Santa Luisa de Marillac, buscadora de Dios

por | May 9, 2022 | Formación | 0 comentarios

Conferencia impartida por Sor Mª Ángeles Infante, HC, en la Basílica La Milagrosa de Madrid (España), el 7 de mayo de 2019.

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1.- ¿Qué significa ser buscador/a de Dios?

Partimos de que la búsqueda es una realidad antropológica. Toda persona es ser de deseos, de búsqueda, de pasión, de anhelos de felicidad y plenitud. El mismo deseo lleva implícita la búsqueda para poder satisfacerlo. La palabra deseo viene del término latino desiderium que significa etimológicamente “sin estrella”, es decir sin astro orientador. El deseo conlleva la búsqueda de algo. Hablar de deseo siempre nos evoca la actitud de búsqueda. La Sagrada Escritura nos propone a muchas personas buscadoras de Dios; entre ellas encontramos a Moisés y Elías en el AT… Y en el NT dirigimos nuestra mirada al publicano Zaqueo y a María Magdalena. Toda persona religiosa tiene necesidad del deseo de Dios. Lo destacan bien los salmos 27 y 62, respectivamente: Una cosa he pedido a Yahveh, una cosa estoy buscando: morar en la Casa de Yahveh, todos los días de mi vida, para gustar la dulzura de Yahveh y cuidar de su Templo… Señor, escucha mi voz cuando te llamo; compadécete de mí y respóndeme. El corazón me dice: «¡Busca su rostro!» Y yo, Señor, busco tu rostro. No te escondas de mí (Sal 27, 4, 7-8). Y en el (Sal. 62, 2): Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

La búsqueda es inseparable del deseo. Buscamos aquello que deseamos. En nuestro mundo hoy existe una corriente fuerte de búsqueda de Dios, iniciada en EE. UU. Lo describe bien A. W. Tozer autor del libro La búsqueda de Dios, traducido ya a 20 idiomas: “En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un destello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean conocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras «interpretaciones» de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva. Esta genuina sed y hambre de Dios es el único precursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día. Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo

Prueba de esta búsqueda son las recientes publicaciones sobre el tema. Cito algunas:

  • Búsqueda de Dios y sentido de la vida, por Victor Frankl y el teólogo Pinchas Lapide. Ed. Herder, Barcelona 2010. Contiene muchos datos del libro de Victor Frankl: El hombre en busca de sentido
  • En busca de Dios, por Nancy Leigh DeMoss, Tim Grissom y Life Action Ministries. Ed. Moody Publishers, Diciembre 2013.
  • La Búsqueda de Dios, por A.W. Tozer. Edición inicial 1948 en USA. Cuando se publicó la edición nº 20 en abril 2008 contaba ya con 1,5 millones de ejemplares vendidos y la traducción a 20 idiomas.
  • Buscadores de Dios y amantes de su presencia de José Luis y Silvia Cinalli,
  • Buscadores de Dios de José Ramon Flecha, Tomos I y II; Ed. Monte Carmelo,
  • Carta a los Buscadores de Dios de la Conferencia Episcopal italiana. Ed. Palabra

Tengo la impresión de que hemos comenzado el siglo XXI con una fuerte necesidad de buscar a Dios. Tenemos sed de Dios. Prueba de ello es el movimiento juvenil nacido en EE. UU y extendido ya por Europa: Life Teen. Prueba es también la reacción de oración nocturna en torno a Notre Dame el día del incendio de la catedral.

La Biblia nos invita a buscar a Dios con honradez, lealtad y humildad, mientras andamos por el camino de la vida. Los salmos 27 y 62 son oraciones de búsqueda de Dios. Y los Profetas nos llaman a realizarla: Buscad al SEÑOR mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cerca (Is 55, 6). Y el profeta Oseas (10, 12) precisa: Sembrad para vosotros según la justicia, segad conforme a la misericordia; romped el barbecho, porque es tiempo de buscar al SEÑOR hasta que venga a enseñaros justicia. Todos los profetas insisten en la búsqueda de Dios: Dice Amós (5, 6): Buscadme, y viviréis no sea que Él prorrumpa como fuego, oh casa de José, y consuma a Betel sin que haya quien lo apague.

Moisés se nos presenta en la sagrada Escritura como el gran buscador de Dios; siente curiosidad y deseo de saber por qué la zarza misteriosa arde sin consumirse y se dirige hacia ella. Es entonces cuando Dios se le manifiesta y le confía una misión: liberar al pueblo de Israel de la opresión de los egipcios. El profeta Elías, gran buscador de Dios, se encuentra con él mientras huye amenazado y lleno de miedo, refugiado en una cueva. Y lo encuentra en la brisa suave, no en el viento huracanado, el fuego o el terremoto. En el NT nos encontramos, entre otras los personajes de Zaqueo y de María Magdalena como buscadores de Dios.

Los textos citados ponen de relieve las características del Buscador de Dios:

  • Sabe ponerse en contacto con el misterio se adentra en él, como Moisés ante la zarza y Elías ante la cueva, descubriéndolo en la brisa suave…
  • Siente la necesidad de ir al encuentro de Dios, de buscar, llamar, pedir, hacer camino, porque le siente dentro de su existencia, aunque no sepa identificar más que difusamente su presencia…
  • Rastrea su presencia poniéndose a tiro para dejarse encontrar por el Viviente. Es la experiencia de los Magos, sabios de Oriente, que adoraron a Jesús.
  • Busca compañeros/as de camino con quienes compartir y comunicar la experiencia de su búsqueda mirando hacia dentro, hacia su interior.
  • Aprende a confiar y agradecer, ora y camina. Busca siempre, aunque se canse y tenga que pararse para dejarse encontrar por el Señor Resucitado.

Así lo buscó Luisa de Marillac a lo largo de su vida. Ella supo ponerse en contacto con el misterio de Dios y se adentró en él. Sintió la necesidad de ir a su encuentro, rastreó su presencia, buscó compañeros y compañeras de camino en la dirección espiritual y aprendió a confiar en la divina Providencia dejándose conducir por ella.

2.- ¿Cómo busca a Dios Santa Luisa de Marillac?  

Como Moisés es arrancada de la familia natural para ser educada en un ambiente escogido. Su nacimiento tiene lugar en París (12-08-1591). Ya en su bautismo es reconocida como hija natural de Luis de Marillac, Señor de Ferrières. Educada en el monasterio de dominicas de Poissy desde los primeros años, recibe una educación completa, amplia y refinada en Humanidades, relaciones sociales, artes liberales, especialmente bordados y pintura, contabilidad y Religión.

Marcada por la Cruz desde su cuna pasa por experiencias fuertes: infancia triste y en desamparo, soledad afectiva, ausencia de cariño, falta de familia cercana… Permanece en Poissy, desde los 3 hasta los 13 años, bajo la tutela afectiva de su tía abuela Hna. Luisa-Catalina, religiosa dominica. Ella la inicia en la oración y la lectura de la Biblia, convirtiéndose en una adolescente piadosa, buscadora de Dios, gran lectora de autores religiosos y de vidas de santos, hasta llegar a hacer voto de consagración total a Dios.

Al morir su padre el 25 de julio de 1604 pasa a un pensionado popular donde aprende las tareas domésticas, colabora con su trabajo y discierne su vocación. Cree tener vocación religiosa y se siente elegida por Dios para ello, pero se le hace ver que los designios de Dios sobre ella son otros. No puede ser religiosa y la familia decide su matrimonio. Se casa con Antonio Le Gras el 5 de febrero de 1613. Tiene 22 años no cumplidos. Se siente feliz y recordará con nostalgia su boda. Cultiva los sentimientos de cariño y fidelidad en el amor gozando con el nacimiento de su hijo Miguel Antonio, esperado y deseado con alegría y ternura. Es una madre singular: educadora responsable, aunando ternura y firmeza. Busca lo mejor para su hijo y le proporciona una educación completa en valores cristianos, humanidades y cultura de saberes prácticos. Como buscadora de Dios obtiene permiso del arzobispo de París para leer la Biblia en familia y educa a su hijo en la fe, ora a diario y trata de ver la mano de Dios en los acontecimientos cotidianos. Es una mujer profundamente religiosa.

Experimenta momentos duros de prueba: dudas y crisis de fe durante la enfermedad de su marido (1621-1623) y anda buscando nuevo director espiritual que la oriente. En la Luz de Pentecostés de 1623 experimenta irrupción del Espíritu Santo en su vida en forma de luz. Con la luz percibe la fuerza para superar la crisis de fe y de sentido. Tiene entonces 32 años y recibe la inspiración de la fundación de la Compañía a la que dará forma diez años más tarde (1633) bajo la guía y orientación de San Vicente de Paúl. El Espíritu Santo la destinó a convertirse en fundadora de las Hijas de la Caridad y una de las mujeres más grandes de la Iglesia.

A la muerte de su esposo (25-12-1625) se dedica de lleno a la práctica de la piedad y la caridad, compatibles con la educación de su hijo. El encuentro con Vicente de Paúl facilita su búsqueda de Dios y el cambio de vida. Es entonces cuando se encuentra con Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre, cambia su imagen de Dios y realiza importantes procesos de cambio en su vida. Pasa:

  • De vivir ensimismada en su soledad de viuda a la caridad,
  • Del afecto posesivo a la libertad del corazón,
  • De las relaciones sociales a visitadora de las Caridades, en fluida comunicación con párrocos, señoras de las caridades y pobres,
  • De la obsesión por su salvación, al compromiso de colaborar en la salvación de los pobres.

Luisa de Marillac buscó a Dios guiada y acompañada por diferentes Escuelas de espiritualidad y Directores espirituales. Estaba firmemente convencida de que la Voluntad de Dios se le da a conocer por medio de quienes el Señor ha puesto en su camino para guiarla: «las disposiciones de Dios como de ordinario me serán manifestadas por la santa obediencia»[1]. Sus escritos expresan, en repetidas ocasiones, su decisión de ser de Dios, totalmente de Dios. Para lograrlo, buscará orientación en la dirección espiritual que recibe:

2.1.- De los capuchinos del barrio de San Honorato, durante los años de pensión en casa de la señorita pobre (devota). La orientación de los capuchinos y en especial de su provincial, P. Honorato de Champigny, fue decisiva para la elección de estado. Fue él quien aseguró a Luisa: “Dios tiene otros planes para usted”, cuando ella le manifestó sus deseos de hacerse religiosa. El convento y la iglesia de San Honorato vivían entonces el apogeo de la “escuela abstracta de espiritualidad” bajo la influencia de Benito de Canfield y su “Regla de Perfección”. Según esta Escuela:  La vida espiritual busca la unión y el encuentro con Dios, la mística. Puesto que en Dios no hay potencias, sino sólo esencia, también en el hombre es la esencia la que quiere, ama y entiende, sin necesidad de potencias. De ahí que el objetivo de la vida cristiana consistirá en ir a la esencia divina, incluso sin pasar por Cristo. Para lograrlo, sólo hay un camino, el anonadamiento: aniquilado todo lo que no sea la esencia del hombre, el alma dejará hacer a Dios en ella. «La realidad última de la vida interior es una unión con la esencia divina que supera todas las mediaciones creadas, incluida la humanidad de Cristo».

Esta Escuela tenía una concepción un tanto negativa de la persona humana y de sus posibilidades para llegar a  Dios y marca un estilo de vida cristiana que teme a Dios y su justicia, aunque promueve la adoración de sus designios. Esta orientación es secundada por su tío Miguel de Marillac y en parte también por el director espiritual que la guio en su matrimonio: Juan Pedro Camus Resonancias de los temas propios de esta orientación se harán presentes incluso en algunos escritos de otros momentos de su vida. Al contraer matrimonio en 1613, Luisa experimenta un traslado de domicilio para establecerse como familia Le Gras en el barrio del Marais, parroquia de Saint Merry; eso llevó consigo el progresivo alejamiento de la dirección de los capuchinos del barrio de San Honorato.

2. 2.- La orientación de Juan Pedro Camus

El cambio de estado y de domicilio resultó decisivo para que Luisa de Marillac encontrara en Juan Pedro Camus (1583-1652) la persona que el Señor ponía en su camino para guiarla. Éste será su director espiritual desde 1614 hasta 1625[2]. Los encuentros entre el obispo de Belley y Luisa se producen con ocasión de la reiterada presencia de este sacerdote en París, como predicador extraordinario desde 1613 a 1623 y como diputado del clero en los Estados Generales de 1614. Además, Juan Pedro Camus vivió una gran intimidad con san Francisco de Sales, a quien admira y del que se considera intérprete y continuador. Poseía una vasta cultura espiritual: conocía a los renano-flamencos Ruysbroeck, Taulero y Harphius. Más tarde se iniciaría en Juan de la Cruz. La primera etapa de su pensamiento tiene como ejemplo característico la «Dirección a la oración mental» (1617), que pretende completar de alguna manera la segunda parte de la «Introducción a la vida devota». La Escuela abstracta distingue entre la oración mental activa y la pasiva:

  • Activa: nos elevamos hasta Dios según las fuerzas y facultades de nuestra alma, sirviéndonos de todas sus potencias imaginativas, apetitiva, intelectual.
  • Pasiva: Dios, por pura gracia y libre disposición, visita el alma y actuando en ella, la purifica de una manera sutil, delicada, finísima.

La oración abarca la meditación y la contemplación. Así que hay meditación activa y pasiva y contemplación activa y pasiva. En este contexto de simpatía por la escuela abstracta recibe la Luz de Pentecostés

Sin separarse de la perspectiva de la Escuela “abstracta”, Juan Pedro Camus incorpora en su orientación elementos que invitan a la moderación, a la mirada positiva hacia las criaturas, a la alegría en la paz, temas todos muy queridos en la escuela de San Francisco de Sales. “Me alegra saber que las prácticas de recogimiento y los retiros espirituales le resultan tan útiles y sabrosos. Pero tiene usted que usar de ellos como se hace con la miel, es decir, poco a menudo y con sobriedad, porque tiene usted cierta avidez espiritual que necesita ser retenida[3]… “Espero siempre, querida hija, que recobre la serenidad después de esos nubarrones que le impiden a usted ver la hermosa claridad de la alegría que se encuentra en el servicio de Dios. No ponga tantas dificultades en las cosas indiferentes, aparte un poco su vista de usted misma y fíjela en Jesucristo. Según mi entender, ahí tiene usted su perfección[4].

Hacia 1625 se inicia como director de Luisa el Sr Vicente de Paúl. Aparece abiertamente en la carta que Juan Pedro Camus escribe a Luisa en julio de 1625: “Perdóneme, mi querida hermana, si le digo que se apega usted un tanto demasiado a los que la guían y se apoya demasiado en ellos. El señor Vicente de Paúl está ausente, y hete aquí a la señorita Le Gras fuera de sí y desconcertada… Hay que mirar a Dios en los que nos aconsejan y dirigen y mirarlos a ellos en Dios, pero a veces hay que mirar a Dios solo, quien, sin hombre y sin piscina, puede curarnos de nuestras parálisis… No me gusta ver en Vd. esas pequeñas debilidades y nubecillas… El padre, la madre y el hijo recibirán de mí, muy indigno, la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. ¡Bendito sea Dios![5].

Juan Pedro Camus, que había acompañado espiritualmente a Luisa de Marillac durante los años de su matrimonio, es quien la puso en relación con Vicente de Paúl.

2.3.- La orientación de Francisco de Sales

La influencia de Francisco de Sales en la formación espiritual de Luisa de Marillac es muy grande. Luisa habla en varias ocasiones con Francisco de Sales, lee y medita sus obras, y tiene por director espiritual a un discípulo suyo, Juan Pedro Camus. También Vicente de Paúl es amigo, admirador y, puede decirse, discípulo de Francisco de Sales. Francisco de Sales (1567-1622) marca una orientación en la vida espiritual significativamente distante de la “escuela abstracta”. Llevado de una preocupación pastoral, quiere llevar la perfección cristiana a todos los estados de la vida: la perfección no es patrimonio exclusivo de los monasterios, los caminos de la perfección cristiana están abiertos también a los cristianos que viven en el mundo. El hombre, allí donde está, puede ser un «devoto».

La intuición espiritual fundamental de Francisco de Sales es que Dios es Amor. El ha creado nuestro corazón a su imagen y semejanza. Si nosotros queremos vivir espiritualmente, tenemos que vivir, necesariamente, en el amor. Es preciso que todo en nosotros sea de amor, por amor, para el amor. Como consecuencia, la relación entre Dios y el hombre es esencialmente una relación de amor. Todo hombre experimenta en su corazón un movimiento que le empuja hacia Dios. Siguiendo la propuesta de Francisco de Sales, toda la vida espiritual se va a desenvolver en un diálogo permanente entre Dios y el hombre. La devoción para él es el fervor, la agilidad y disponibilidad total para el servicio de Dios; la caridad rápida y jubilosa al servicio del prójimo. La devoción es la llama del fuego de la caridad. El santo obispo de Ginebra desarrolla una concepción de la mística cristiana muy equilibrada y centrada en torno al amor a Dios y al prójimo, con una visión optimista de las posibilidades naturales del ser humano.

Luisa de Marillac fue asidua lectora de las obras de Francisco de Sales. Leyó La Introducción a la vida devota y de El Tratado del Amor de Dios y tuvo la oportunidad de dialogar en persona con él durante sus prolongadas estancias en París. Además, según Gobillon, visitó a Luisa en su casa en 1619[6]. La experiencia decisiva de la Luz de 1623 es considerada por Luisa como gracia recibida “del Bienaventurado Monseñor de Ginebra, por haber deseado mucho, antes de su muerte, comunicarle esta aflicción y, por haber sentido después gran devoción y recibido por su medio muchos favores…[7].

2.4.- La orientación de Vicente de Paúl

El encuentro de Luisa de Marillac con Vicente de Paúl resultará decisivo, a pesar de las mutuas reticencias iniciales.  Sea que Juan Pedro Camus se lo presentara, sea que hubiera oído hablar de él a las Hijas de la Visitación, el encuentro de Vicente de Paúl con Luisa de Marillac tiene, en ferviente exclamación de Jean Calvet,  “una repercusión incalculable, ya que determinó una revolución en el ejercicio de la caridad a cargo de las mujeres, y asoció para siempre la vida de perfección del claustro con la vida activa al aire libre y a todo viento; comprometió para siempre a la opinión pública, primero en Francia y después en el mundo entero, a prestar atención a los desgraciados, dando nacimiento a las instituciones sociales modernas[8].

Vicente de Paúl (1580-1660), respetuoso con el camino espiritual realizado por Luisa hasta el momento en que comienzan a tratarse (final del año 1624 o inicio de 1625), va a orientarla insistiendo fundamentalmente en estos acentos:

  1. El «místico de la acción», guiado por Dios a través de los acontecimientos y experiencias de Folleville y Châtillon de 1617, había llegado a concentrar toda la vida espiritual en la máxima: Jesucristo en los pobres y los pobres en Jesucristo. Es en los pobres donde descubre a Jesucristo y su misión evangelizadora: Jesucristo, que ha venido a evangelizar a los pobres, como misionero del Padre, nos llama a continuar su misión y “hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra”, sin separar ya vida espiritual de vida de caridad, amor a Dios y amor al prójimo (afectivo y efectivo). Desde esta orientación de Vicente de Paúl, Luisa de Marillac llegará a comprender que los pobres son los miembros preferidos de Jesucristo, sus amos y maestros, en los que Él quiere ser servido. Y la colaboración de Vicente y de Luisa hará posible una nueva forma de entender el seguimiento de Cristo, la vida cristiana, además del más genial despliegue de fuerzas al servicio de la caridad.
  2. Conocedor de la espiritualidad de su tiempo, Vicente de Paúl anima a Luisa de Marillac a descubrir la Providencia de Dios y su presencia y acción en la historia y, consecuentemente, a vivir en confianza, con alegría, viendo la providencia de Dios en los acontecimientos: “Consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quiera. Y pues es su gusto que nos conservemos en la santa alegría de su amor, conservémonos siempre en la santa alegría de su amor…[9]. “Le ruego esté siempre alegre, aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza[10]. Esta serena confianza le permitirá igualmente moderar su afecto y proceder en todo con una delicada suavidad[11].

3.- El eje unificador de la búsqueda de Dios en Luisa de Marillac

Como buscadora de Dios, Luisa coloca a Dios en el centro de su existencia, sobre todo a partir de la muerte de su esposo en 1625. Tiene 34 años y Dios va ser TODO para ella. Así lo refleja en el Reglamento de vida en el mundo. A partir de entonces podemos afirmar que toda su vida se convierte en oración. La presencia de Dios es en ella una actitud habitual que informa todos sus actos, haciéndolos expresión de fe y de culto a Dios. Es la invitación reiterada de la Sagrada Escritura: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas…”. Su persona vive en permanente relación con Dios como expresión de su vida teologal. Orar para Luisa es “cultivar el espacio interior del Espíritu y alimentar la oración-actitud que ayuda a descubrir a Dios en todas las cosas”[12].

Toda su existencia se entiende en esta perspectiva. Su oración no es un método, ni un conjunto de prácticas, sino la totalidad de su vida asumida y vivida en relación con Dios. Luisa hace entrega de su voluntad a Dios y renueva su propósito en repetidas ocasiones. Atenta a la presencia de Dios como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”[13], lo único que deseó fue ser totalmente de Dios y hacer su voluntad. Le buscó apasionadamente durante su juventud para servirle en la forma de vida que Él quisiera. Creyó tener vocación religiosa y deseó ingresar en las capuchinas, pero no fue aceptada[14]. En 1622 escribe resuelta:

El día de San Sebastián, estando en los Mártires, me sentí impulsada por el deseo de darme a Dios para hacer toda mi vida su Santísima Voluntad y le ofrecí el pensamiento que él me inspiraba de hacer voto de ello cuando tuviera permiso” (SLM: E. 2).

Al quedarse viuda redactó su Reglamento de vida en el mundo. Varias veces recoge en él su decisión de vivir en Dios, sirviéndole por entero, entregada a su voluntad: Que mi primer pensamiento, después del descanso de la noche sea para Dios, haciendo un acto de adoración, de acción de gracias y de abandono de mi voluntad en la suya santísima” (SLM: E. 18). Hacia 1646 en una meditación sobre la pasión del Señor recuerda el propósito hecho en 1625 cuando se queda viuda, y escribe: “… el propósito que entonces hice de servir a Dios toda mi vida” (SLM: E. 21). Poco después en una meditación deja constancia de su experiencia espiritual: “Te adoro, ¡oh mi buen Dios!, y reconozco haber recibido de ti mi conservación; y por el amor que te debo, me abandono enteramente a las disposiciones de tu Santa Voluntad” (SLM: E. 22).

Con la misma radicalidad lo había expresado en el Acto de protestación (sin fecha):

“… confieso y renuevo la sagrada profesión hecha en mi nombre a mi Dios en mi bautismo, y me resuelvo irrevocablemente a servirle y amarle con más fidelidad, entregándome por completo a Él” (SLM: E. 4).

Y en los Ejercicios Espirituales de 1628: “… quiero, con la ayuda de su santa gracia, hacerme una vez más y voluntariamente del todo suya…” (SLM: E. 27).

En los Ejercicios Espirituales de 1632: “Que he de dar voluntariamente a Jesús la posesión de mi alma, de la que ya es Rey por derecho propio, y trataré de conservar la alegría que me produce el ver el deseo y la posibilidad de hacer que cada uno de nosotros en particular seamos sus amados” (SLM: E. 66).

 “Que he de tener una gran confianza en Dios y la seguridad de que su gracia ha de bastarme para cumplir su santa voluntad, aunque aparezca en una cosa difícil, con tal de que sea verdaderamente el Espíritu Santo quien me llame a ello, lo que conoceré por las indicaciones que Él mismo hará se me den” (SLM: E.22, nº 70).

En los Ejercicios Espirituales de 1633: “Quiero intentar desprenderme voluntariamente y de hecho de todo para unirme a Dios de manera actual y habitual” (SLM: E. 23, nº 75).

Y en la oración compuesta para rezar por la mañana y por la noche: “Te entrego mi corazón y cuanto me pertenece, para cumplir por siempre tu santa voluntad” (SLM: E. 54, nº 175). Durante los años del proceso en que se va gestando el nuevo proyecto de vida que será la Compañía de las Hijas de la Caridad, Luisa de Marillac renueva constantemente su propósito de buscar únicamente la Voluntad de Dios: “… que la santísima voluntad de Dios se haga en nosotras y por nosotras en el tiempo y en la eternidad” (SLM: C. 30).

Cuando tratan de encontrar el marco institucional más adecuado, Luisa de Marillac (noviembre de 1647) expone a Vicente de Paúl su pensamiento con toda libertad, mostrándose como siempre atenta y dócil a la Voluntad de Dios:

Me ha parecido que Dios ha establecido mi alma en una grande paz y sencillez en la oración, muy imperfecta por parte mía, que he hecho acerca de la necesidad que tiene la Compañía de las Hijas de la Caridad de hallarse siempre, sucesivamente, bajo la dirección que la divina Providencia le ha dado, tanto en lo espiritual como en lo temporal; y en ella he creído haber visto que sería más ventajoso para su gloria que la Compañía llegara a desaparecer por completo que estar bajo otra dirección, ya que esto parece sería contrario a la voluntad de Dios. Las pruebas son que hay motivos para creer que Dios inspira y manifiesta su voluntad, para el perfeccionamiento de las obras que su bondad quiere llevar a cabo, en los comienzos de dar a conocer sus designios, y bien sabe usted, señor, que en los comienzos de ésta se dispuso que los bienes temporales de dicha Compañía, si es que llegara a desaparecer por malversación, revertirían a la Misión para ser empleados en la instrucción del pueblo campesino.

Espero que, si su caridad ha escuchado de Nuestro Señor lo que me parece haberle dicho en la persona de San Pedro, que sobre ella quería edificar esta Compañía, perseverará en el servicio que ella le pide para instrucción de los pequeños y alivio de los enfermos” (SLM: C. 228).

En un papel entregado al P. Berthe que va a Roma en enero de 1653, Luisa de Marillac, con la bendición apostólica, pide la gracia de “hacer su santísima Voluntad el resto de sus días” (SLM: C. 423). En carta a san Vicente de 24 de agosto de 1659, pide perdón y “nuevas gracias para que pueda cumplir su santa voluntad” (SLM: C. 423)[15].

Las Hermanas que vivieron con Luisa de Marillac dan también testimonio de esta actitud a lo largo de su vida: … Tenía una confianza admirable en la Providencia de Dios para todas las cosas y especialmente en lo que se refería a la Compañía, recomendándonos que nos pusiéramos en manos de Dios en todas las conferencias que nos daba… Era muy grande su sumisión a la voluntad de Dios, como se demostró en su última enfermedad. … todo lo refería a Dios, sin cuya gracia, nos decía, no se habría hecho absolutamente nada”[16].

Santa Luisa buscó apasionadamente ser fiel a la Voluntad de Dios a lo largo de su vida. Enseñó también, a quienes se le acercaron, que el camino de la santidad consiste en amar el Designio de Dios y su Voluntad, y dedicarse con entusiasmo a su cumplimiento[17].

4.- ¿Cómo vive Luisa de Marillac el encuentro con Dios?

Luisa vive su encuentro con Dios como adhesión del corazón desde la Fe en lo cotidiano de la vida. Eso supone llevar una vida de fe fundamentada en el amor con una actitud de oración contemplativa. Desde ahí podemos mirar tres experiencias importantes en su vida:

  • Luz de Pentecostés (4 de junio de 1623) en la que se dejó guiar y conducir por el Espíritu Santo.
  • 1629: La salida misionera del 9 de mayo en la que descubre a Jesucristo en la persona de los necesitados
  • El Desposorio espiritual: 5 de febrero de 1630 mientras realiza la visita a las cofradías de la caridad.
  • 1642: Protección de la Providencia y efusión del Espíritu Santo sobre la Compañía, repetida en los Ejercicios Espirituales de 1657.
  • 1650: Plenitud de gozo interior.
  • 1658: Visión de Jesucristo presente en el pobre al que sirve.

Luisa de Marillac vive el encuentro con Dios a través de la oración con actitud contemplativa. Así lo vive y enseña: Nuestra conversación interior con Dios debe ser, a lo que me parece, el recuerdo habitual de su santa presencia, adorándole al dar las horas haciendo actos de amor hacia su bondad, trayendo a la memoria lo más que podamos los motivos que más nos han impresionado en la oración y principalmente los afectos y resoluciones que durante ella hemos formado para corregirnos y adelantar en este santo amor (SLM: E. 104, núm. 273)

Su vida no se entiende sin la relación con Dios: ha querido ser toda de Dios, sólo de Dios. Dios es su TODO: … “oh Dios mío, tú eres mi Dios y mi todo, así te reconozco y adoro, único y verdadero Dios en tres Personas, ahora y por toda la eternidad” (SLM: E. 12). Y hacia 1650 describe esta experiencia: “Mi corazón, todavía lleno de gozo por la inteligencia que me parece le ha dado nuestro buen Dios de estas palabras: ¡Dios es mi Dios! y por el sentimiento que he experimentado de la gloria que todos los bienaventurados le tributan como consecuencia de esta verdad, no puede por menos de comunicarse con usted esta tarde para suplicarle me ayude a hacer (buen uso) de estos excesos de alegría” (SLM: C. 348).

Dios es para ella el centro de su existencia; el “Tú” de su vida[18]. Por eso, a quien quiera vivir unida a Dios, le indica el camino de la fidelidad a la voluntad de Dios. Transmite lo que vive: el mejor camino para llegar a la santidad es el cumplimiento de la voluntad de Dios. Así escribía a una señora, a la que había acompañado como directora de Ejercicios Espirituales: “Aquí tiene el ejercicio de que le he hablado y que me parece muy adecuado para usted, según el conocimiento que su bondad ha querido darme de su alma. Viva, pues, así, siendo toda de Dios, querida señora, por esa unión suave y amorosa de su voluntad con la de Dios, en todas las cosas. Esta práctica comprende en su santa sencillez todos los medios para llegar a la sólida perfección que Dios quiere de usted, según me lo parece. Tenga siempre, querida señora, en gran aprecio la humildad y la mansedumbre cordial, y trate con toda sencillez y familiaridad inocente, con Nuestro Señor, en sus oraciones, y cuando durante el día eleve su espíritu hacia Él, que es la divina dulzura, no tenga en cuenta si siente o no gusto en ello o consuelo; Dios lo único que quiere de nosotros es nuestro corazón; no ha puesto en nuestro poder más que el puro acto de la voluntad y es lo que mira, junto con la acción que de él procede. Haga las menos reflexiones que le sea posible y viva con una santa alegría al servicio de nuestro soberano Dueño y Señor. Aquí tiene, pues, señora, sencillamente como Nuestro Señor me lo inspira, lo que su humildad ha pedido a mi pobreza… Dios sea bendito[19].

Esta carta autógrafa de Santa Luisa, entregada seguramente al terminar los Ejercicios Espirituales que ella misma había dirigido, constituye una valiosa síntesis del itinerario recorrido por quien ha vivido siendo toda de Dios, por esa unión suave y amorosa de su voluntad con la de Dios en todas las cosas. Esta unión suave y amorosa con la voluntad de Dios produce en Luisa De Marillac una espiritualidad profunda caracterizada por las siguientes notas:

a) Espiritualidad Bautismal.

  • Valora el Bautismo como fuente de su fe y de su condición de hija de Dios y de la Iglesia, profundizando las verdades del CREDO que asume fielmente, personaliza y transmite a su hijo Miguel Antonio, a las señoras de la Caridad, a las Hermanas, a los niños y jóvenes en sus catequesis… En las crisis de fe pide luz para que Dios sea su roca, refugio y fortaleza.

b) Espiritualidad bíblica: Conoce, lee, medita y saborea la Sagrada Escritura con el debido permiso del Arzobispo de París para leerla en familia. Desde la Iluminación de la Palabra de Dios y la guía espiritual de S. Vicente aprende a:

  • Buscar la Voluntad de Dios y cumplirla con la fuerza del Espíritu Santo
  • Ser discípula fiel de Jesucristo adorador del Padre, servidor de su designio de amor y evangelizador de los pobres, siendo catequista de su amor.
  • Confiar en la Providencia y descubrir el paso de Dios en los acontecimientos de cada día, orientando a su hijo por el camino del bien.
  • Servir a los pobres como continuadora de la Misión de Jesucristo formando y organizando la Compañía de las Hijas de la Caridad como hizo Jesús con sus discípulos.

 c) Espiritualidad litúrgica: Su educación en el monasterio de Poissy marcó profundamente esta faceta de su vida. Allí participó desde niña en celebraciones bellas, solemnes y comunitarias. De ahí su gusto por celebrar la fe según la Liturgia de la Iglesia.

  • Desde esta educación, percibe los Sacramentos como canales de gracia que hacen llegar a todos los fieles la vida de Dios a través de su Espíritu.
  • Considera la Eucaristía como una prolongación del Misterio de la Encarnación en el que Dios manifiesta su amor a los hombres de forma espiritual.
  • Adquiere la costumbre, y la transmite, de enviar a su Ángel de la Guarda a adorar al Santísimo Sacramento, cuando divisa la torre de una Iglesia en los viajes.
  • En su camino de fe, hace de la Liturgia el eje de su vida espiritual y así se lo transmite a sus hijas y personas con las que comparte su fe.

d) Espiritualidad mariana

  • La Virgen María, madre de Dios y de Misericordia es su modelo de vida. Se fija especialmente en tres misterios: la Inmaculada, la Encarnación y la Visitación.
  • Mira a la Inmaculada como modelo de apertura al Espíritu de Dios, a María en la Encarnación como mujer dócil a la Palabra de Dios y en la Visitación como servidora de las necesidades del prójimo.
  • Cuida sus fiestas y las celebra con fervor; la invoca con fe en el Rosario y el Ángelus diariamente y la consagra su vida y sus obras, especialmente la Compañía de las Hijas de la Caridad.
  • Pide que se eduque y forme en la devoción mariana a los niños y niñas de las Escuelas de la Caridad dirigidas por las Hermanas.

Esta es la herencia que nos ha dejado Luisa de Marillac como buscadora de Dios y que debemos acoger y vivir.

Notas:

[1]  C. 121.

[2] Vicente de Paúl comienza a dirigir espiritualmente a Luisa de Marillac en los inicios de 1625.

[3] D. 830.

[4] D. 833.

[5] D. 837.

[6] Cf. N. GOBILLON, o. c., p. 45.

[7]  E. n. 7., Cf. E. n. 43.

[8] CALVET, o. c., p. 39.

[9] SVP I, 108.

[10] SVP I, 499. Cf. también SVP I, 147 y 175.

[11]   Cf. SVP I, 134, 137, 140, 568.

[12]   AA.VV. La vida según el Espíritu. Bogotá, CLAR, 1977, pag. 44.

[13]   1 Sam 3, 9.

[14]  Cf. E. 5. N. GOBILLON. Vida de la señorita Le Gras, fundadora y primera superiora de la Compañía de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos. Ceme, Salamanca, 1991, pag. 39.

[15] C. 689. Orientación repetida de San Vicente de Paúl: Cf. SVP I, 97, 108, 126-127, 135-136. (ed. Sígueme-Ceme)

[16] SVP IX, 1229. CE. 2366-2367.

[17] Acepta siempre el designio de Dios, aunque sienta pena en la oración. Cf. C. 193. “Tenemos que ser de Dios que quiere no queramos otra cosa que lo que Él quiere” (C. 73). “Tenemos que ser de Dios y completamente de Dios, y para que así sea de verdad, tenemos que arrancarnos de nosotras mismas” (C. 191). “Démonos a Dios en la forma que Él quiera” (C. 666).

[18] Cf. J. GARRIDO: “Nada transforma tanto como la relación interpersonal con el Dios vivo”. O.c.pag. 263.

[19] C. 723.

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