Las Hijas de la Caridad, contemplativas en la acción

por | May 14, 2022 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Los años que van desde el encuentro con san Vicente en las Navidades de 1624, hasta el desposorio místico en febrero de 1630, fueron una especie de noviciado en el que Luisa de Marillac, dirigida por Vicente de Paúl, aprendió a unir la oración y el servicio, la contemplación y la acción (Jerónimo Nadal aplica a san Ignacio de Loyola la frase en latín: simul in actione contemplativus, al mismo tiempo contemplativo en la acción). Es el tiempo en que busca la felicidad de su hijo seminarista y una santidad personal un tanto pietista. En mayo de 1629 piensa que debe dar una respuesta al contencioso que desde hace cuatro años se desarrolla en su interior: decidirse por una santidad lograda en la oración y las limosnas, como la había buscado hasta entonces, o por una santidad forjada en el servicio a los pobres. Prevalece esta última visión. El 6 de mayo de 1629, después de unos Ejercicios espirituales, se ofrece a Vicente de Paúl para ayudarle en las labores con los pobres. Sin abandonar la oración contemplativa, por los pueblos se ocupará de labores socio-caritativas y de evangelización (SV. I, 132s). Comienza a intensificar la oración personal y a unir el servicio espiritual y el material. El gran momento de contemplación mística, el Desposorio, se realizó cuando iba a los pueblos a visitar las Caridades y a fundar escuelas para niñas pobres.

La sociedad del siglo XVII estaba convencida de que Dios actuaba directamente en la naturaleza y en la vida social. La gente rezaba para obtener buenas cosechas, repeler las tormentas y lograr la salvación eterna. El problema de la señorita Le Gras no era cómo aprender a orar, era cómo ser contemplativa y, al mismo tiempo, ocuparse de los pobres. Nuestra época ha cambiado. La atmósfera social considera el dinero como la base de la vida y la actividad productiva como una condición indispensable para un nivel alto de vida. Aunque el hombre esté sólo, encerrado en casa, la televisión y el teléfono móvil lo lanzan al exterior, fuera del hogar, a navegar por las noticias de internet mejor que a reflexionar sobre el papel de Dios en su vida y en la de los hombres que encuentra por la calle.

La separación de Iglesia y Estado es provechosa, pero ha llevado a un rechazo absoluto de la religión en público. Se tolera a Dios en la vida privada, pero se le margina en la vida pública; el culto público es a deportistas, artistas, cantores… Vuelven las corrientes filosóficas del racionalismo y del fideísmo. El racionalismo reduce todo a ser controlado por la razón, sin admitir la presencia de un Dios‑Amor que da sentido a la vida. El fideísmo, por el contrario, inculca a los creyentes que fabriquen una divinidad a su medida y que la coloquen en el cielo sin que intervenga en la sociedad. Tanto los racionalistas como los fideístas se oponen a un Dios influyendo en la tierra. Aman la vida como un tiempo para gozar  de los bienes materiales sin tener que dar cuenta a Dios.

Las Constituciones de las Hijas de la Caridad ponen como dos principios de su ser, dar a los pobres un servicio corporal y espiritual y vivir la unión de oración y servicio (C. 1, 7). La Compañía procura fortalecer estos dos principios a través de las Asambleas Generales dedicadas a buscar caminos de Dios en las influencias de las realidades del mundo actual y en la inculturación efectiva de las Hermanas y de las comunidades en el mundo moderno conducidas por el Espíritu de Jesús. Los documentos finales de las Asambleas intentan unir contemplación y encarnación. Desde la Asamblea General de 1968 las Hijas de la Caridad han elaborado buenos documentos, entre ellos las Constituciones.  Sin embargo, el fervor profético de las primeras Asambleas generales que siguieron al Concilio se fue apagando y muchas de las proposiciones de las Asambleas siguientes parecían una repetición de lo que ya se había dicho.

Las Hijas de la Caridad, al igual que la Iglesia, habían estado al margen del mundo moderno. Después de atender las necesidades materiales de los pobres, volcadas en la solidaridad con ellos y en la búsqueda de una mayor justicia social, se replegaban a su comunidad sin permitir influencias de la cultura moderna. Vivían en dos mundos distintos, el del servicio y el de la comunidad. Al terminar el trabajo iban a la comunidad a rezar, como si hubiera que limpiar cualquier contaminación. Y, sin embargo, era urgente descubrir la presencia del Espíritu en la nueva cultura. Tratando de responder a ese imperativo muchas Hijas de la Caridad, al igual que muchos misioneros paúles, salieron de sus casas y avanzaron con otros religiosos y seglares a instaurar el Reino de Dios. En esos primeros años postconciliares querían romper con el molde anterior, pero había el peligro de huir de la oración comunitaria sin llegar a hacer del servicio un lugar de oración. Había peligro de no encontrar en la actividad la fuerza del Espíritu de Dios que acompaña a los hombres mientras construyen una sociedad en justicia, amor y paz, llamada Reino de Dios.

Las Hijas de la Caridad no pueden acercarse al ser humano sin estar atadas al Espíritu Santo, ser contemplativas y estar encarnadas en la vida humana para ser testigos de Jesucristo. Para las Hijas de la Caridad no es suficiente darse a los pobres, si no están llenas del Espíritu de Jesús. El verdadero problema no reside en la transformación de las comunidades, sino de las personas. En la falta de vocaciones influyen cuestiones sociales, familiares y sicológicas, pero más la vida espiritual. Santa Luisa decía con palabras duras del siglo XVII que sin la vida espiritual “las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer del mundo, y si se volvieran ingratas e infieles a las gracias de Dios, la divina justicia no sabría castigarlas lo bastante severamente en la eternidad” (c. 257).

Benito Martínez., C.M.

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