Conozcamos mejor a santa Luisa de Marillac

por | May 5, 2022 | Familia Vicenciana, Formación | 0 comentarios

santa-luisa-de-marillac-vidrieraEl día 9 de mayo la Familia Vicenciana celebra la fiesta de santa Luisa de Marillac.

El 11 de marzo de 1934 era canonizada santa Luisa de Marillac por el Papa Pío XI. No podemos entender la obra de servicio y evangelización a los pobres desde el carisma vicenciano sin conocer a esta gran mujer.

Santa Luisa de Marillac nació el 12 de agosto del año 1591. Era hija de una familia noble. Huérfana de madre muy pronto, su padre le proporcionó una formación extraordinaria en todas las ramas del saber. Era también sumamente piadosa y ejemplar.

A los quince años quiso entrar en un convento de capuchinas, pero la disuadieron por su delicada salud. Muere entonces su padre, y a instancias de sus parientes se casó con el señor Le Gras. Se lee en el proceso de beatificación: “Fue un dechado de esposa cristiana. Con su bondad y dulzura logró ablandar a su marido, que era de carácter poco llevadero, dando el ejemplo de un matrimonio ideal en que todo era común, hasta la oración”. Tuvieron un hijo al que Luisa le tenía un amor sin límites. Esta experiencia maternal le serviría mucho para la futura fundación. Quedó viuda a los treinta y cuatro años. El señor Le Gras murió santamente en sus brazos. Desde entonces decidió entregarse totalmente a Dios y a las buenas obras.

Francia estaba enredada en guerras de religión en el siglo XVI. Pero en el XVII surge con fuerza una pléyade de santos, que realizan una gran tarea: Francisco de Sales, Juana Francisca, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac.

J. P. Camus era el director espiritual de Luisa, que la encaminó a Vicente de Paúl. Vicente había empezado ya sus ingentes obras de misericordia, como las Caridades, asociaciones al servicio de los pobres. Luisa pondrá en ellas el toque maternal y femenino, todo su corazón. Recorría los pueblos, reanimaba las cofradías, visitaba a los enfermos.

Hacían falta más brazos para atender a tantas necesidades. La miseria imperaba en ciertas regiones. Vicente y Luisa no descansan. Amplían su radio de acción. Otras muchas jóvenes se unen a Luisa para atender a tantos necesitados. Después de un tiempo de noviciado, Luisa y tres compañeras pronuncian sus votos en la fiesta de la Anunciación de 1642, fecha en que luego renovarán sus votos en todo el mundo las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

A partir de entonces la bola de nieve se convierte en alud arrollador. Se multiplican las obras en favor de “sus señores los pobres”, como gustan llamarlos: visita a hospitales; acogida de niños; atención a las regiones en guerra; Asilos para pobres; establecimientos para enfermos mentales. No hay dolencia sin remedio para Luisa y sus compañeras.

A principios de 1655 la Compañía de las Hijas de la Caridad fue aprobada por el Cardenal de Retz y arzobispo de París, J. F. P. de Gondi y en 1657 fue registrada en el Parlamento de París. San Vicente les leyó las Reglas y les dijo: “De hoy en adelante, llevaréis el nombre de “HIJAS DE LA CARIDAD”. Conservad este título, que es el más hermoso que podéis tener”.

La actividad desarrollada por Santa Luisa era sobrehumana, a pesar de su débil constitución. Cayó agotada en el surco del trabajo el 15 de marzo de 1660. Vicente, también enfermo, no pudo acompañarla a la hora de la muerte. Le envió este recado: “Usted va delante, pronto la volveré a ver en el cielo”. Vicente, cargado de buenas obras, no tardaría en acompañarla.

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