Perdón sin condiciones

por | Abr 14, 2022 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

La Semana Santa es una montaña con dos laderas, la compasión y el perdón. La palabra perdón es frecuente en boca de los cristianos durante esta Semana Santa, de acuerdo con el capítulo 18 del evangelio de Mateo que expone el perdón como un aspecto relevante de la vida. La respuesta que da Jesús a la pregunta que le hace Pedro sobre cuántas veces tendrá que perdonar, nos indica que para construir un Reino de Dios en la tierra, el perdón tiene que ser constante y sin condiciones. En los evangelios esta actitud de perdón aparece obligatoria, cuando Jesús le dice a Pedro que hay que perdonar setenta veces siete, en oposición al canto vengativo de Lámec: “Caín será vengado siete veces, más Lámec lo será setenta y siete” (Gn 4, 24) [el número siete entre los judíos indicaba totalidad también en el tiempo, “setenta veces siempre”]. Y Jesús lo confirma desde la cruz, cuando reza por los que le habían crucificado: “Padre, Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Parece inconcebible que Jesús en la cruz no pida ni arrepentimiento. El perdón es un don que se ofrece gratuitamente al ofensor por misericordia, no un intercambio de perdón por arrepentimiento. En la Eucaristía el padrenuestro resalta el compromiso de perdonar antes del gesto de paz, que no debiera ser un gesto superficial, sino la voluntad sincera de reconciliación antes de comulgar.

La dureza de la parábola del rey que perdona una millonada a un súbdito y este no perdona a un compañero una pequeña cantidad es para todos un toque de atención ante lo que cuesta perdonar, acaso porque no conocemos los temperamentos de los demás y las circunstancias de su vida desde niños. Sólo desde la fe con la conciencia de haber sido perdonados, podemos abrirnos a perdonar también nosotros. Los grandes perdonados son grandes perdonadores, son los que cumplen el «perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Para perdonar hay que comprender que todos somos pecadores, egoístas, cobardes, injustos: Yo en la culpa nací, pecador me concibió mi madre (Sal 50); quien no haya pecado que tire la primera piedra (Jn 8, 1-11)]. Sólo quien ha experimentado el perdón de Dios es capaz de perdonar. Y si no somos capaces de perdonar a quien nos ofende, ¿podemos rezar el padrenuestro?

La amistad de Jesús con los pecadores provocó escándalo y hostilidad hacia él; nunca había sucedido algo así en Israel. Para muchos especialistas éste es el talante más revolucionario de Jesús. Ezequiel, Isaías, Jeremías, Amós, Oseas son hombres de Dios y no se rodean de pecadores, no comen con ellos. Ni el Bautista, se acercó a los pecadores con la amistad y la simpatía con que se acercó Jesús. Desconcertaba que estimulara a seguirlo a todos sin excepción e invitara a los pecadores a su mesa, ya que solo se invita a la mesa a familiares y amigos. Jesús abría su mesa a todos. Podía ser una mujer limpia o prostituta, un hombre piadoso o pecador. Los evangelios muestran la sorpresa y las acusaciones que despierta Jesús , como un comilón y un borracho, amigo de pecadores.

Vale para toda la Familia Vicenciana el mensaje que santa Luisa enviaba a una comunidad de Hijas de la Caridad: Y, cuando vean algún defecto en otra, sabrán excusarlo, puesto que nosotros cometemos las mismas faltas y necesitamos que se nos excuse también. Si está triste, si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o lento, ¿qué quiere que haga, si ese es su natural?, y aunque se esfuerce por vencerse, no puede impedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse, hablarle de mala manera, ponerle mala cara? (c. 115). Parecido a lo que propusieron los obispos de Pamplona, Vitoria, Bilbao y San Sebastián en su carta pastoral del 13 de febrero para la cuaresma de 2013: Es preciso superar el miedo a reconocer los propios errores, a pedir perdón y a ofrecerlo.

El perdón no hay que considerarlo solo en relación con el malvado sino también con el que perdona. El odio es un mal que daña al que lo padece y no debe recaer sobre el inocente que perdona. El perdón no anula la voluntad del malvado que puede seguir siendo mala, y quien perdona tampoco renuncia a combatirla. Hay que combatir la maldad de los ofensores sin odiarlos. Lo que caracteriza al perdón es la negativa a compartir la maldad. Añadir odio no es de quien perdona, sino del malvado.

El perdón es una apuesta arriesgada en favor de quien es perdonado y un acto de confianza de quien perdona. Es un riesgo que asume Dios cuando nos perdona y que asumimos nosotros cuando perdonamos. Confiamos en la bondad natural del hombre y le damos nueva oportunidad al tiempo que él toma confianza en sí mismo. Es lo que hace Dios sin límite, perdona una y mil veces, confía una y mil veces, brinda una oportunidad una y mil veces. El perdón humaniza porque no se lanza a la cara como quien pasa un recibo, sino que se ofrece con el deseo de restituir a esa persona su dignidad hacerle comprender que es amada por Dios y por los compañeros.

La comprensión abre el camino para examinar las circunstancias de la existencia del malvado desde su infancia. Las circunstancias no suprimen el horror de las faltas ni muchas veces tampoco anulan la culpabilidad del ofensor, pero ayudan a comprender y a perdonarlo. Hay que perdonar al que no perdona y comprender que está aplastado por una carga que tan solo le ha sucedido a él y le puede resultar insoportable. Si se comprende ya se perdona, pues comprender es no juzgar y cuando no se juzga ya no se le considera culpable, se le perdona.

Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel, que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni oruga cultivo,
cultivo la rosa blanca.

(José Martí)

Benito Martínez., C.M.

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