacer oración común en la Liturgia de las Horas, antes y después de las reuniones y comidas, al comienzo y al final de cada día.
  • La oración de los jóvenes que, incluso en el torbellino de imágenes, mensajes y likes, están atentos a la voz del Señor que habla en sus corazones. En Él encuentran un camino que da sentido a su existencia… cuántos jóvenes se hallan en esta búsqueda y acuden a la oración.
  • La oración como propuesta para retiros y convivencias para momentos intensos de oración. De esta manera, los retiros anuales y mensuales nos fortalecen en la misión y nos hacen responder a nuestras necesidades que se identifican con las necesidades de Jesús que «se retiraba a orar».
  • La oración como componente de la catequesis, en la que nos comprometemos como educadores de la fe a orientar a nuestros hermanos y hermanas a vivir la oración como práctica cotidiana de la vida cristiana y a proporcionar momentos fuertes de oración durante los tiempos litúrgicos de la Iglesia.
  • La oración en los monasterios de clausura nos recuerda que en la vida consagrada, dedicada a la oración y al trabajo, las lámparas de la fe iluminan el mundo a través de las oraciones de tantos hombres y mujeres que eligen una vida de recogimiento con el Señor. También en la vida apostólica, tantas mujeres y hombres consagrados iluminan el mundo con su testimonio de vida.
  • Por último, la oración en los santuarios como lugares privilegiados de acogida, oración, alabanza, gratitud y peregrinación para encontrar a Dios, que es misericordioso porque es Padre. Por eso Jesús nos enseña a llamar a Dios «Abba», Papá, Padre. El Padre Nuestro es la condensación de nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos y hermanas. La invitación a practicar nuestra fe como testimonio. El deseo de tejer relaciones humanas y fraternas. La insistencia en caminar de «esperanza en esperanza».

Fue en un clima de profunda oración, durante la celebración de la Eucaristía del 25 de enero de 1617, fiesta de la Conversión de San Pablo, en Folleville (Francia), cuando San Vicente de Paúl pronunció lo que para él fue su primera experiencia misionera, ¡su primer sermón de la Misión! «Era la hora de la misa. La gente entraba en tropel en la iglesia. Vicente llamó a los niños al altar, mientras los adultos se agolpaban ocupando todos los espacios vacíos… Después de la lectura del Evangelio, Vicente subió al púlpito. Todos los ojos estaban fijos en aquel sacerdote serio que, contrariamente a las costumbres de la época, llevaba el pelo corto. Se hizo un gran silencio. Daba la impresión de que todos, incluso los niños, contenían el aliento. Vicente miró a todos con una mirada llena de ternura y empezó a hablar… Y habló de San Pablo, de su conversión, y luego se detuvo en la conversión del cristiano, que se concreta en el sacramento de la misericordia, de la reconciliación… Habló de los resultados de una buena confesión: paz, alegría, tranquilidad, bienestar…». (GOCH, Aloisio. O meu herói Vicente de Paulo. Gráfica Vicentina, Curitiba, 2000). En esta experiencia de fe, Vicente sintió que esa era su misión, que esa era la obra de Dios para él: llevar el Evangelio a los campesinos pobres. Había nacido el carisma vicenciano, pero la Congregación de la Misión se fundó ocho años más tarde, el 17 de abril de 1625, que, coincidiendo con el jubileo de la Iglesia, celebra el 400 aniversario de su fundación en 2025.

Como hijos de la Iglesia, los miembros de la Congregación de la Misión  somos peregrinos de esperanza entre los pobres y excluidos, en la lucha por la dignidad de la vida y los derechos de todos. Somos signo de fraternidad, sensibles a los vulnerables. Indicamos el camino hacia Cristo en nuestros encuentros con los hermanos y hermanas que sufren. Llevamos la luz de la esperanza allí donde la desesperanza comienza a prevalecer.

En la circular de convocatoria para la celebración jubilar, fechada el 4 de abril de 2023, el Superior General, P. Tomaž Mavrič, CM ruega a Dios que «nos conduzca en estos dos primeros años de preparación a una fuerte revitalización de nuestra identidad espiritual y apostólica que desemboque en una celebración digna del IV Centenario de esta “pequeña Compañía”.» Y desea que «cada día sea, para cada uno de nosotros, un tiempo de conversión, de renovación, de volver con entusiasmo a Jesucristo, nuestro “Primer Amor”, para que, siguiendo las inspiraciones de San Vicente de Paúl, obtengamos la gracia de convertirnos en “Místicos de la Caridad” en el siglo XXI y más allá».

Para renovarnos en este camino, junto con María, los Apóstoles y San Vicente de Paúl, seamos hombres de oración (personal y comunitaria), de intimidad con Dios, de silencio interior, de adoración y contemplación, para vivir con alegría y testimonio profético el Año Jubilar 2025: Peregrinos de la Esperanza.

P. Weliton Martins Costa, CM
Fuente: Informativo São Vicente, Vol. LXI, nº 329, 2024,
Provincia Brasileña de la Congregación de la Misión,

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