Santa Luisa de Marillac, breve biografía

por | May 7, 2022 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Luisa de Marillac vivió en París en el siglo XVII. Es la época que pinta de manera novelesca Víctor Hugo en “Los tres mosqueteros”. Nació el 12 de agosto de 1591 y murió el 15 de marzo de 1660. Pertenecía a una familia de la nobleza, los Marillac. Pero por no ser hija legítima, fue desheredada. De adolescente quiso ser capuchina, pero sus familiares, para tener influencia en la secretaría real, la obligaron a casarse con Antonio Le Gras, primer secretario de la Reina Madre, María de Médicis, Regente del Reino. Aunque sin agobios económicos, nunca tuvo una gran fortuna. Era encantadora en el trato, inteligente, pequeña, delgada y de salud fuerte.

Cuando tenía 33 años, tomó por director espiritual a Vicente de Paúl, diez años mayor que ella. Hasta entonces llevó una vida de mujer piadosa que hacía limosnas a los pobres y rezaba por ellos. San Vicente la dirigió a liberarlos. Tenía 37 años, desde hacía tres era viuda con un hijo, Miguel, de 15 años estudiando en el seminario, que fue una cruz para ella. Licenciado en Filosofía y en Derecho, terminó la teología, pero no quiso ordenarse de sacerdote. Aunque buscó trabajo apropiado a sus estudios, estuvo en el “paro” casi siete años. Descorazonado llevó una vida desordenada. Por fin encontró colocación y se casó dignamente. Tuvo una hija y murió a los 83 años.

Para atender a los pobres, san Vicente había fundado una asociación de señoras con dinero, conocidas hoy día como Voluntarias de la Caridad (AIC), y una congregación de sacerdotes, llamados Paúles, Vicentinos o Lazaristas. Consiguió que santa Luisa se uniera a su proyecto de devolver a los pobres su dignidad humana y sus derechos, modernizar las instituciones para hacerlas más eficaces y crear otras nuevas para las nuevas necesidades. Las ideas eran de san Vicente, pero santa Luisa fue la ejecutora.

En aquella época el mundo era campesino, y san Vicente descubrió que los campesinos pasaban miseria y los impuestos los arruinaban. Si las cosechas eran malas dos años seguidos, vendían lo poco que tenían. Había enfermos que no tenían quien los cuidara, pues hospitales solo había en las ciudades. Eran escasos los pueblos en los que había escuelas; lo común eran los maestros ambulantes que, por poco dinero, enseñaban a los hijos de los campesinos. Pero los padres no escolarizaban a sus hijos por no poder pagar o porque los necesitaban para trabajar desde niños. Al estar prohibidas las escuelas mixtas, solo iban a la escuela los chicos; las chicas se quedaban cuidando a sus hermanos pequeños y haciendo las faenas caseras.

Dirigida por Vicente de Paúl, Luisa organizó una asociación de mujeres de clase sencilla, que el pueblo llamó Hijas de la Caridad por atender a los enfermos pobres que no tenían quien los cuidara en sus casas. Luego pasaron a organizar hospitales. Además de la técnica sanitaria, la limpieza y la formación espiritual, Luisa insistía en que pusieran calor humano a base de humildad, sencillez y amor que san Vicente les había dado como espíritu propio y que ella traducía en tolerancia, mansedumbre y cordialidad. Organizó igualmente las escuelas para niñas pobres que había fundado san Vicente. Los gastos corrían a cargo de las Señoras de la Caridad (hoy AIC).

De toda Francia llegaban jóvenes para “servir a los pobres, sus amos y señores”, les decía San Vicente. A través de cartas y de viajes Luisa estaba en contacto con sus hijas. Dirigió la obra de los niños abandonados y la salvó durante la guerra civil de la Fronda, animó a las Hermanas que atendían a los galeotes, organizó las primeras Residencias de ancianos con talleres para que se sintieran útiles. Acogió a los inmigrantes que llegaban a París huyendo de las guerras, en especial a muchachas desamparadas. Siempre apareció alegre y tenaz. No extraña que cuando murió, el 15 de marzo de 1660, la duquesa de Ventadour quisiera estar a su lado toda la noche y que muchas mujeres de la nobleza pasaran a rezar. Su funeral, contra sus deseos, fue majestuoso.

Benito Martínez., C.M.

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