La Ascensión: lo que la Madre Seton descubrió en el cielo

por | May 27, 2022 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

¿Cuál es el significado de la Ascensión del Señor para el mundo y para nuestras propias vidas? La respuesta la podemos encontrar en el camino de fe de santa Isabel Ana Seton, que mantuvo su mirada fija en Jesús, a través del tiempo y la eternidad.

«La Ascensión de Jesús», por Harry Anderson

«Hombres de Galilea, ¿por qué estáis ahí mirando al cielo?»

Esa es la pregunta que flota en el aire durante la fiesta de la Ascensión. Es la pregunta que los ángeles hacen a los Apóstoles en el libro de los Hechos. Pero también es la pregunta que la Iglesia quiere que cada uno de nosotros reflexione.

¿Por qué miras al cielo? ¿Qué esperas encontrar? ¿Y qué harás, además de mirar?

Santa Isabel Ana Seton es un modelo de cómo un cristiano responde a cada pregunta.

La relación extática de la Madre Seton con Jesucristo comenzó con su mirada al cielo.

En los escritos de santa Isabel Ana, encontramos grabados destellos de las memorias de su infancia:

A los 4 años, recuerda estar sentada fuera (mientras su hermana Kitty, de 2 años, yacía en su ataúd), mirando las nubes e imaginando que Kitty se reunía allí con su madre.

A los 8 años, le gustaba pasear sola, admirando las nubes y recordando a Kitty y a su madre.

A los 14 años, sentada junto al mar cantando himnos y mirando las estrellas, dice que sintió sus «transportes de puro ENTUSIASMO primero», poniendo esa palabra en mayúsculas.

En la fiesta de la Ascensión, cuando Jesús desaparece entre las nubes, se supone que todos experimentamos algo parecido.

«El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —y la nuestra— hacia el cielo para mostrar cómo recorrer el camino del bien durante la vida terrenal», dijo el papa Benedicto XVI sobre la Ascensión.

El deleite de la Madre Seton en Jesús la llevó a desear seguirlo hasta la eternidad.

«¡Oh, alma mía, hay un cielo! Hay un Salvador», escribió en una carta a su cuñada, Cecilia. «Allí estaremos siempre alegres, contemplando siempre la presencia de aquel que ha comprado y preparado para nosotros esta gloria indecible».

En las últimas semanas de la Pascua, cada domingo incluye una lectura en la que san Juan describe el cielo, con la esperanza de que cada uno de nosotros se contagie de algo de esa alegría.

Deberíamos mirar al cielo e imaginar el «cielo nuevo y la tierra nueva», donde «el Cordero… los pastoreará y los conducirá a manantiales de agua vivificante» y «enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte ni llanto, ni lamento ni dolor».

Para Juan, son los mártires los que suben primero al cielo, «lavando sus vestidos en la sangre del Cordero».

Para santa Isabel Ana Seton y para nosotros, ascendemos a través del martirio silencioso de una vida de sacrificio. «Déjame subir a Dios por la escalera de la humildad por la que bajaste a mí», dijo la Madre Seton. «Déjame besar el camino del Monte Calvario salpicado con tu sangre, ya que sólo ese camino me lleva a ti».

Pero la Madre Seton no sólo miró al cielo. También miró a su alrededor.

«Este Jesús que ha sido arrebatado de vosotros al cielo volverá de la misma manera que le habéis visto ir al cielo», dijeron los ángeles a los Apóstoles.

Eso les hizo recordar las palabras de despedida de Jesús, sobre cómo «se predicaría en su nombre el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén».

Esa es la segunda razón por la que Jesús ascendió: no sólo para llevarnos al cielo, sino para dejarnos el mundo como terreno de misión. Jesús dijo a los Apóstoles el trabajo importante que había que hacer, y luego los dejó para que lo hicieran, con la ayuda del Espíritu Santo.

La Madre Seton tampoco dejó que la contemplación del cielo se convirtiera en un fin en sí mismo, sino que extrajo de ella la necesidad urgente de hacer la obra de Dios. «Seamos valientes con el amor y el celo para cumplir la voluntad y el orden de la Providencia», decía.

La misma gracia que impulsó a los Apóstoles que fundaron la Iglesia, dio energía a la congregación de hermanas religiosas de la Madre Seton, que pasó a fundar escuelas, orfanatos, hospitales y más.

Como dijo el papa Juan XXIII, cuando la Madre Seton fue beatificada en 1963: «En una casa muy pequeña, pero con amplio espacio para la caridad, sembró en América una semilla que por la gracia divina creció hasta convertirse en un gran árbol». San Juan Pablo II dijo que «el sistema escolar católico del país comenzó bajo el liderazgo de santa Isabel Ana Seton».

¿Qué gran obra nuestras propias vidas iniciarán, en nuestras familias y nuestras parroquias, si seguimos sus pasos?

Hay una tercera lección que Jesús nos dejó en la Ascensión: su mensaje más consolador.

En el relato de Mateo sobre la pasión, antes de ascender, Jesús dice: «He aquí que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

Los discípulos de Emaús habían descubierto cómo Jesús resucitado permanecería, cuando le invitaron a «quedarse con nosotros».

En respuesta, Jesús «tomó el pan, dijo la bendición, lo partió y se lo dio. Con eso se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista».

El mensaje era claro: Jesús permanecería en la Eucaristía.

Isabel recuperó el ENTUSIASMO de su niñez en un momento inesperado de su vida adulta.

Durante su estancia en Italia en 1804, fue invitada a una misa en la Toscana. Cuando el sacerdote pronunció las palabras de consagración y levantó la hostia, un amigo italiano le dijo: «Esto es lo que denominan la verdadera PRESENCIA».

Cuando escribió la historia, volvieron las mayúsculas extasiadas de Isabel, y a partir de entonces el Santísimo Sacramento sustituyó al cielo como el lugar al que miraba para ver a Dios. «¡Por fin, Dios es mío y yo soy suya!», dijo en su primera comunión, y pasó una vida imitando la autodonación de su Señor Eucarístico.

Por eso, pensad en la Madre Seton durante esta Ascensión.

Mirad al cielo, donde la Madre Seton se ha unido a Kitty y a su madre.

Pedid su intercesión para conseguir algo del ENTUSIASMO que ella tenía por la PRESENCIA de Cristo en la Eucaristía.

«Cristo no se ha ido, sino que está con nosotros para siempre», dijo el papa Benedicto XVI.

Encontradlo en la Eucaristía, aportando fuerza y gracia a nuestras vidas.

TOM HOOPES, autor de The Rosary of Saint John Paul II [El Rosario de San Juan Pablo II], es escritor residente en el Benedictine College de Kansas, donde imparte clases. Antiguo reportero en el área de Washington, D.C., fue secretario de prensa del Presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y pasó 10 años como editor del periódico «National Catholic Register» y de la revista «Faith & Family». Su trabajo aparece con frecuencia en el «Register», «Aleteia» y «Catholic Digest». Vive en Atchison, Kansas, con su esposa, April, y tiene nueve hijos.

Fuente: https://setonshrine.org/

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